Por: Universidad Santo Tomás
Hoy en día, la Inteligencia Artificial (IA) está más presente que nunca y continúa expandiéndose en los ámbitos personal, educativo y laboral. Según datos de la encuesta Barómetro Digital, un 76% de la población considera que la IA ya es de uso común. Aunque su utilización inicial se enfocó en la búsqueda de información y la gestión de documentos, un número creciente de personas la emplea para generar ideas, optimizar el aprendizaje y automatizar actividades cotidianas.
Reflexión sobre el rol de la tecnología
Ante la versatilidad de estas herramientas, surge un interrogante clave: ¿qué lugar queremos que ocupe la tecnología en nuestra vida cotidiana? Especialistas sugieren que, más allá de imponer restricciones o límites rígidos, la clave está en fomentar una reflexión ético-práctica sobre su aplicación.
La IA debería asumir aquellas tareas mecánicas que consumen tiempo y no aportan un valor significativo, permitiendo a las personas disponer de más espacio para actividades fundamentales, tales como:
- Conexión humana: Compartir tiempo de calidad con familiares y amigos.
- Desconexión digital: Disfrutar del entorno y actividades al aire libre.
- Eficiencia laboral: Simplificar procesos operativos para concentrarse en el foco estratégico del trabajo.
La paradoja de la productividad
Sin embargo, el avance acelerado de estas soluciones plantea un dilema inevitable. Si el tiempo ahorrado gracias a la optimización de procesos se reinvierte exclusivamente en producir más, se corre el riesgo de caer en una paradoja donde se pierde nuevamente el tiempo libre y el descanso.
Este fenómeno alimenta lo que el filósofo Byung-Chul Han define como la «sociedad del cansancio», una dinámica marcada por la exigencia de una productividad ininterrumpida. En consecuencia, el desafío actual radica en utilizar la Inteligencia Artificial para alcanzar metas específicas sin perder el agrado ni la vivencia del camino recorrido.
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