Los doctores Laura Paccini y Adolfo Chamorro, de las secciones Geografía y Medio Ambiente y Matemáticas PUCP, respectivamente, ensayaron varias respuestas en el seminario “Extremos climáticos: olas de calor marinas, ondas atmosféricas y tormentas”, realizado recientemente en la PUCP. Según explicaron, el evento no obedece a una sola causa. Existen varios factores que lo originan, tales como condiciones especiales del mar, la atmósfera, el suelo, además de la forma en que las ciudades y los sistemas de prevención están preparados para responder. De ahí que, puntualizan ambos, este no se entiende solo desde el clima, sino también desde la prevención y la infraestructura.
Parte del reto está en entender que estos eventos no empiezan necesariamente donde vemos el impacto, sino en procesos que se activan antes, como los cambios en el océano”.
La naturaleza de El Niño costero
Hay que distinguir, primero, al fenómeno de El Niño de El Niño costero. De acuerdo con el Enfen, el primero se da a escala global y abarca zonas mucho más amplias del Pacífico tropical; mientras que el segundo se produce cuando hay un calentamiento anómalo del mar solo frente a las costas de Perú y Ecuador. Por ello, en el caso de nuestro país, este suele tener efectos más directos y visibles: cambios en la temperatura del mar y el aire, y, como consecuencia, lluvias intensas, inundaciones y huaicos. Eso precisamente es lo que ha ocurrido durante las últimas semanas en ciudades del norte del Perú, como Piura y Chiclayo.
Lo que hay detrás del fenómeno
En su presentación sobre olas de calor marinas frente al Perú, Chamorro indicó que estos eventos suceden cuando la temperatura del mar se mantiene inusualmente alta durante varios días. Aunque el concepto puede sonar lejano, tiene efectos concretos: altera ecosistemas marinos y ayuda a entender mejor los extremos climáticos que impactan al país. “Parte del reto está en entender que estas circunstancias no empiezan necesariamente donde vemos el impacto, sino en procesos que se activan antes, como los cambios en el océano”, dijo.
Asimismo, recordó que durante El Niño costero de 2017 se registró una inusual ola de calor en el mar peruano que se prolongó por varios meses. Sobre el 2026 advirtió, en tanto, que en la zona norte del litoral podría aumentar hasta en 20% la probabilidad de vientos débiles, una condición que favorecería estos eventos.
fue el año en que se desarrolló el último fenómeno de El Niño costero de gran magnitud.
Esa mirada dialoga con la investigación de Paccini, quien luego llevó la discusión a otro frente: la relación entre el suelo, la atmósfera y las tormentas. Su trabajo se centró en sistemas convectivos de mesoescala, responsables de más de la mitad de la precipitación anual en los trópicos.
La académica encontró que, cuando hay mayor heterogeneidad en la humedad del suelo, aumentan aproximadamente en 40% los sistemas convectivos más grandes. Dicho de otro modo, no solo importa cuánta humedad hay en el suelo, sino también cómo está distribuida, porque esos contrastes pueden favorecer tormentas de mayor tamaño. “El suelo no es un elemento pasivo en estos eventos; sus condiciones también influyen en la forma en que una tormenta se organiza y crece”, agregó.
Niño costero hasta fines del 2026
Según un comunicado del Enfen, publicado el 13 de marzo, se mantiene el estado de «alerta de El Niño costero” y se considera que se extenderá hasta diciembre del presente año, con una magnitud débil por lo pronto. Empero, no se descarta que pueda alcanzar la magnitud moderada en otoño.
Colisión de circunstancias
Aunque sus estudios se mueven en escalas distintas, ambos especialistas coinciden en un punto de fondo: los extremos climáticos no dependen de un solo factor.
En el caso peruano, ello significa que El Niño costero no puede entenderse solo como “más lluvia” o “más calor en el mar”. Hay procesos oceánicos, atmosféricos y terrestres que se cruzan entre sí. Y, cuando se encuentran con ciudades con drenaje insuficiente, infraestructura vulnerable y sistemas de respuesta débiles, el impacto se multiplica.
En ese contexto, resultan de singular importancia las cifras publicadas recientemente. En una sesión del Congreso de la República, el Instituto Nacional de Defensa Civil (Indeci) reportó 51 fallecidos durante el periodo de lluvias intensas entre enero y marzo de 2026. A ello se suman miles de damnificados, viviendas destruidas o en estado inhabitable, y, en regiones como Arequipa, más de 4.000 personas afectadas, 89 damnificados, cuatro fallecidos y daños en viviendas, puentes y carreteras.
Prevención desatendida
La cuestión, entonces, no es solo cuánto llueve, sino qué encuentran esas precipitaciones cuando llegan. Y ahí es donde surge otra problemática desatendida históricamente en el Perú: la falta de prevención ante desastres naturales.
El suelo no es un elemento pasivo en estos eventos, sus condiciones también influyen en la forma en que una tormenta se organiza y crece”.
Hablar de ella, sostienen los expertos, implica instalar sistemas de alerta temprana, drenaje funcional, limpieza de quebradas y ríos, inversión sostenida en infraestructura, y capacidad de respuesta. También supone traducir mejor el conocimiento científico en decisiones públicas.
Reflexiones como las de Chamorro y Paccini cobran valiosa relevancia precisamente en este punto, pues recuerdan que detrás del fenómeno de El Niño costero no existe una sola explicación y, por ende, un solo camino para avizorar soluciones. El desafío del país, pues, no es solo entender mejor al clima, sino aprender a convivir con él sin que cada episodio extremo termine convirtiéndose en una emergencia mayor.