Emilio Payán: La herencia de la mirada
▲ Imagen de Kinderwunsch (Deseo de tener hijos), publicado en 2013 por la Fábrica. Ensayo fotográfico en el que explora la complejidad de la maternidad y su relación con sus dos hijos, a medida que sus respectivas identidades emergen o se reconstruyen.Foto de Ana Casas Broda
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ay archivos que no sólo conservan el pasado: continúan respirando. Cajas antiguas, álbumes familiares, cartas y fotografías fueron el paisaje donde Ana Casas Broda (1965) descubrió que una imagen podía contener mucho más que un recuerdo. En cada una persistía un gesto, una presencia, una historia que el tiempo no borra. Mucho antes de sostener una cámara, comenzó a sospechar que en la fotografía había algo vivo que las palabras no alcanzaban a nombrar.
Esa intuición nació en una historia atravesada por el exilio, los viajes y los afectos. En la Austria de la posguerra, su abuelo materno, jurista y humanista, participó en la reconstrucción de una sociedad que buscaba recuperar la dignidad. A su alrededor convivían el pensamiento, el arte y la convicción de que la cultura podía reparar lo que la historia había fragmentado.
Fue su abuela, Hilda Broda, quien dejó la huella más profunda. Desde Viena llegaban cartas y fotografías que acortaban la distancia entre dos continentes. Hilda registraba la vida cotidiana con la convicción de que nada era demasiado pequeño para merecer una fotografía: los rostros, las estaciones, los gestos mínimos de la vida doméstica. Ese archivo íntimo convirtió lo lejano en una patria cercana, hecha de afectos, papel y luz.
Entre mudanzas, separaciones y despedidas, aquellas imágenes sostenían una continuidad silenciosa. Antes de convertirse en fotógrafa, Ana aprendió a mirar.
Su infancia quedó suspendida entre dos continentes y dos tradiciones familiares. Su padre, nacido bajo el sol austero de Andalucía, fue un hombre formado por la adversidad, el estudio y la melancolía. Su madre, Johanna Broda, historiadora, etnóloga y especialista en culturas mesoamericanas, hizo del conocimiento una forma de explorar los vínculos secretos entre la historia, la naturaleza y el universo humano.
Cuando sus padres se separaron, Ana permaneció con su padre, aferrada durante dos años a la esperanza del regreso materno. Aquella espera le enseñó que el amor y la ausencia podían compartir una misma raíz. Con el tiempo, la fotografía dejó de ser un medio de expresión para convertirse en una forma de acercarse a ausencias, afectos y aquello que no terminaba de resolverse.
La fotografía no llegó como una decisión, sino como una revelación lenta. La cámara heredada de su abuela fue también la herencia que le permitió construir una relación libre con su cuerpo y con su identidad.
En su fotolibro Álbum, publicado en 2000 por la editorial Mestizo, una de sus obras más significativas regresó a las huellas familiares para reconstruir, entre imágenes y diarios, la arquitectura invisible de lo vivido. En el departamento vienés de su abuela, rodeado de muebles antiguos y objetos cargados de tiempo, comprendió que las cosas también conservan algo de quienes las habitan.
Durante años fotografió a Hilda, acompañando la transformación de la vejez. La intimidad dejó de ser un espacio privado para volverse conocimiento.
Trabajó junto con Manuel Álvarez Bravo, pero con el tiempo entendió que su práctica se sostenía en dos columnas inseparables: crear imágenes y enseñar a otros a mirar. Ambas tareas responden a una misma necesidad: crear comunidad frente a la fragilidad del tiempo.
Volvía una y otra vez al rostro de su abuela como quien regresa a una fuente. En cada imagen buscaba escuchar lo que el tiempo hacía sobre los cuerpos. Entre ambas persistía un pacto silencioso: seguir mirándose mientras fuera posible.
Cuando Hilda murió, el vacío abrió una habitación nueva en la memoria. De esa ausencia nació Kinderwunsch ( Deseo de tener hijos), publicado en 2013 por la Fábrica. El libro habita el territorio donde el duelo y la esperanza se rozan. La llegada de Martín y luego de Lucio no borró la pérdida; la transformó en otra forma de continuidad.
Años después surgió Hydra. Primero fue una intuición, luego un espacio que se convirtió en incubadora de libros, galería, editorial, librería y punto de encuentro. Allí comenzaron a reunirse fotógrafos, autores y lectores. Las imágenes no terminan cuando son tomadas. Continúan en los libros. Ana Casas Broda construyó una casa para la fotografía. Ese espacio sigue creciendo. Está hecho de papel, de luz y de tiempo; de abuelas que fotografían, de hijos que llegan cuando parecía imposible la alegría, de recuerdos que insisten en permanecer. Porque hay imágenes que no congelan la vida, la prolongan. En la raíz de su obra permanece esa herencia. Toda fotografía es una forma de amor.