La guerra en Medio Oriente amenaza con una crisis energética y económica internacional
La agresión imperialista de Trump y Netanyahu sobre Irán está sacudiendo la economía global. El cierre del Estrecho de Ormuz, impuesto como represalia por el ejército iraní, afecta el transporte de la quinta parte del gas y petróleo producidos a nivel global. En los primeros diez días del conflicto, el petróleo aumentó un 40% y el gas un 70% a nivel internacional, con una altísima volatilidad.
La consecuencia inmediata del encarecimiento del crudo y el gas es una fuerte presión inflacionaria que corre pareja a nivel global. Es cierto que determinadas economías cuentan con mayores amortiguamientos. Trump descansa sobre la idea de que el mercado energético estadounidense es prácticamente autosuficiente por el crecimiento de la producción petrolera y gasífera en el gigante norteamericano desde los años 2000. Pero el petróleo es un bien internacional. Las fluctuaciones de su precio no pueden domarse nacionalmente.
El encarecimiento del petróleo ya está elevando los precios internacionalmente, al trasladarse a todos los precios a través de las cadenas de suministro y transporte. Si la guerra se prolonga, incluso en los «autosuficientes» EEUU se prevé un aumento de la inflación que la llevaría al 4% anual (el doble de la meta impuesta por Trump).
El dato más significativo por estas horas es que la perspectiva de una guerra exprés parece cada vez más lejana. Trump dijo hace algunos días que la guerra «ya está ganada», pero no se ve ninguna señal de su final. En lo que refiere al petróleo, la cuestión no hace más que agudizarse.
Al cierre del Estrecho de Ormuz se suman los ataques iraníes contra instalaciones petroleras en los países del Golfo Pérsico. En los últimos días, varias petroleras de la región hicieron quemas de crudo para evitar almacenar grandes stocks que puedan ser atacados. Esto promete una reducción en la oferta de petróleo a mediano y largo plazo (es decir, aún si la guerra termina relativamente rápido).
La dimensión temporal del conflicto es fundamental en lo que atañe a las consecuencias económicas. Sobre todo teniendo en cuenta que hace pocas horas la Agencia Internacional de Energía liberó 400 millones de barriles de sus reservas energéticas. Se trata de la mayor inyección de petróleo realizada por ese organismo en toda su historia, medida replicada por distintos gobiernos europeos y globales. Pero las reservas de emergencia tienen límites y, aun con estas inyecciones, los precios del crudo siguen volátiles y al alza.
Caos económico ¿y estanflación?
El primer gran daño de la guerra en Medio Oriente a la economía global es, entonces, la amenaza de una escalada inflacionaria sostenida durante los próximos meses. Por estas horas, muchos analistas advierten que la crisis energética podría ser peor a la desencadenada con la invasión rusa a Ucrania en 2022. Y la escalada inflacionaria correrá pareja en magnitud.
La segunda consecuencia de importancia podría ser una progresiva disrupción de las cadenas de valor y suministro internacionales. Sucede que la escasez y encarecimiento del crudo puede repercutir en una caída de la oferta de productos industriales derivados del petróleo. No sólo por la producción, sino por las dificultades para la salida de estos productos del Estrecho de Ormuz, que ya está parada en seco. Es el caso de los fertilizantes (insumo básico para la agroindustria en todo el mundo) y el azufre, clave en la producción de aluminio y níquel y con repercusión en industrias como la automotriz, la aeroespacial y la electrónica).
Y también contribuye a la interrupción de las cadenas de suministro habituales el encarecimiento de los fletes marítimos (obviamente motorizados con combustibles fósiles) y de los seguros.
Inflación más interrupción de las cadenas de suministro (aún si es parcial y no generalizado como sucedió durante la pandemia), es una receta perfecta para generar un retroceso en el crecimiento económico. Cuesta imaginar otro resultado ante la inevitable caída del poder adquisitivo de millones de personas, que generaría un alza sostenida de los precios al consumidor.
Se calcula que, como resultado de la inflación general y especialmente de los alimentos, unas 45 millones de personas podrían pasar hambre a nivel global. Hasta 2025 se estimaba que casi 700 millones de personas estaban en esta situación. Un testimonio más de la barbarie absoluta del capitalismo contemporáneo, que fabrica millones de nuevo pobres y hambrientos en unos pocos días de bombardeos imperialistas.
A la inflación misma (y la subsiguiente caída del consumo) se suman problemas adicionales. Es esperable que la primera medida de muchos bancos centrales sea subir las tasas de interés para encarecer el dinero y frenar la escalada de precios. La suba de tasas sería una nueva presión recesiva, desalentando las inversiones productivas. En EEUU ya se está especulando sobre cuánto tardará la FED en implementar medidas de este tipo.
Una agresión sin estrategia
Lo cierto es que el enorme caos económico que se desata a partir de la agresión contra Irán responde a una guerra sin estrategia. Sobre todo en lo que respecta a Trump. La orientación de Netanyahu es más clara. Se trata de un Estado genocida y colonial, cuyo único fin inmediato es suprimir la oposición regional que significa Irán para facilitar su expansión. En estos momentos está ocupando de facto una porción de tierra en el sur del Líbano, que se suma a la ocupación de territorio sirio en Golán y a la escalada en la colonización del territorio palestino en Cisjordania.
Lo que no queda para nada claro es cuál es la estrategia de Trump en el conflicto, porque en realidad parece no tener ninguna definida. El intento de cambio de régimen exprés fracasó rotundamente. El cierre sostenido del Estrecho de Ormuz no se parece en nada a la «rendición incondicional» que exigió Trump. La destrucción del programa nuclear iraní es nada más que propaganda discursiva y excusas para justificar la agresión. A cada paso que da, Trump despierta nuevas fuerzas elementales que no logra domar.
Y la perturbación de la economía internacional podría rebotar fuertemente en la escena social y política estadounidense. Este es un año electoral casi refrendario para la gestión trumpista, que viene de despertar al monstruo en Mineápolis. Un alza de la inflación acompañada por caída en la actividad económica podría sepultar las promesas de bienestar de la campaña trumpista. Por no mencionar las promesas ya sepultadas de aislacionismo y fin a las guerras de ultramar.