El impacto de 100 días de la guerra en las mesas mexicanas – El Arsenal
Pedro Núñez Mendoza.
Conviene retomar la conversación sobre la guerra que Israel y Estados Unidos mantienen contra Irán y que ya cumple 100 días. Los constantes bombardeos, ataques con misiles, barcos hundidos y embarcaciones dañadas han ocupado la mayoría de los titulares de noticias. Sin embargo, la amenaza menos visible continúa materializándose: el encarecimiento y la posible escasez de alimentos. Veamos el contexto.
“El hambre y la paz son incompatibles.”
Norman Borlaug
Ingeniero agrónomo y Premio Nobel de la Paz 1970.
En este espacio se ha comentado con antelación sobre los diferentes efectos que la guerra en el Golfo Pérsico, el cierre del estrecho de Ormuz y las consecuencias del continuo bombardeo a la infraestructura petrolera y gasífera de la región tienen sobre los mercados internacionales de combustibles. Ya hemos visto el precio del barril de petróleo Brent del Mar del Norte alcanzar los 120 dólares. También se ha dado cuenta de los incrementos en los precios de las gasolinas en casi todo el mundo, incluso en los Estados Unidos.
Sin embargo, y reconociendo que esta es, sobre todo, una guerra por la energía y el petróleo, deben ponderarse otros aspectos igualmente importantes. Resulta que por el estrecho de Ormuz no sólo cruzan buques transportando petróleo y gas, sino también embarcaciones que llevan miles de toneladas de insumos utilizados en la fertilización de cultivos con los que se alimentan 8,300 millones de personas.
El cierre del estrecho de Ormuz tiene un efecto negativo en el mercado internacional de alimentos que es necesario discutir.
Aproximadamente entre el 30 y el 33 % del comercio mundial de fertilizantes, es decir, unos 16 millones de toneladas métricas anuales, equivalentes a 11 mil millones de dólares, pasan por el multicitado estrecho de Ormuz. Los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), particularmente Catar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, son actores fundamentales en los mercados internacionales de amoniaco, urea y otros insumos agrícolas esenciales.
Mire usted: el precio de la urea y del amoniaco, ambos fertilizantes indispensables derivados del gas natural, ha sufrido incrementos que rondan entre el 31 y el 60 % a nivel global, afectando los márgenes operativos de los productores agrícolas. Esto lo reporta el Banco Mundial en su más reciente informe.
Entonces, cuando aumenta el precio del gas, aumentan también los costos de producción de los fertilizantes y, en consecuencia, de los alimentos.
El aumento en los precios de los alimentos no es ninguna hipótesis; hablamos de una realidad constatable que mide la FAO a través de su Índice de Precios de los Alimentos. Este indicador muestra aumentos mensuales consecutivos desde el inicio de la primavera, vinculados directamente con la crisis geopolítica que estamos experimentando y cuyos efectos se suman a los derivados del prolongado conflicto entre Ucrania y Rusia.
Es importante reconocer que, en un mundo globalizado, una crisis como la que se gesta actualmente al otro lado del planeta, tarde o temprano alcanzará la mesa de las familias mexicanas, ya sea en Monterrey, Mérida o la Ciudad de México.
Desde la famosa Revolución Verde, la agricultura no ha dejado de incorporar fertilizantes a la producción; por el contrario, su uso es cada vez más extendido e intensivo. Dicho sea de paso, su utilización es lo que ha permitido alimentar a una población global creciente, pero también a millones de animales de granja de los que, a su vez, nos alimentamos. Hablamos de un sistema con múltiples aristas.
Pero también hay que decirlo con puntualidad: gracias a los fertilizantes nitrogenados, fosfatados y potásicos, la humanidad pudo pasar de 2,500 millones de personas en 1950 a más de 8,300 millones en 2026.
Por lo tanto, la ecuación es simple, aunque quizás no resulte evidente para la mayoría: sin fertilizantes suficientes, la producción mundial de alimentos disminuiría drásticamente.
La escasez sobre la que alertan tanto la Organización Mundial del Comercio como la FAO ya afecta la producción agrícola en países como India, Tailandia y Brasil, que dependen de las importaciones para cubrir más del 40 % de sus requerimientos de urea.
