Mercosur, una apuesta estratégica necesaria para Europa
El pasado sábado 17 de enero, en Asunción, la Unión Europea y el Mercosur firmaron un acuerdo comercial histórico que crea una de las mayores áreas de libre comercio del mundo con más de setecientos millones de consumidores y representa en torno al 22% del PIB mundial.
«Este acuerdo, especialmente en este momento de inestabilidad global y cambio en el orden económico internacional, tiene un valor estratégico primordial para Europa»
La firma se produce tras más de veinticinco años de difíciles negociaciones y ocurre, no de forma casual, en un momento de tensiones proteccionistas y comerciales crecientes. De hecho, este acuerdo, especialmente en este momento de inestabilidad global y cambio en el orden económico internacional, tiene un valor estratégico primordial para Europa y para España. Y por ello, pese a las críticas puntuales en algunos países y sectores a las que hay que prestar atención, es un paso en la dirección correcta. Explicar esto requiere introducir en el debate un punto de vista más amplio que vaya más allá de las cifras y el contenido específico del acuerdo, que también son muy importantes. Ese es el objetivo de este artículo.
El comercio como motor del proyecto europeo
Empezaré constatando una evidencia de la teoría económica: el comercio crea riqueza y bienestar agregados respecto a una situación de ausencia de intercambios, ya que permite el consumo de combinaciones de bienes que, en otro caso, serían inalcanzables. Esto es porque el comercio hace que los países se especialicen en aquello que hacen mejor, adquieran escala y lo vendan al resto del mundo; a cambio, obtienen acceso a bienes que otros producen mejor. Además, el comercio aumenta la competencia, reduce ineficiencias y facilita la difusión tecnológica, la innovación y el intercambio de capacidades, lo que, a su vez, mejora la productividad y la calidad de los productos y permite un intercambio a mejores precios. Este incremento de riqueza neto, sin embargo, no significa que el comercio genere ganancias para todos. La apertura comercial genera ajustes sectoriales y regionales y, por tanto, debe ir ligada a políticas públicas activas para facilitar la transición.
«Desde entonces, durante setenta años, la apertura ha sido un pilar fundamental del éxito económico y político europeo»
Precisamente sobre esta evidencia —los beneficios netos del comercio y de la interdependencia económica— se basa, desde su inicio, el proyecto de integración europeo. Hasta el punto de que la integración económica y comercial —también a día de hoy— se conciben como instrumentos para garantizar la paz, la prosperidad y la estabilidad en Europa. Ya la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) de 1951 partía de la base de eliminar las barreras comerciales entre los Estados miembros en esos dos sectores, en el entendimiento de que ello resultaría en un suministro mayor y mejor para su industria, evitaría la competencia desleal y aseguraría precios estables. La creación de Euratom (la Comunidad Europea de la Energía Atómica) en 1957 buscaba garantizar un suministro energético entre los Estados miembros, cubriendo una carencia estructural de la Unión Europea (la energética) y facilitando inversiones en el ámbito nuclear. Por último, la creación de la Comunidad Económica Europea, por el Tratado de Roma, también en 1957, creó un mercado común generalizado, ya no sectorial, configurado como una unión aduanera con un arancel exterior común y libre circulación interior, en el que el comercio intracomunitario es el motor económico de la integración y el mecanismo principal de creación de riqueza compartida.
Desde entonces, durante setenta años, la apertura ha sido un pilar fundamental del éxito económico y político europeo. Los Estados miembros de la Unión Europea están entre los más abiertos del mundo y comercian intensamente —sobre todo entre ellos, pero también con terceros—.
La UE, una potencia comercial abierta
La ratio de apertura comercial de la Unión Europea es del 92%, muy elevada, a pesar de su tamaño y comparada con cifras muy inferiores, de entre el 30% y el 40%, de Estados Unidos o China o el 45% en India. Por países, las cifras dependen, como es lógico, del tamaño de las economías —en general, más abiertas cuanto más pequeñas— y de si son un centro logístico. Así, con carácter general, las economías más pequeñas presentan ratios superiores o muy superiores al 100% y las más grandes se mueven entre el 60% y el 70% de Italia, Francia o España y el 80% de Alemania.
Además, la Unión Europea es el mayor bloque comercial del mundo en bienes y servicios y representa casi el 16% del comercio mundial; comercia con más de 200 países al año y es el primer socio comercial de unas ochenta economías, entre las que se encuentra la Europa no perteneciente a la Unión Europea, África y una parte significativa de América Latina y el Caribe, gracias a su mercado único y red de acuerdos comerciales.
Respecto a sus socios comerciales más destacados, Estados Unidos es el principal destino de exportación de bienes de la Unión (el 21% de los bienes) y el segundo origen de la importación (el 14%), por detrás de China (21%). Reino Unido (13%) y China (8%) siguen en importancia como destinos de la exportación de bienes para la UE.
