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El misterio del Planeta Rosa: el primer mundo con nubes de sal metálica – La Razón

 El misterio del Planeta Rosa: el primer mundo con nubes de sal metálica – La Razón
Ciencia

El misterio del Planeta Rosa: el primer mundo con nubes de sal metálica – La Razón

by websys 18 de junio de 2026

A 57 años luz de la Tierra orbita un mundo que lleva más de una década desconcertando a los astrónomos. Lo llaman el «Planeta Rosa» porque las primeras imágenes mostraban un tenue tono rosado rodeando su atmósfera. Desde su descubrimiento en 2013, los científicos han intentado averiguar qué es exactamente. ¿Un planeta gigante? ¿Una estrella fallida? ¿Algo intermedio?

Ahora, gracias al telescopio espacial James Webb, el objeto ha revelado parte de sus secretos. Y la respuesta es tan inesperada como fascinante: su atmósfera parece estar cubierta por nubes de sal, de acuerdo con un estudio publicado en The Astronomical Journal. La observación constituye la primera evidencia directa de este tipo de nubes en un objeto tan frío y supone un importante avance en el estudio de algunos de los mundos más difíciles de observar del universo. Un planeta que se negaba a ser estudiado

El protagonista de esta historia se llama GJ504b, un cuerpo con un tamaño similar a Júpiter, pero cuatro veces su masa. Desde el principio llamó la atención por dos motivos. El primero era su color rosado. El segundo, mucho más importante para los astrónomos, era su temperatura. La mayoría de los exoplanetas fotografiados directamente son auténticos hornos cósmicos con temperaturas que pueden superar los 1.000 grados Celsius. GJ504b, en cambio, apenas alcanza unos 290 grados Celsius.

Puede parecer mucho para los estándares terrestres, pero en astronomía planetaria es extraordinariamente frío. De hecho, es uno de los compañeros planetarios más fríos jamás observados directamente. Su baja temperatura tiene una explicación sencilla: la edad. Los gigantes gaseosos nacen extremadamente calientes y van enfriándose lentamente durante miles de millones de años, igual que una plancha apagada sigue desprendiendo calor mucho después de desenchufarla. Los científicos estiman que GJ504b tiene entre 2.500 y 4.000 millones de años de edad.

Aunque está relativamente cerca de la Tierra, es extremadamente tenue. Además, se encuentra junto a una estrella mucho más brillante cuya luz lo eclipsa constantemente. Es parecido a intentar estudiar una luciérnaga situada junto a un potente foco de estadio. Durante años, algunos de los mayores telescopios terrestres dedicaron noches enteras a intentar obtener un espectro detallado del objeto sin éxito. El telescopio James Webb logró hacerlo en apenas dos horas.

Para entender el hallazgo conviene explicar qué es un espectro. Cuando la luz atraviesa una atmósfera, ciertos gases absorben colores específicos. Al analizar esa luz, los astrónomos pueden reconstruir qué sustancias están presentes. Como una suerte de código de barras químico. Gracias a esta técnica, el equipo identificó vapor de agua, metano, dióxido de carbono, amoníaco y otras moléculas en la atmósfera de GJ504b.

Pero algo no encajaba. Los modelos informáticos generaban atmósferas físicamente imposibles para explicar las observaciones. Hasta que los autores, liderados por Aneesh Baburaj, añadieron un ingrediente inesperado: nubes hechas de sales metálicas. Y entonces todas las piezas comenzaron a encajar. Las nubes actuarían como una especie de cortina atmosférica que oculta las capas más profundas del planeta y modifica la luz que finalmente llega al telescopio. Ahora el resultado coincidía mucho mejor con las observaciones.

Aunque en la Tierra asociamos la sal con océanos o salinas, en otros mundos las condiciones son tan diferentes que los minerales pueden evaporarse, condensarse y formar auténticas nubes flotantes. En cierto sentido, el cielo de GJ504b podría parecerse más a una sopa química exótica que a cualquier atmósfera conocida en nuestro sistema solar.

Las nuevas observaciones también reabren otra cuestión importante: la masa de GJ504b. Mientras la NASA habla de 4 veces la de Júpiter, como hemos dicho antes, el nuevo estudio la sitúa en un rango mucho más alto: entre 25 y 30 veces la del gigante de nuestro sistema solar. posee aproximadamente 25 veces la masa de Júpiter. Eso lo sitúa cerca de la frontera que separa los planetas gigantes de las enanas marrones, objetos demasiado grandes para ser considerados planetas convencionales, pero demasiado pequeños para convertirse en estrellas. Por ello los astrónomos suelen referirse a él como un «compañero de masa planetaria». Así, GJ504b funciona como un laboratorio natural: permite poner a prueba técnicas que en el futuro podrían utilizarse para estudiar mundos aún más difíciles de observar. Y nos plantea también nuevas preguntas.

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