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Hermann Bellinghausen: Mi ojo en la mosca

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Hermann Bellinghausen: Mi ojo en la mosca

by websys 6 de julio de 2026

S

oñé que una mosca se metía en mi ojo. De esas chiquitas, de la fruta. La vi venir derechita y, de pronto, pup, ya no estaba afuera en el aire, sino dentro de mi ojo. ¿No dije cuál? El derecho. Lo mismo hubiera dado el izquierdo.

El sobresalto me despertó, pero no a esta vigilia, sino a otro sueño, muy parecido a la realidad, tanto que me la creí. Y aquí viene la parte interesante, porque resultaba que la mosca no entró en mi ojo, sino fue mi ojo el que ingresó al organismo de la mosca, tan pequeña que el viento la traía y llevaba como brizna, mota, polen, un papelillo, una hojita seca. Pero no todo es lo mismo. Ir a bordo de una mosca, por pequeña que sea, implica una diferencia: se trata de un ser vivo con finísimas alas traslúcidas. Eso, por increíble que parezca, dota al insecto diminuto de un cierto dominio de dirección.

Pronto me di cuenta de que mi mosca (¿o el suyo era yo?) se conducía con pericia. A las inclemencias y caprichos del viento respondía con trucos y virajes ágiles, como si encontrara invisibles ductos navegables que le permitían volar con la libre precisión de los seres que hacen lo posible por obtener lo que necesitan. Lo explicamos como instinto y nos llenamos la boca apelando a la sobrevivencia en la Naturaleza, así, con mayúscula como Tierra, Universo, Luna, Sol.

Sobrevino la etapa dron de mi sueño, porque la mosquita llevó de paseo a mi ojo por encima del suelo. ¿Y qué fue lo que vio? ¡Pucha!

Exterior. Noche. Alumbrado público. A cierta altura sobre calles y avenidas retacadas de personas en riesgosa situación de calle, empujándose y jalándose, empapados por el aguacero reciente, tratando de respirar. Gritaban sin palabras, iban del aullido a la queja o la carcajada, se arrojaban objetos de distintos tamaños. Un carro trataba de avanzar a paso de rueda y le incrustaron de pura chunga un trafitambo en el parabrisas trasero. Un niño aterrado lloraba en el interior. Los culpables se alejaron fingiendo demencia.

“Somos un desmadre”, celebró un hombre mayor con impermeable y botas de hule. ¿Cómo pude escucharlo, si yo era sólo un ojo? Bueno, el ojo era mi todo, escuchaba y olfateaba según pude constatar.

Chicos y chicas de distintas rodadas, con la excitablidad de la juventud, bebían de redondos envases de plástico verdes, naranja, rojos o amarillos; las pelotitas que produce la mixología industrial para disimular alcoholes y se consiguen en las tiendas de conveniencia. “Terrible animal son 20 años”, hace decir Mateo Alemán a su Guzmán de Alfarache. Allá abajo hasta menos eran las edades. Los varones sufrían ataques de convulso relajo tan a lo bruto que resultaban suicidas potenciales.

Atisbé calles devenidas grandes charcos sucios reflejando edificios y gente empapada, eufórica, exageradamente aferrada a una felicidad catártica. Una muchacha que vendía botanas en un carrito se vio rodeada de pelados y peladas que la zarandearon hasta vaciarle la mercancía y la aventaron con todo y carrito contra un poste, que la salvó de ser arrollada por el río humano que crecía y crecía. Pero no eran un río de agua, no subían. Cuando no cabe, el agua sube. Aquí las gentes se apretaban más y más hasta inmovilizarse, ni p’acá ni p’allá.

¿Por qué, si se estaban sofocando, no se les bajaba la alegría? Peor les fue a los eloteros, una pareja con niño. El perol hirviente quemó a unos cuantos celebrantes, más gacho aún que a los que, en la esquina opuesta, derribaron la olla de café de una mujer que optó por escabullirse y ponerse a salvo en un quicio, con pérdida total de olla, carrito, panes, tarro de azúcar, crema en polvo, vasos, servilletas; suena poco, pero todo cuesta.

La mosca se hartó y cambió de aires llevándose otra vez de corbata a un servidor. Y como en la nefasta pausa de hidratación, se interrumpió el sueño.

Al reanudarse, la mosca y mi atención habían perdido vuelo. El viento, que no perdona, nos levantó. Pero la mosca, golosa, tenía otros planes. Descendió al peor charco en cuanto pudo, en una calle lateral casi desierta. Flotaban miles de latas y botellas, bolsas, camisas, brasieres, calzones, tenis sin par, botellas de ron y tequila, pero sobre todo plástico y mugre. Un señor, tirado bocarriba a medio charco, brazos y piernas abiertas, adoraba al cielo de la noche, inmóvil, con el agua hasta las orejas, cansado de tanta alegría.

La mosquita se posó sin asco en el cochinero y encontró lo que buscaba, algún mugroso dulzor. Allí olía a meados. Una vez satisfecha, la mosca retomó el vuelo y pasó de nuevo sobre la multitud a unas cuantas cuadras, que gritaba al unísono: “quiere volar, quiere volar”. ¿Cómo que los humanos quieren volar?, se debió preguntar la mosca. Picada por la curiosidad se aproximó. Una bola de chavos, cubiertos de la espuma en su atmósfera, balanceaban a un cristiano en traje de ajolote rosa que agarraron de bajada y tomando impulso, una, dos, tres, lo lanzaron y salió despatarrado hacia arriba. Nadie lo cachó. De puro desmadre lo dejaron azotar contra el asfalto.

Ya decía yo, debió pensar la mosca, los humanos no vuelan aunque quieran.

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