Yuval Sharon se centra en el tema del renacimiento en Tristán e Isolda
▲ La propuesta de Yuval Sharon es audaz y arriesgada, lo que le ha valido controversias tras su estreno en el Met.Foto Karen Almond/Met Opera
Ángel Vargas
Periódico La Jornada
Lunes 23 de marzo de 2026, p. 3
Considerada una de las partituras fundamentales en la historia de la música, Tristán e Isolda, de Richard Wagner, mostró su nueva y audaz producción al mundo desde el Metropolitan Opera House (Met Opera), como el sexto título de la temporada 2025-2026 del programa En Vivo desde el Met de Nueva York.
La transmisión, de poco más de cinco horas, llegó este fin de semana vía satélite al Auditorio Nacional, que registró un lleno de tres cuartas partes en su primer piso, para convertirse en un evento wagneriano memorable.
La producción contó con la dirección concertadora de Yannick Nézet-Séguin, la puesta en escena de Yuval Sharon –quien se aleja del planteamiento tradicional enfocado en la muerte para centrarse en el renacimiento– y las voces de la soprano noruega Lise Davidsen y el tenor estadunidense Michael Spyres.
La función en el escenario del Lincoln Center coincidió con la apertura al público de Frida y Diego: The last dream, exposición que acompañará al estreno en la Met Opera de El último sueño de Frida y Diego, el próximo 14 de mayo y cuya función del 29 del mismo mes será transmitida en vivo a más de 2 mil teatros de 70 países, entre éstos México a través del Auditorio Nacional.
Durante la transmisión del título wagneriano, la cantante Lisette Oropesa, quien fungió de anfitriona de la misma, mostró imágenes de la mezzosoprano neoyorquina Isabel Leonard y el barítono español Carlos Álvarez caracterizados como Frida y Diego.
Para el Met, Tristan e Isolda, la mística meditación de Wagner (1813-1883) sobre el amor y la muerte, ocupa un lugar único en el repertorio. Basada en un mito antiguo, el compositor alemán creó un drama en el que la realidad cotidiana se descarta como ilusión, mientras las verdades sobre la vida, el amor y la muerte se revelan en un sueño febril.
Los desafíos vocales, la suntuosa escala sinfónica y la naturaleza mística de la historia hacen de esta obra un fenómeno único e imperdible.
Se trata de una ópera en tres actos compuesta entre 1857 y 1859, y estrenada en 1865 en Múnich, que marcó un punto de quiebre en la historia de la música por su tratamiento armónico y su estructura continua.
La propuesta de Yuval Sharon resulta audaz y arriesgada, lo que le ha valido algunas controversias tras su estreno en el Met. Los elementos escenográficos son escasos: una mesa y algunas sillas en los dos primeros actos y una plancha forense en el tercero y último.
La apuesta toral radica en una estructura circular movible que ocupa el centro del escenario, semejando una especie de vórtice, túnel, obturador u ojo que da paso a las distintas acciones, desde el mar en el primer acto hasta la representación abstracta del más allá en el tercero.
El contorno de esa estructura sirve como una pantalla gigante donde se proyectan por momentos las acciones que ocurren en el escenario, así como elementos simbólicos, entre éstos un reloj de arena, cirios encendidos, el mar y el firmamento.
Posibilidades metafísicas del amor
Tristán e Isolda es una epopeya, un monumento musical, “un maratón”. Una exploración de las posibilidades metafísicas del amor y la muerte, con un final transfigurador y cinco horas de música de Wagner puro.
También es una de las óperas más difíciles de cantar, razón por la cual para el elenco resulta una experiencia emocionante. Desde hace varios años, el mundo de la ópera había clamado para que Lise Davidsen asumiera el papel cumbre de Isolda. El tenor Michael Spyres encarnó a Tristán por primera vez en su carrera.
En entrevista transmitida durante los dos intermedios, Lise Davidsen admitió los desafíos personales: “ha sido mucho más difícil de lo que esperaba. Mi mundo gira en torno a mis dos hijos y es lo único que me importa, y de repente también tengo que preocuparme por cantar”.
Sobre Isolda, expresó: “es la historia de todo lo que encierra la vida. El segundo acto tiene esta conexión entre dos personas que nunca se puede romper. Me encanta que sea tan salvaje y tan vulnerable”.
Spyres, por su parte, reflexionó: “todo el mundo me decía que era el Everest de la ópera y tenían razón”. Sobre la colaboración con Sharon, agregó: “repasar cada palabra fue uno de los procesos más interesantes, ya que este texto es denso, filosófica, musical y emocionalmente. Es como intentar memorizar un libro entero de Nietzsche con prosa shakesperiana. Eso es Wagner”.