El Museo del Palacio de Bellas Artes acoge por primera vez a la cultura chicana
▲ El rapero Loco Swod asistió ayer al recorrido antes de que se inaugurara la exposición AztLÁn, túnel del tiempo en el máximo recinto cultural del país.Foto Germán Canseco
Ángel Vargas
Periódico La Jornada
Jueves 26 de marzo de 2026, p. 2
El legendario cantante y compositor sinaloense Chalino Sánchez, conocido como El rey del corrido, llegó al Palacio de Bellas Artes de la forma menos esperada.
Secuestrado y asesinado a los 31 años, en 1992, lo hace no con sus corridos ni su música, sino como una pieza artística que usa su efigie para reafirmar los nexos entre la “alta cultura” y la popular, así como el espíritu de resistencia, contestario, provocador y lúdico del arte chicano, esa expresión artística visual nacida en los años 60 durante el movimiento de derechos civiles en Estados Unidos, que reivindica la identidad de los estadunidenses de ascendencia mexicana.
De Guadalupe Rosales, la obra que recrea el rostro de aquel músico sobre un cristal que semeja un holograma forma parte de la colectiva AztLÁn, túnel del tiempo, la primera exposición de arte chicano que se monta en el Museo del Palacio de Bellas Artes.
Abierta al público desde ayer y hasta el 23 de agosto, la muestra no sólo “es histórica” por lo que significa y representa, sino también por el pago de una deuda con la cultura y el arte chicanos, subrayó Mauricio Maillé, director del recinto.
“Es una exposición muy emblemática, significativa e importante en la historia del arte en México, con estos vínculos que han tenido nuestras comunidades mexicanas a lo largo de la historia en Estados Unidos”, sostuvo. “Es un ajuste de cuentas que celebramos y que nos enorgullece presentar finalmente” en el máximo recinto cultural del país.
La muestra, curada por el artista Rubén Ortiz Torres y el cineasta e investigador Jesse Lerner, ocupa las salas Nacional y Diego Rivera del museo. Reúne obras de 33 artistas y colectivos contemporáneos, en su mayoría radicados en Los Ángeles, California, que representan a varias generaciones de creadores de ascendencia mexicana y latina.
Sin estigmas ni estereotipos
En esta iniciativa artística, según los organizadores, se ofrece una lectura del movimiento chicano alejada de estigmas y estereotipos que contribuye a ampliar su reconocimiento y presencia.
Se presenta en “un contexto político y social marcado por tensiones migratorias, discursos de criminalización y una renovada visibilidad de las comunidades de la diáspora mexicana y latinas para proponer una reflexión crítica acerca de la historia compartida entre México y Estados Unidos y sobre algunos de los vacíos en las narrativas dominantes del arte”.
Durante el recorrido antes de la inauguración, Ortiz Torres destacó que, a diferencia de otras exhibiciones de arte chicano presentadas en México, que han sido curadas en Estados Unidos, ésta “sí fue pensada para la Ciudad de México y el Palacio de Bellas Artes y un público mexicano”.
La muestra se estructura en cuatro ejes: East Side Stories, Varrio, Desmuralismos y Transtemporalidades: Lowriding con los dioses, además de contar con una línea del tiempo introductoria que contextualiza nueve siglos de relaciones entre el valle central de México y el suroeste del territorio actual de Estados Unidos, desde tiempos precolombinos hasta las protestas de la Moratoria Chicana. Asimismo, en la parte final se presenta el mural El más allá, realizado ex profeso por el 3B Collective.
El concepto de Aztlán, lugar mítico de origen del pueblo azteca resignificado por la cultura chicana como emblema de memoria histórica y afirmación cultural, atraviesa toda la muestra. Se refiere al área que hoy conforma el suroeste estadunidense y que perteneció a México hasta antes del Tratado de Guadalupe Hidalgo.
“La reinterpretación de Aztlán surgió como un acto de resistencia del movimiento chicano, consolidando su identidad frente a la discriminación, el racismo y el despojo desde mediados del siglo XIX, y rescatando valores culturales, familiares y ancestrales vinculados con tradiciones mexicanas e indígenas”, de acuerdo con información del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.
Para los curadores, uno de los aspectos centrales es el diálogo intergeneracional. “La mayoría de los artistas pertenecen a las nuevas generaciones, tienen entre 30 y 40 años, pero también se incluyó a otros que estuvieron activos entre los años 60 y 70, con el objetivo de entablar un diálogo intergeneracional”.
En East Side Stories, el primer eje, se incluyen obras que muestran cómo la vestimenta y las acciones performativas transformaron los espacios públicos en escenarios donde se afirma la identidad chicana.
Algunas piezas fueron creadas específicamente para esta exposición o son inéditas. Las técnicas incluyen inteligencia artificial, formatos cinematográficos analógicos, pintura, fotografía intervenida y archivos como dispositivos de memoria.
En Varrio, que toma el término en caló para designar el territorio de la comunidad chicana de clase trabajadora, se exploran relatos de resistencia e identidad en memorias familiares.
Por su parte, en Desmuralismos la relación con el movimiento muralista mexicano se reinterpreta a partir del arte callejero y el grafiti para usar los muros como lienzos desde una visión crítica, transformándolos en espacios de arte público.
La última sección, Transtemporalidades…, exhibe obras que, con humor e irreverencia, combinan imaginarios futuristas y de ciencia ficción con saberes y cosmologías mesoamericanas.
Ahí se colocó la pieza de Guadalupe Rosales que retoma la figura de Chalino Sánchez como un mártir, así como Mexica Falcon after Dewey Tafoya, de Rafa Esparza, una enorme nave espacial esculpida en adobe que fusiona la Piedra del Sol mexica con el Halcón Milenario de Star Wars.
Evolución y reacciones
Según Ortiz Torres, el arte chicano experimenta una evolución, “entre otras cosas, porque el movimiento de derechos civiles ha logrado que los artistas ahora tengan acceso a la educación. Muchos de ellos ya han sido educados en las mejores escuelas de arte del mundo y han tenido exposiciones en espacios muy importantes”.
En cuanto al complejo contexto político actual en Estados Unidos, resaltó que los artistas chicanos no sólo tratan el tema, sino que también reaccionan ante éste. “Es algo que nos afecta a todos los artistas directamente porque es un ataque a la educación y a la cultura en general, más para los artistas inmigrantes y negros.
“Me atrevería a decir que ha sido tal el éxito del movimiento chicano, que hay una reacción en contra de él. El mismo Donald Trump es una reacción no sólo en contra del movimiento chicano, sino también al feminismo, a los derechos civiles, a los afroestadunidenses.”
AztLÁn, túnel del tiempo cuenta con un programa alterno que incluye un ciclo de cine, talleres, charlas y mesas de discusión. Asimismo, tendrá un catálogo auspiciado por la Fundación Jenkins.