Hermann Bellinghausen: El bloqueo como desastre ético
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us abusos no tienen límite. Cada día algo nos demuestra que todavía no hemos visto todo. Una noticia (18/3/26), sepultada entre tanta información de urgencia, resulta sobrecogedora: The New York Times reporta que el gobierno de Trump “considera suspender los tratamientos contra el VIH y el suministro de medicamentos para la tuberculosis y la malaria en Zambia, con el fin de forzar a ese país a permitir el acceso de empresas estadunidenses a sus minas”. Un memorando filtrado del Departamento de Estado señala: “sólo garantizaremos nuestras prioridades si demostramos públicamente que estamos dispuestos a retirar el apoyo a Zambia a gran escala”.
El acuerdo propone ofrecer a Zambia mil millones de dólares en financiamiento sanitario durante cinco años, menos de la mitad de lo que el país recibía antes de que Trump asumiera la presidencia. “A cambio, Zambia tendría que otorgar a empresas estadunidenses acceso a sus reservas de cobre, cobalto y litio, y restructurar una subvención agrícola cercana a 500 millones de dólares para exigir cambios regulatorios en el sector minero del país”. Añádase que alrededor de un millón 300 mil personas en Zambia “dependen del tratamiento diario contra el VIH que reciben a través de programas de ayuda estadunidenses”, de acuerdo con Democracy Now!
¿Cabe peor agandalle? No soy sentimental, pero dan ganas de llorar. El grandulón patea al desvalido, lo humilla y le pone condiciones. Ya ni la “ayuda humanitaria” es gratis, hay que pagar por ella. En este mundo vivimos, donde los pobres son el verdadero negocio de los ricos. Tales son los “valores” que rifan y ofrecen la explicación de casi todo. El cinismo imperial, invento del colonialismo británico y francés con aportación estelar de Bélgica, pavimentó el camino para la guerra fascista de Alemania. O te pliegas y pagas, o la pagas con muchos muertos y tu territorio. Acata y calla.
Actualmente concluye un periodo histórico relativamente breve de apertura en materia de derechos humanos, con cortes de justicia y organismos multilaterales que regulaban la conducta de los estados expansivos y los represores. No que se impidieran guerras y maldades imperiales, a la larga impunes, pero se adecentó el lenguaje público, hubo opciones, se lograron condenas, se frenaron abusos.
Hoy percibimos que ese orden, con sus fragilidades, se difumina. Por determinación programática de Estados Unidos e Israel, en primer lugar, secundados por casi todos los gobiernos europeos, árabes y latinoamericanos, desaparecen estos derechos en general y se justifica la razón del más fuerte y codicioso. En Gaza llegó el modelo al extremo. Desde el punto de vista de Washington, hubo un ciclo imperial moderno que inauguró Kennedy en 1960 y concluye con Trump, aún no sabemos hasta dónde y hasta cuándo, ni qué quedará después.
Al santo Kennedy le debemos la guerra de Vietnam, la verdadera guerra fría y el bloqueo a Cuba. Alabado sea. El envidioso Trump quiere superarlo, borrarlo. Tal vez por eso se adueñó del Centro Kennedy y lo cerró para una predeciblemente horrenda cirugía plástica. La estética Mar-a-Lago, you know, que lo mismo fija caras que escenografías.
El bloqueo para asfixiar al enemigo o al conquistado ya era recurso en la guerra del Peloponeso. Los romanos se especializarían, muchas fueron sus Numancias. Sitiar por mar y tierra ha sido útil a los imperios. Así cayó Te-nochtitlan. Inglaterra se lució contra España durante dos siglos bloqueando el Atlántico. Napoleón empleó los sitios. Acá los realistas se lo aplicaron a Morelos en Cuautla. Una y otra vez, el sitiado es heroico, pero el vencedor cuenta la historia.
Ningún bloqueo (y sus eufemismos: embargo, sanciones) ha durado tan-to como el de Cuba. Decretado por Kennedy en 1960 contra las nacionalizaciones revolucionarias, durante la crisis de los misiles en 1962 se consolidó para nunca más levantarse, aunque aflojara en ocasiones. De nada han servido las veintitantas veces que Naciones Unidas en pleno demandaron su fin. De nada ha servido nada, hasta volverse un modus vivendi dentro de la propia Cuba. Una variable concatenación de aliados ayudó a la isla. Hoy está (casi) sola.
La legalidad internacional vuela por los aires y prima la diplomacia del chantaje y las cañoneras. El imperio entonces decide clavar la ¿última? estocada a un país con 10 millones de habitantes, proverbiales carencias, limitaciones materiales y la permanente posposición del futuro, bajo un régimen socialista y autoritario que logró construir, no obstante, ejemplares sistemas de salud y educación, buscando el bienestar por otros medios. Pero ¿66 años de castigo arbitrario?
Es un crimen internacional de larga duración de Estados Unidos que, lejos de pagar, se dispone a cobrar su última factura. Arrinconado México, único aliado originario de la revolución cubana; desactivada Venezuela que a partir de Hugo Chávez se volvió aliada clave para La Habana; cerrado el paso a Rusia, Irán y China, y sometido el mundo al bloqueo, en la actualidad con Trump no quedan modales mínimos ni decencia.
Los márgenes se estrechan. De Cuba a Zambia, la misma porquería moral del imperio capitalista.