Marina Abramovich ofició una liturgia pagana de lujuria y muerte
▲ La Balkan Erotic Epic se divide en actos performativos en los que la artista balcánica fusiona el erotismo con tradiciones folclóricas.Foto Marco Anelli-Gran /Teatro del Liceu
Armando G. Tejeda
Corresponsal
Periódico La Jornada
Sábado 31 de enero de 2026, p. 4
Barcelona. Un cementerio lúgubre y sombrío convertido de pronto en el escenario de una orgía desenfrenada, un baile ritual de apareamiento entre dos cuerpos silentes y absortos ante la negritud de la noche, un grupo de mujeres que ofrecen su sexo desnudo y abierto al cielo, en una especie de ritual para cesar la lluvia para que salga el sol y se salven los cultivos, o una marcha nupcial en la que Tito, el que fuera el fundador de la vieja Yugoslavia, es al mismo tiempo el que muere y el que mira con severidad. Todo eso reúne en una mezcla de géneros y lenguajes la Balkan Erotic Epic, la última obra de la artista balcánica Marina Abramovich, que convirtió el Gran Teatro del Liceu de Barcelona en el escenario de una liturgia pagana ancestral de lujuria, erotismo y muerte.
A lo largo de su trayectoria, la artista yugoslava ha buscado en los orígenes de su tierra, esos Balcanes repletos de mitología y tradiciones ancestrales, las claves para entender el presente. A sus casi 80 años, Abramovich concibió la que es, quizás, una de sus creaciones más hipnóticas, sugestivas, inquietantes y bellas, en la que pareciera de repente que todos los animales y figuras mitológicas de El jardín de las delicias cobraran vida en un festival de música y danza.
La figura de Abramovich, como casi todas sus obras, está en el centro de la trama. Es ella la que inicia y cierra ese liturgia pagana, en la que se mezclan la danza, la ópera, la dramaturgia, la música folk balcánica y electrónica, la animación y el video, por supuesto. La obra está enhebrada con referencias a algunas de sus obras claves: desde el Exceso corporal, el Ritual del barroco balcánico (1997) hasta la casi asceta The Artist Is Present (2010), donde todo descansa en la mirada y la presencia. Y así va mezclando desde mitos folclóricos de los Balcanes y rituales arcaicos ligados a la fertilidad, la sexualidad y la muerte –a veces deliberadamente ásperos, como ese en el que se invita a las mujeres de un pueblo de Turquía a abrir sus sexos con gritos dolientes para detener la lluvia.
La Balkan Erotic Epic se divide en actos performativos en los que la artista fusiona erotismo con tradiciones folclóricas, desafiando las convenciones sobre el deseo, el poder y la memoria colectiva. Una parte de la historia nace de recuerdos familiares, cuando evoca que su abuela la “expuso a rituales espirituales”, pero en la que también hay una investigación rigurosa sobre mitos paganos, tradiciones populares y la cultura de una región marcada por el conflicto bélico y étnico.
Duelo por un mundo desaparecido
La obra empieza con una introducción en la que una banda al uso con instrumentos de viento y percusión de los Balcanes guiados por Danica Abramović, madre comunista de Marina, interpretada por la actriz hispano-serbia Maria Stamenković Herranz, se lamenta de la muerte de Josip Broz Tito, el líder de la Yugoslavia comunista. Es una especie de duelo por un mundo desaparecido y un ritual ante una muerte fundacional, que da origen a algo nuevo.
Después viene la Danza del cuchillo, en la que una pareja de artistas ejecuta una danza tradicional con armas blancas. Las bailarinas representan a las burrnesha o “vírgenes juradas” de los Balcanes, mujeres que, por tradición, juraban castidad y asumían el papel de cabeza de familia en comunidades donde los varones habían desaparecido o muerto por la guerra. Después, tras breves explicaciones de la científica que hace de narradora, aparecen en el escenario cuatro grandes penes para presentar el nuevo capítulo o “estación”, Phalluses/falos, en la que la narradora aparece en un bosque de setas de aspecto fálico, y explica rituales y recetas ancestrales.
En Espantando a los dioses, un grupo de intérpretes realiza un ritual agrícola ancestral en el que muestran sus vaginas al cielo para “asustar a los dioses” y detener lluvias que amenazan la cosecha. El cuerpo femenino se convierte en instrumento de poder telúrico y colectivo, en la única vía para salvar a la comunidad del desastre. Después se inicia Boda negra, que en la tradición valaca exige que cuando moría un joven soltero se celebraba una “boda negra”, casándolo simbólicamente con una joven durante el funeral. La obra recrea esta ceremonia en la que el matrimonio y la muerte se entrelazan. Así llega Alma eslava, en la que cantantes de garganta (ojkanje), proyectados en pantalla con sus penes erectos, entonan un canto polifónico tradicional.
En el escenario comienza entonces Kafana, que recrea una taberna tradicional; es decir, el corazón social de los Balcanes, y donde aparece de nuevo la madre de Marina Abramović, Danica, que es cuando encuentra una liberación en un striptease sobre una mesa de la taberna. Uno de los momentos más hipnóticos empezó justo después, con el capítulo Masajeando los pechos, en el que mujeres de todas las edades se soban los senos sobre lápidas y bailan con esqueletos. Es un ritual de duelo en el que el erotismo se convierte en un lenguaje para comunicarse con los muertos. En los rostros de esas mujeres se ve que detrás hay maridos o familiares perdidos por la guerra, la enfermedad o el tiempo.
Finalmente, la obra concluye con la pieza Ancestros, en la que, con una escena invernal, una serie de figuras con trajes tradicionales bailan bajo la nieve junto con unos seres que parecen espantapájaros. Celebran la salida del invierno y honran a los antepasados, en una imagen que devuelve los rituales al flujo del tiempo y las estaciones.
Y así hasta que cae el telón, poco a poco, y finaliza la liturgia pagana de Marina Abramovich.