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Vilma Fuentes: Ugné en el país de los cronopios

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Vilma Fuentes: Ugné en el país de los cronopios

by websys 1 de julio de 2026

P

ara la mayoría de sus conocidos, él era el centro de atención de la pareja. Escritor famoso, sus cronopios habían dado la vuelta, si no del mundo, al menos del mundo literario. Alto, envejecido con su cara de niño, Julio Cortázar era, acaso, más europeo que latinoamericano. Pero las razones comerciales son siempre, o casi siempre, las más fuertes. Y el machacado boom latinoamericano imponía sus razones, mezcla literaria y mercantil. Así, Cortázar fue considerado argentino, origen más atractivo, en esos años del boom, en los aparadores de los objetos en venta. Después de todo, su lengua era el español. Al menos para escribir.

Pero quien irradiaba algo misterioso era ella: Ugné Karvelis, una mujer más bien alta, rubia, fornida sin ser gorda para nada, era atractiva para muchos hombres. Ugné tuvo un hijo. Alguna vez le pregunté quién era el padre. Su respuesta fue vaga, pero no me dio la impresión de querer ocultar la identidad del progenitor de su hijo. Comprendí con el tiempo y la proximidad entre ambas que, para Ugné, el padre de Christophe, su hijo, había sido una especie de casualidad y que el progenitor bien habría podido ser cualquier hombre o el mismísimo Espíritu Santo.

Conocí a Ugné recién desembarcada de México en París durante una de esas cenas con tintes mundanos en la embajada de México, adonde nos invitó Carlos Fuentes, en ese entonces nuestro representante diplomático en Francia. Ugné atravesaba un periodo difícil a causa de su ruptura con Cortázar. Ruptura interminable que se repetía día tras día entre pleitos y reconciliaciones. Sin duda, Cortázar habría vuelto al lado de Ugné, pero otra mujer había entrado en la vida y la intimidad de Julio. Como se acostumbra en estas circunstancias, las amistades de la pareja divorciada escogen a uno de los dos y la mayoría de estas amistades eligió al célebre autor de Rayuela para continuar encuentros y pláticas, la mayoría de las ocasiones confundiendo estas visitas con la prueba de la amistad misma. Así, muy pronto cesaron estos encuentros sin que se comprendiera el porqué, pues la causa era tan simple como puede ser la ausencia de una verdadera amistad por una mujer en quien sólo se veía a la esposa del autor argentino, una especie de prolongación de éste a la vez mágica y marital. Amistades triviales de quienes apenas si echaron un vistazo a las páginas de Cortázar, en alguna ocasión, sin darse la pena o el gozo de leerlos.

No diré que me vi obligada a leer las novelas de Cortázar hacia mis 14 años, cuando mi profesora de literatura en el Colegio Francés, apasionada de su obra, nos hizo leerla. Ella nos hizo descubrir a La Maga en María Magdalena y otros santos en los pecadores y pillos de los libros de Cortázar. No me sentí obligada a esta lectura, aunque más tarde mi atracción por la obra del argentino me hizo leerlo aún con más placer que por orden de mi profesora.

La verdad, como cualquier verdad, es que, en ese entonces, leí con un placer algo inocente que hoy ya no tendría. Cierto, las cosas se gozan más cuando, en lugar de ser ordenadas, nos están prohibidas. Pero en una sociedad que se pretende ser libertaria, ¿qué más se puede pedir?

Así, leí la obra de Julio Cortázar por instrucciones de una profesora de escuela de monjas, sin siquiera soñar que conocería a este escritor en persona y compartiría su vida con Ugné durante varios años. Pude, entonces, mirar y casi espiar la manera en que escribía. Lo hice sin querer porque la vida me los ofreció como un regalo no solicitado. Como son los verdaderos regalos.

Pude leer algunos libros de Cortázar sin profesores ni guías. Es tal vez uno de los recuerdos que me ha ofrecido la lectura. Como igual de placer me dieron las páginas del Corsario negro, Los tres mosqueteros y, más tarde, las obras de Balzac y Reyes.

No puedo sino dar gracias a la vida por tantas páginas de regalo que me ha ido ofreciendo durante años.

vilmafuentes22@gmail.com

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