Innovación climática para mares y agua desde los márgenes – El Financiero
Las costas de México y de América Latina están bajo presión. La sobrepesca, el calentamiento del océano, la pérdida de manglares, la acidificación y la contaminación son una realidad cotidiana para miles de comunidades que viven del mar. Más del 40 por ciento de la población mexicana depende directa o indirectamente de las zonas costeras, y aun así, la innovación climática sigue concentrándose lejos de esos territorios y de quienes primero enfrentan los impactos del cambio climático.
Esa desconexión entre el problema y las soluciones tiene consecuencias profundas. Cuando el mar cambia, cambian también los ingresos, los empleos y la seguridad alimentaria. Las especies migran, los costos suben, las temporadas se vuelven impredecibles. En muchos pueblos costeros, la crisis climática no se discute en conferencias internacionales, se vive todos los días. Cuando las costas colapsan se erosiona la estabilidad económica, se tensan los tejidos sociales y se pone en riesgo el acceso a alimentos para millones de personas. Frente a ese escenario, la pregunta no es si necesitamos soluciones, sino de dónde van a venir y quiénes están en condiciones reales de construirlas.
En los últimos meses, más de ciento cincuenta emprendimientos presentaron propuestas para enfrentar estos desafíos desde distintos puntos de México y de América Latina. Llegaron nominaciones de once países, con ideas que nacen en el territorio y responden a problemas concretos (para la iniciativa TECA). De ese proceso fueron seleccionados cuarenta emprendimientos que hoy conforman una nueva generación de soluciones para mares y costas, con un rasgo común poco habitual en el ecosistema de innovación, no están pensadas desde la distancia, sino desde la experiencia directa.
Dirigir un programa como TECA implica una responsabilidad que va más allá de seleccionar buenas ideas. Implica decidir en qué tipo de futuro estamos dispuestos a invertir. Por eso la segunda edición del programa, implementado por BFA Global y New Ventures y de la mano de socios locales como Innovaciones Alumbra, Nacional Monte de Piedad, Fundación Coppel, PayPal, ICF y Swiss Re Foundation, es una señal de esperanza para las costas, los mares y las comunidades que dependen de ellos.
Las iniciativas seleccionadas no solo abordan la salud de los océanos, sino también la crisis del agua en territorios costeros. Trabajan en restauración de manglares y bosques de kelp que protegen costas y capturan carbono, en acuacultura regenerativa, en tecnologías de agua y energía que fortalecen la resiliencia hídrica comunitaria, y en modelos de economía circular que evitan que los residuos terminen contaminando ríos y mares. A esto se suman herramientas de datos para una mejor gestión de la pesca, el agua y la conservación. Son soluciones que ya operan en Baja California Sur, Sonora, Veracruz, Yucatán y Oaxaca, y en Colombia, Costa Rica, Ecuador, Guatemala y Argentina.
Un elemento clave de esta nueva etapa es la continuidad. Tres emprendimientos del primer grupo regresan para escalar, reinvertir y acompañar a nuevas generaciones. Esa reinversión no es menor. El primer grupo logró movilizar capital adicional, crear empleos locales, proteger cientos de miles de hectáreas de ecosistemas marinos y evitar emisiones de carbono. Pero su mayor aporte fue otro, construir comunidad, confianza y aprendizaje compartido entre emprendedores que entienden que competir no excluye colaborar.
La composición de esta nueva generación también importa. Casi la mitad de las personas seleccionadas son mujeres, y en esta edición, seis de cada diez proyectos tienen liderazgo femenino. Hay jóvenes, hay perfiles con décadas de experiencia, hay equipos intergeneracionales que combinan conocimiento tradicional con ciencia y tecnología. Las soluciones climáticas más efectivas surgen cuando se integran distintas miradas y experiencias.
Estas innovaciones avanzan, en muchos casos, a pesar del Estado y no gracias a él. En México, la política pública para agua, costas e innovación sigue fragmentada y ofrece pocos mecanismos para escalar soluciones probadas mediante alianzas público privadas. La ausencia del Estado como socio estratégico deja a comunidades y emprendedores operando solos, justo donde el riesgo climático es mayor. La innovación climática costera no puede seguir siendo un esfuerzo aislado. Requiere presencia institucional y visión de largo plazo
A esto se suma una dimensión regional necesaria. Emprendimientos de distintos países participan para intercambiar aprendizajes, tecnologías y modelos de negocio. Esta polinización cruzada es fundamental porque el cambio climático no reconoce fronteras. Escribo esto desde la convicción personal de que la innovación climática no nace solo en los grandes centros financieros, sino en los márgenes. En las costas que se erosionan, en los mares que se calientan, en las comunidades que ya viven la crisis todos los días. Apostar por estos emprendimientos es una decisión estratégica frente a una realidad que ya cambió.
El clima dejó de ser un asunto del mañana. Para quienes viven del mar, es presente y también es oportunidad. Oportunidad de hacer empresa sin destruir, de crecer sin excluir, de innovar sin romper el vínculo con el territorio. En esas soluciones locales, conectadas y escalables, se juega buena parte del futuro de nuestras costas. Ahí, todavía hay razones para la esperanza.