Elena Poniatowska: Conciertos dominicales
▲ Ilustración de Alberto Beltrán del libro Todo empezó el domingo, con textos de Elena Poniatowska
C
uando salgo a caminar en el parque de La Bombilla, donde asesinaron a Álvaro Obregón en 1928, veo grupos de jóvenes que bailan, otros juegan futbol, otros más cantan o tocan alguna pieza musical y pienso que este parque tan generoso sería un gran escenario para ellos. Pero sólo cuando se celebra la Feria de las Flores, en julio de cada año, se ve un templete con luces y sonido que algunos afortunados pisan. Con Alberto Beltrán y mi hijo mayor, Mane –todavía un niño–, recorrí la Ciudad de México. Recuerdo que en varios parques y jardines públicos había templetes improvisados en los que se presentaban cantantes locales cada domingo y las familias acudían a escucharlos. Este cuento breve se publicó en la primera edición de Todo empezó el domingo, con las notables ilustraciones de Alberto Beltrán.
“Todos aplaudieron. El maestro de ceremonias sonrió satisfecho. Y en el jardín de Azcapotzalco, bajo la sombra de los fresnos, anunció pomposamente: ‘Fernando Villarreal nunca ha ido al Oriente, pero no es óbice (eso quiere decir obstáculo) para que haya compuesto esta bella canción oriental. Para ustedes: ¡Musmé!’
“Subió a la plataforma un señor gordo con un traje de gabardina verde, aspiró profundamente y entonó: ‘¡Como un lirio desmayado era pálida Musmé…!’
“Todos escuchan embelesados. No había en ellos la menor sombra de ironía; niños, señoras, ferrocarrileros, obreros, vendedores ambulantes y las que acababan de salir de misa con sus palmas y sus manojos de romero. Unos trabajadores de la refinería de Pemex (Azcapotzalco es uno de los símbolos del petróleo en la Ciudad de México) nada más habían ido a darse grasa, pero hicieron a un lado sus zapatos para atender la música. Otros pachucos con sus bicicletas llenas de colgadijos, sus copetes increíbles relucientes de vaselina, sus esclavas en el brazo, esperaban el turno de la cancionista, la señorita Alegría. La señorita Alegría canta con su guitarra El relicario y otros pasos dobles. Ni canta bonito ni toca bien, pero todos la vigilan con gula.
“‘–¡Otra! ¡Otra! ¡Otra!’
“Después de cuatro piezas, la señorita Alegría bajó del estrado a la carrera.
“‘–¡Otra! ¡Otra! ¡Otra!’
“Sonrió sin querer, avergonzada. Vi que su vestido –lavado y planchado del día anterior– estaba remendado; zurcidos debajo de los brazos, zurcidos en la cintura, zurcidos en el dobladillo.
“‘–¡Otra! ¡Otra! ¡Otra! ¡Señorita Alegría!’
“Mientras ella volvía a tocar, los músicos fuera de turno leían El Fígaro y otros periódicos deportivos. Al final alguien le tendió un ramo de flores y ella lo apretó contra su vestido indefenso. Alelíes y margaritas se confabularon para protegerla. Entre los aplausos se fue, con su coraza de flores.
“Hace algunos años era muy famosa la orquesta típica que dirigía Lerdo de Tejada. Salían unas señoras gordas vestidas de chinas poblanas con unas trenzotas negras bien gruesesotas y cantaban: ‘Júrame, que aunque pase mucho tiempo… pensarás en el momentoooooo’. El propio Lerdo de Tejada, que ya estaba grande, subía a la plataforma vestido de charro, con reata, espuelas, fuete y sombrero ancho, y poco faltaba para que montara a caballo en el atril. Su orquesta de charros sin caballo interpretaba siempre La cucaracha, Zacatecas, El quelite, Se llevaron el cañón para Bachimba, y valses: Alejandra y Sobre las olas. En aquel tiempo los papás vestían a sus niños de charro para salir los domingos, así como ahora los visten de tejanos.
“El Departamento de Acción Social quiso revivir los conciertos dominicales en los viejos jardines como el del Carmen, el de Santa María la Ribera y la Alameda y en las delegaciones Coyoacán, Azcapotzalco, Xochimilco y otras más. Se reanimaron los quioscos, largo tiempo abandonados, y se levantaron templetes de madera.
“Además del concierto musical integrado por canciones y valses como Dios nunca muere, El sinaloense y El caballo Palomo, el maestro de ceremonias anuncia con palabras retóricas y rimbombantes el nacimiento de los héroes de la patria; cuenta la vida de Ignacio M. Altamirano, de Amado Nervo y de Manuel Acuña, así como recomienda efusivamente el empadronamiento: ‘Ciudadano, ejerza usted sus derechos cívicos y cumpla su deber de mexicano…’
“Por encima del maestro de ceremonias, por encima de los fresnos y de los atriles, flota la gracia de la señorita Alegría con su vestido holgado y su haz de alelíes entre los brazos, que canta con débil convicción: ‘¡Pisa morena… pisa con garbo…!’”