Imagine usted las repercusiones sobre la agricultura si, además, los sistemas de producción ya se encuentran bajo estrés derivado del cambio climático, el aumento de las temperaturas, las alteraciones en los patrones de lluvia y las sequías cada vez más frecuentes. Parece la crónica de un desastre programado.
Es precisamente aquí donde la geopolítica y la seguridad alimentaria se entrecruzan, porque si aumentan los precios de los fertilizantes o estos simplemente no llegan a tiempo, los agricultores pueden optar por cultivar una menor superficie o incluso dejar de hacerlo, comprometiendo la oferta mundial de alimentos.
Además, al escenario se añade otra capa de complejidad. Mientras que los combustibles pueden almacenarse y liberarse en cualquier momento, contribuyendo eventualmente a una disminución de los precios, una crisis de fertilizantes puede tardar meses en mostrar plenamente sus efectos. Los agricultores toman decisiones durante la siembra; las consecuencias aparecen cuando llega la cosecha. En este caso, los efectos podrían comenzar a observarse hacia finales del año e incluso extenderse a los siguientes ciclos agrícolas, como lo pronostica la FAO. Todo dependerá de cuánto más se prolongue el conflicto en el Golfo Pérsico.
Lo más grave es que algunos expertos hablan de una potencial hambruna que podría afectar a cerca de 45 millones de personas en el mundo, especialmente en África y el sudeste asiático, menoscabando los esfuerzos internacionales para erradicar el hambre y la desnutrición. Como casi siempre ocurre, los más vulnerables son también los más expuestos.
Aunque México se considera una potencia agroexportadora y ha realizado esfuerzos para fortalecer la industria nacional de fertilizantes, la producción continúa dependiendo de importaciones significativas para abastecer la demanda interna. La agricultura mexicana consume grandes cantidades de urea, fosfatos y otros nutrientes indispensables para mantener los niveles de productividad de cultivos estratégicos.
Las importaciones de fertilizantes que se consumen en el país rondan el 65 % de los requerimientos totales, lo que representa aproximadamente 3.7 millones de toneladas anuales. Las naciones de las que proviene la mayor parte de estos insumos incluyen a Catar, pero también a Rusia, Estados Unidos, Chile y China.
De tal manera, y partiendo de las expectativas de la FAO y la OMC, es posible anticipar incrementos notables en los precios de productos que conforman la base de la alimentación de las familias mexicanas, como el trigo, el maíz, el frijol y el arroz, así como en productos pecuarios como la carne de res, la carne de cerdo y las aves.
México enfrenta aquí un desafío estratégico de largo plazo, simplemente porque la seguridad alimentaria no puede analizarse únicamente desde una escala local o nacional. Tanto la globalización, con sus complejas interrelaciones geopolíticas, como el cambio climático global ejercen una enorme influencia sobre la producción de alimentos.
Como país no estamos exentos de ese riesgo, porque puede presentarse una mayor inflación alimentaria que afecte directamente las mesas de las familias mexicanas, socavando años de políticas sociales orientadas a mejorar el acceso a alimentos inocuos y asequibles.
Desde la perspectiva de la sustentabilidad alimentaria, esta situación deja varias lecciones importantes. La primera es que la discusión no debería limitarse a los precios coyunturales ni a las fluctuaciones temporales de los mercados internacionales. La segunda es que resulta indispensable construir sistemas alimentarios más robustos y resilientes, capaces de resistir crisis geopolíticas, eventos climáticos extremos y disrupciones económicas globales. Y la tercera, quizás la más importante, es que la seguridad alimentaria ya no puede entenderse únicamente como un asunto agrícola o económico: se ha convertido en un tema estratégico de seguridad nacional.
Lo que hoy ocurre a miles de kilómetros de distancia, en las aguas del Golfo Pérsico, puede terminar reflejándose mañana en el precio del pan, de la tortilla, de la carne o del arroz que llegan a la mesa de millones de familias mexicanas. La guerra, aunque parezca lejana, puede manifestarse en nuestros hogares de diversas maneras.
Autor:
Pedro Núñez Mendoza es Economista por la Facultad de Economía de la UNAM, Maestro en Políticas Públicas por el ITESM campus CDMX, también cuenta con una Especialidad en Política Energética y Gestión Medioambiental por FLACSO-México.
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