Javier Aranda Luna: El poeta y la fama
O
scuros son los caminos de la fama e inestable el deambular de la fortuna. Famosos fueron los guerreros heroicos, los mártires convertidos en santos, los sabios, los artistas pero también criminales, como Jack El Destripador. Ahora, la tecnología ha democratizado al mundo, otorgando sus 15 minutos de fama, decretada por Andy Warhol, a los influencers: la masiva microfama digital.
Un poeta que fue mártir, uno de los 53 mártires de Tacubaya, la buscó mediante la literatura. Durante la Guerra de Reforma en México fue ejecutado por el bando conservador.
Juan Díaz Covarrubias tenía 22 años. Había escrito tres novelas, poemas y cuentos. En el prólogo a su novela Clase media, publicada un año antes de su muerte, hay una dedicatoria a su amigo José María Ramírez. Se la ofrece “como recuerdo de esas horas amarguísimas de nuestra vida… recíbala usted como todas mis obras, empapada todavía con las lágrimas que, sin esperanza, he derramado por la gloria”.
Según Gracián no todas las personas son para su época. Ocurrió a Frida Kahlo, popular entre los happy few de su tiempo, pero no fue el fenómeno que engendró Madonna. Lo mismo ocurrió a Kate Bush, que al estrenar su canción Running up that Hill en el programa de entrevistas BBC One tuvo una audiencia de 9 millones de personas. Una gloria considerable en los años 80, sin duda, pero muy pequeña, si la comparamos con el impulso que le dio recientemente la serie Stranger Things, que ha hecho que la escuchen más de 371 millones de personas.
No es menos luz la centella por brillar sólo un momento. El 22 de enero de 2012 el honorable ayuntamiento de Hueyapan de Ocampo rindió homenaje póstumo al “célebre poeta veracruzano Juan Díaz Covarrubias”.
En esa villa de poco más de 10 mil habitantes se promovió que el pueblo que llevaba el nombre del poeta se convirtiera en Villa. Se anunció la construcción del campo deportivo Juan Díaz Covarrubias, se hizo entrega de un proyector y cañón, y una computadora, a la secundaria Aarón Sáenz Garza, “así como material deportivo a las instituciones que asistieron al acto cívico, dando la patada de inauguración del campo deportivo Juan Díaz Covarrubias en su primera etapa”, según el portal Noticias Perfil de Veracruz.
Al joven poeta asesinado a los 22 años y partidario de Juárez le habría gustado saber que el poeta David Huerta escribió que en sus obras están encarnadas, en equilibrio perfecto, “las virtudes más acendradas del romanticismo y el liberalismo mexicanos”. Amante de la libertad y la inteligencia, afirma Huerta, “nos lega lo que sin eufemismo puede considerarse el fruto primero de un malogrado talento. Desde la adolescencia escribe febrilmente. Hay en él una vital urgencia por expresarse que se manifiesta en sus tempranas publicaciones”.
María del Carmen Millán ha escrito que la obra de Díaz Covarrubias es inmadura y desigual, “pero vale como síntesis de los carácteres del romanticismo, por la promesa que representó en sí misma y por los caminos que señaló a escritores y sociólogos”. Otra investigadora acuciosa, Clementina Díaz de Ovando, publicó sus obras completas en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Discípulo de Ignacio Ramírez El Nigromante, y compañero de Altamirano, rescató en su obra estampas de su tiempo. De su novela Clase media tomo fragmentos de la descripción de un inmueble que bien podría ser el de la Célebre Academia de Letrán, si seguimos la que hiciera Guillermo Prieto en Memorias de mis tiempos:
“En medio del laberinto de callejones… hay uno sin salida, cuyos costados son las tapias de unos potreros y cuyo fondo está formado por una casa de vecindad. Se entra a ella por un zaguán angosto y oscuro, al que continúa un patio pequeño cuyo paso obstruyen los escombros de las columnas que sostenían en otro tiempo el piso superior, que ahora sostienen tres o cuatro vigas ennegrecidas y apolilladas. En el piso inferior hay de ambos lados algunos cuartos pequeños y oscuros que habitan algunos miserables artesanos. Al final del patiecito hay una escalera angosta, que, expuesta completamente al desamor de la intemperie, se ha destartalado, de modo que se ven las piedras desnudas de su pasamanos: se termina por un corredor ancho y bastante largo, hacia el cual dan las cinco puertas de las únicas cinco viviendas que en el piso superior tiene la casa”.
En uno de esos cuartos vivían los hermanos Lacunza y allí sesionaba la Academia.
Este escritor malogrado por la muerte, como señala Huerta, vio en la literatura “una hermana que me ha dado ese consuelo de la confidencia y de la expansión en horas muy aciagas de una vida consumida en la monotonía y el marasmo”. Inconforme con su mundo, intentó crear otro adonde podemos acudir para ensanchar el nuestro. Un gran poeta menor que se emocionó como nosotros con el canto de las aves y los amores imposibles.