Juan Arturo Brennan: One hundred Miles
A Eugenio Toussaint, allá
T
an legendarias e icónicas como dolorosas son las fotografías del insuperable trompetista Miles Davis (1926-1991) cubierto de sangre después de la golpiza que le propinaron las fuerzas del orden (policías blancos, sí) a las afueras del Birdland en Nueva York solamente porque, siendo negro, tuvo la osadía de estar ahí fumando un cigarrillo. Era 1959, y desde entonces las fobias y las actitudes han cambiado (es un decir) de manera más bien cosmética. Hoy en día sigue siendo muy probable que otro trompetista negro sea macaneado en la calle porque sí, y porque los policías pueden hacerlo. Agredido, violentado, golpeado y ensangrentado, Davis procedió después a realizar una de las carreras más brillantes, contradictorias, atormentadas y enriquecedoras en la historia del jazz. Lo menciono ahora porque en unos días, el 26 de mayo, se cumple su centenario natal, una efeméride que vuelve aún más indispensable reconocer y aquilatar su música, pero, sobre todo, disfrutarla por todos los poros.
Debo el crecimiento de mi pasión por la historia y la música de Miles Davis a Eugenio Toussaint, quien lo tenía en un pedestal muy alto. Prueba de ello, el hecho de que en muchas de nuestras gratas y numerosas conversaciones salió a relucir el nombre de Davis. Con su invariable generosidad y conocimiento de causa, Eugenio me guió a través del complejo laberinto de la música de Davis y, entre otras cosas, desentrañó para mí las sutilezas del uso (inconfundible y nunca superado) que el trompetista hacía de la sordina Harmon. Y de paso, trató de hacerme entender y apreciar las innumerables facetas estilísticas por las que pasó este intenso, camaleónico y trágico músico, desde el más diáfano cool hasta sus extravagantes experimentos con la vanguardia eléctrica, pasando por todo lo que hay en medio.
La vasta y muy variada discografía de Miles Davis es, toda ella, una joya imprescindible, en primera instancia por la enorme calidad y atractivo de la música ahí registrada, y por la sorprendente cantidad de superestrellas del jazz (y otras sonoridades) que habitan los surcos de esos discos. Pero también lo es porque, para quien tenga el ánimo y la paciencia para escucharla cronológicamente, puede representar una magnífica hoja de ruta para recorrer el desarrollo artístico de un creador/intérprete que, a la vez que se mantuvo fiel a ciertos principios estéticos indeclinables, también se atrevió a andar por caminos secundarios cuando la ocasión, la necesidad o su propia curiosidad así lo exigieron.
Intentar aquí un recuento, así fuera parcial, del legado discográfico de Miles Davis, sería una empresa titánica e interminable. Menciono, pues, sólo cuatro de sus registros, elegidos básicamente porque fue a través de ellos que comencé a conocerlo, pero también, en cierta medida, por la indudable importancia que tienen en los momentos fundacionales de su viaje musical.
Birth of the cool (1957) es, en su título, su concepción y su ejecución, una sólida afirmación de principios, y una irrenunciable toma de posición de Davis, secundado aquí por personajes de la talla de Kai Winding, Gerry Mulligan, Max Roach, Lee Konitz, John Lewis, Kenny Clark y J. J. Johnson. Dicen los enterados que Kind of blue (1959) es un disco seminal, indispensable, no sólo en la historia del jazz, sino en el desarrollo de la música toda. Aquí está decantado y elegantemente sintetizado lo mejor de un Miles Davis que ya tenía tras de sí una veintena de grabaciones, y que con Kind of Blue alcanzaba una de las muchas cimas que conquistó a lo largo de su turbulenta carrera. La lista de sus colaboradores en este proyecto no podía ser mejor: Cannonball Adderley, John Coltrane, Wynton Kelly, Bill Evans, Paul Chambers y Jimmy Cobb.
Al año siguiente apareció Sketches of Spain, donde Davis demuestra un hondo conocimiento de causa (y respeto) por las músicas originales de Rodrigo y Falla y donde, apoyado por una banda numerosa, logra una fascinante síntesis del blues con diversas expresiones sonoras ibéricas. Y reservo para el final la portentosa música que creó, en condiciones legendarias, para la película Ascensor para el cadalso (Louis Malle, 1958), una serie de inolvidables tracks en los que logró, en un proceso anclado en la improvisación, una trascendente musique noir, el mejor equivalente sonoro del correspondiente género fílmico. Cien años, más de cien discos, toda una historia; es hora de ponerse a escuchar a Miles Davis.