Por: El Universal Hidalgo
Tengo la impresión de haber conocido a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano mucho mejor de lo que pudiera imaginar. Aquello no requirió de grandes conversaciones, sino del intercambio de miradas, gestos sobrios y el lejano esbozo de una sonrisa. En mi entorno familiar, el nombre del hijo del general Lázaro Cárdenas cobró un peso protagónico a partir de 1987, en las vísperas de la contienda presidencial de 1988.
El fervor por una figura austera
Aunque en su primer intento por alcanzar la presidencia yo no tenía edad para votar, para las campañas de 1994 y 2000 me entregué con entusiasmo a su causa. Acompañé sus eventos, marchas y labores de difusión en favor del recién fundado Partido de la Revolución Democrática (PRD). Esta convicción generaba incomprensión entre mis amigos, quienes no entendían cómo un hombre de perfil adusto, sin carisma tradicional y de figura rígida, lograba despertar pasiones tan profundas.
Aquella ilusión se sostuvo gracias a la tenacidad de un puñado de militantes convencidos. En Hidalgo, como solía decir con ironía un familiar, la representación del PRD «cabía en un vocho y todavía sobraban tres lugares». Sin embargo, las crisis del país aceleraron los tiempos y el partido se consolidó como una alternativa real de gobierno, dando paso a nuevos liderazgos que refrescaron la estrategia de la izquierda.
El paulatino distanciamiento
Esta trayectoria ascendente sufrió una fisura cuando Cuauhtémoc Cárdenas comenzó a alejarse del movimiento. Sus reservas e intermitencias generaron desconcierto. En 2018, tras la victoria electoral de Morena, su postura careció de la generosidad esperada: parco como de costumbre, evitó sumarse a la euforia por la llegada del primer gobierno de izquierda en México.
A partir de entonces, sus giros ideológicos resultaron confusos para su histórica base partidaria. En su etapa más reciente, observó desde lejos y con desdén la fuerza social que él mismo ayudó a germinar para competir y ganar el poder.
El peso de los liderazgos
La historia política suele cobrar facturas. En su momento, la sola presencia de Cárdenas opacó el brillo propio de figuras como Porfirio Muñoz Ledo. Años después, el propio «Ingeniero» no pudo contener el carisma avasallador de Andrés Manuel López Obrador, optando por tomar una distancia que terminó por impactar su propia figura emblemática ante la izquierda mexicana.
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