La luz de Moya – El Heraldo de México
Tengo una debilidad por las fotografías de niños con animales. Esas, donde niños de lugares lejanos abrazan a criaturas que a veces ni conocemos. Son belleza, ternura y autenticidad que logran brillar hasta en los ojos más oscuros.
En mis días de estudiante, hice copias de una foto de Peter Guttman de un grupo de niños, en el que uno carga como mascota a un cuscús, un marsupial poco común de este lado del mundo. No estoy segura de lo que me provocaba, pero sentía la necesidad de compartirla, de pegarla en cualquier rincón. Me fascinaba. Luego, conocí otras fotos maravillosas como la de la niña que tiene sobre su cabeza un tamarino de Charlie Hamilton James y otras tantas de autores anónimos, que muestran a niños en sus aldeas, conviviendo con capibaras, monos o perezosos que de vez en cuando, saltan en las redes sociales enterneciendo a las mayorías.
Ya con más experiencia en los estudios de la imagen, me sorprendió «La Pesca Milagrosa» de Rodrigo Moya, tomada en Michoacán en 1970. Un tiro blanco y negro en primer plano de un niño con un pescado en las manos. Es una foto de original alegría donde unos niños indígenas celebran la generosidad del lago. Hace poco supe que existe una secuencia más amplia, donde el encuadre revela a otras niñas, más pescados y otro poco del adorable niño. La imagen es hebra para tirar poesía del triunfo colectivo. Una conexión ancestral con la tierra que les provee.
Hace unos días, los ojos de Rodrigo Moya, que capturaron con una cercanía única a figuras como el Gabo, el Che, al Tata Goitia, las luchas sociales, los desposeídos, los niños y los indígenas, se cerraron para siempre. Con esos ojos, también se cerró un obturador que nos enseñó a ver la ternura en lo inesperado y la fuerza en quienes a menudo quedan en las sombras. Se fue, pero su luz sigue brillando a través del acervo que nos deja, como si fuera el botín de esa pesca milagrosa.
POR CYNTHIA MILEVA

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