«El comercio en Europa no responde solamente a un origen histórico. Es también una necesidad económica: los saldos comerciales muestran que la UE es muy dependiente energéticamente del exterior»
Pero el comercio en Europa no responde solamente a un origen histórico o a un convencimiento profundo. Es también una necesidad económica: los saldos comerciales muestran con claridad que la Unión Europea es muy dependiente energéticamente del exterior. Según estos datos, importa en torno al 60% de la energía que consume y estas importaciones representan entre el 11 y el 22% del total de sus importaciones, en función del precio del petróleo, el nivel de actividad y las tensiones geopolíticas. Para poder importar esta energía —y, cada vez más, materias primas críticas— Europa necesita exportar bienes y servicios competitivos. Ello requiere mantener mercados exteriores abiertos y diversificar lo más posible.
Diversificar mercados en un mundo más incierto
Todo lo dicho hasta ahora muestra que la apertura es una característica estructural del modelo de crecimiento y bienestar europeo. Proteger este modelo exige contar con acuerdos que garanticen acceso recíproco a mercados, reglas claras y seguridad jurídica para empresas e inversores.
Pero vivimos malos tiempos para un comercio internacional ordenado y predecible. Ya la pandemia puso de manifiesto los riesgos de concentración en pocos países de determinadas fases de las cadenas globales de valor. Hoy, las tensiones geopolíticas aumentan el riesgo de reducción o pérdida de mercados importantes para los países europeos, como es el caso de Estados Unidos, o de cambios sustantivos en las reglas del juego. Esta constatación ha llevado —acertadamente— a Europa a abrir el juego y a intensificar las negociaciones con nuevos actores, cada vez más dinámicos en la esfera internacional. Hablamos de India, Asia-Pacífico, América Latina, África o el Golfo. Europa es consciente de que depender excesivamente de unos pocos mercados es un riesgo estratégico inasumible.
El acuerdo con el Mercosur encaja plenamente en esta lógica de diversificación; ofrece escala y oportunidades en sectores clave como la industria, los servicios o la agroindustria de calidad. Tras veinticinco años de negociación, no es casualidad que el acuerdo vea la luz en un momento de fragmentación global. Es una señal clara: Europa apuesta por las reglas, la cooperación y los mercados abiertos frente al repliegue y la imprevisibilidad.
«Sectores como la automoción, la maquinaria industrial, la química, la farmacia o los servicios profesionales encontrarán mejores condiciones de acceso a un mercado grande y demográficamente dinámico»
Desde una óptica más específica, el acuerdo eliminará progresivamente más del 90% de los aranceles entre ambas regiones. Para las empresas europeas, algo particularmente significativo para las pymes, esto se traduce en un ahorro sustancial de costes y, por tanto, en una mejora de la competitividad en la región frente a otros socios comerciales, principalmente Estados Unidos y China.
Sectores como la automoción, la maquinaria industrial, la química, la farmacia o los servicios profesionales encontrarán mejores condiciones de acceso a un mercado grande y demográficamente dinámico. Al mismo tiempo, el acuerdo refuerza la posición europea en una región donde la competencia geopolítica es cada vez más intensa.
El ámbito más sensible en términos políticos es la agricultura. Ahí el acuerdo combina oportunidades y cautelas. Oportunidades porque abre mercados a productos europeos de alto valor añadido. Cautelas para los productos sensibles, porque ahí establece cuotas limitadas, salvaguardias y largos periodos transitorios, además de reforzar los controles sanitarios y la protección de indicaciones geográficas. También se extiende, de facto, el ámbito de influencia de las normas de la UE a un mayor espacio económico. Y, por último, la UE dispone de instrumentos presupuestarios y regulatorios para acompañar a los sectores más expuestos durante la transición.
Concluyo ya. En muchas ocasiones se critica a la Unión Europea por una falta de visión estratégica y de conjunto. Sin embargo, en este caso, la Unión se está moviendo con visión de futuro y está evaluando el acuerdo con el Mercosur como lo que es: una apuesta estratégica a largo plazo que, no obstante, para salir adelante, requiere que las garantías y salvaguardias que el acuerdo incorpora sean percibidas como reales por los agricultores. El tratado no resolverá por sí mismo los retos del crecimiento europeo, ni eliminará las tensiones del comercio global. Y sí, tendrá costes de ajuste a los que habrá que hacer frente y sectores específicos a los que atender. Pero será, seguramente, el primero de una serie de acuerdos necesarios para reforzar la autonomía económica de la UE, diversificar sus relaciones exteriores y sostener un modelo basado en la apertura y las reglas. Un modelo que ha servido para generar bienestar y prosperidad para los europeos en los últimos setenta años.