Por: Siempre! / Miguel A. Ramírez-López
El hallazgo de un caso confirmado de gusano barrenador del ganado (Cochliomyia hominivorax) en Hidalgo del Parral transformó el panorama sanitario de Chihuahua. Lo que inició como una amenaza distante tras meses de avance por Centroamérica y el sur de México se convirtió en una crisis bajo administración directa: perímetros de vigilancia, trampeo de moscas, baños larvicidas y brigadas de barrido.
En pocas semanas, la presencia del parásito se extendió a 11 municipios y afectó no solo a bovinos, sino también a otras especies. Ante la situación, autoridades estatales y federales desplegaron aviones con 2.5 millones de moscas estériles para pasar de la contención al control. Sin embargo, más allá de los protocolos médicos e indicadores epidemiológicos, el episodio expone profundas capas sociales, económicas e históricas en el norte del país.
1. Un modelo ganadero con raíces históricas
La vocación exportadora de la ganadería chihuahuense y su sensibilidad ante el cierre de fronteras sanitarias no son hechos fortuitos, sino el resultado de un proceso agrario que se remonta al siglo XIX. Como analiza el historiador Emilio Kourí, las disputas por la tierra, el acceso al agua y el peso de la gran propiedad configuraron un modelo estrechamente ligado al mercado de Estados Unidos. La exigencia de los productores locales por mantener la comercialización refleja la defensa de un circuito construido históricamente que supera los límites administrativos estatales.
2. El becerro como organismo y mercancía
Un animal infestado representa simultáneamente a un ser vivo doliente y a una mercancía cuyo valor comercial cae drásticamente. Esta dualidad, denominada «capital animal» por la teórica Nicole Shukin, tensiona la gestión de la crisis: medidas como la doramectina, los baños antilarvicidas y el monitoreo buscan proteger de manera paralela el bienestar de la res y su certificación para la exportación. Incluso los insumos de combate, como las moscas estériles marcadas e importadas, forman parte de una compleja cadena de producción e insumos industriales.
3. El saber tradicional en la detección temprana
Pese a la tecnología de laboratorio y los protocolos oficiales, la clave para frenar el ciclo biológico de la plaga recae en la observación directa campesina. Siguiendo la visión de la filósofa Vinciane Despret sobre «dejarse afectar» por el comportamiento animal, la capacidad del ganadero para detectar anomalías en la piel o la conducta del hato resulta irremplazable. Los kits de atención gratuita distribuidos por las autoridades dependen, en última instancia, del ojo entrenado en el campo.
4. La multiplicación de las fronteras internas
La crisis sanitaria ha fragmentado el territorio en múltiples puntos de filtro y revisión. Aplicando el concepto del filósofo Étienne Balibar sobre la «multiplicación de la frontera», los perímetros de contención alrededor de los municipios afectados y los puntos de inspección entre estados funcionan como microfronteras. A esto se suma la alerta epidemiológica coordinada con autoridades de El Paso y Nuevo México, donde la vigilancia se desplaza hacia los propios viajeros que cruzan la frontera internacional.
5. Biolegitimidad y disputa política
La gestión del brote ha desencadenado una confrontación de narrativas políticas. Utilizando el concepto de «biolegitimidad» acuñado por Didier Fassin, la protección de la vida biológica —humana o patrimonial— se convierte en la fuente principal de legitimidad pública. Mientras el gobierno estatal defiende la urgencia de haber cerrado preventivamente la frontera sur, los sectores productivos reclaman soluciones para evitar mayores pérdidas económicas, evidenciando cómo la preservación del hato se alinea directamente con los intereses del comercio pecuario.
El gusano barrenador, un parásito de apenas unos milímetros, ha puesto a prueba la infraestructura sanitaria de la región y puesto al descubierto las dinámicas agrarias, comerciales y políticas que definen la frontera norte de México.
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