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Ormuz, el estrecho de Schrödinger | Negocios – EL PAÍS

 Ormuz, el estrecho de Schrödinger | Negocios – EL PAÍS
Internacional

Ormuz, el estrecho de Schrödinger | Negocios – EL PAÍS

by websys 17 de mayo de 2026

Oriente Próximo presenta hoy un desafío singular: el golfo Pérsico sigue siendo un pilar del suministro energético mundial, pero la incertidumbre sobre la duración del conflicto introduce un riesgo sistémico. La economía global ya acusa este impacto. La situación evoca la paradoja de Schrödinger: el estrecho parece estar simultáneamente abierto y cerrado, lo que obliga al inversor a analizar dos vectores clave: energía y geoeconomía.

En energía, los exportadores lejos de Oriente Próximo (Estados Unidos, Brasil y Canadá) se benefician de precios elevados, aunque con limitaciones estructurales. Brasil depende de importaciones de diésel por su escasa capacidad de refino; Canadá enfrenta cuellos de botella en oleoductos; y Estados Unidos, pese a ser el mayor productor mundial y exportador neto, continúa importando crudo por razones logísticas y regulatorias. Rusia también emerge como beneficiario a corto plazo, por la relajación parcial de sanciones para mitigar el shock de oferta, aunque los ataques ucranianos han deteriorado su infraestructura energética.

En contraste, los países importadores presentan alta dependencia del crudo del golfo. Japón y Corea del Sur cuentan con refinerías flexibles, pero Vietnam, Tailandia o Malasia están más expuestas. A largo plazo, es previsible que estos países aceleren la diversificación de suministros para reducir vulnerabilidades estratégicas. Esta diversificación abre oportunidades en regiones como Alaska, Brasil, Canadá o Venezuela en petróleo, y en el Mediterráneo Oriental y África Oriental en gas. Sin embargo, estos proyectos requieren entre dos y cinco años para alcanzar volúmenes significativos.

El gas natural licuado (GNL) constituye otro foco crítico. EE UU lidera las exportaciones, pero su capacidad adicional es limitada. Europa dispone de infraestructura de regasificación suficiente, aunque enfrenta el reto de reconstruir inventarios en un entorno de precios altos y competencia con Asia. La reducción temporal de importaciones chinas ha aliviado la presión, permitiendo a Europa y a países como Japón y Corea del Sur acceder a mayores volúmenes. Qatar, actor clave del GNL, ha interrumpido su producción, afectando especialmente a Asia.

La disrupción también alcanza al sector petroquímico. La caída en la disponibilidad de nafta del Golfo ha elevado precios y forzado recortes de producción en Asia. Este insumo es esencial para fabricar plásticos y materiales clave en múltiples industrias. Aunque algunas plantas pueden sustituir parcialmente con etano, esta alternativa es insuficiente ante una escasez prolongada.

En paralelo, la guerra está reconfigurando la geoeconomía. Dos supuestos han quedado debilitados: la estabilidad del Consejo de Cooperación del Golfo y la capacidad de EE UU para condicionar a Irán. Esto introduce una prima de riesgo estructural en la región. Los países del Golfo probablemente priorizarán gasto en defensa y resiliencia, posponiendo inversiones en sectores como turismo, deporte o entretenimiento. Arabia Saudí podría fortalecerse económicamente, apoyada en su alianza militar con Pakistán. Emiratos Árabes, en cambio, ha mostrado tensiones con varios socios, lo que apunta a una reconfiguración de alianzas. A nivel estructural, las materias primas del Golfo incorporarán una prima de riesgo más elevada durante un periodo prolongado. Incluso la mera amenaza de cierre del estrecho de Ormuz eleva costes de transporte y seguros, incentivando la búsqueda de alternativas.

De esta dinámica surge la divergencia entre “petroestados” y “electroestados”. Los primeros reforzarán su apuesta por combustibles fósiles, mientras que los segundos —liderados por China y la Unión Europea— acelerarán la electrificación, las energías renovables y la nuclear para reducir dependencia energética y mejorar la seguridad.

En definitiva, independientemente de la duración del conflicto, el impacto a largo plazo será una priorización de seguridad, resiliencia y reconfiguración de cadenas de suministro. Esto implicará una reasignación masiva de capital, con riesgos de errores, pero también con oportunidades para quienes logren anticipar la nueva dinámica global.

Kim Catechis es estratega jefe del Franklin Templeton Institute.

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