De un póster en la infancia a la órbita lunar: Christina Koch y la misión que hará historia
Christina Koch aprendió a soñar con el espacio mirando una fotografía. Era la Tierra vista desde la Luna, tomada en 1968 por el astronauta Bill Anders durante la misión Apolo 8: un planeta azul, frágil, suspendido en la negrura.
Koch nació 11 años después de esa imagen, pero de niña tenía un póster con la foto en su habitación. “Una persona estuvo allí, detrás del lente”, diría décadas más tarde. “Eso cambió para siempre la forma en que pensamos nuestro lugar en el universo”. Fue entonces cuando decidió que sería astronauta.
Si nada se tuerce, en febrero de 2026 la estadounidense se convertirá en la primera mujer de la historia en viajar hasta la órbita lunar, como parte de la misión Artemis II de la NASA. No descenderá a la superficie, pero circunvalará completamente la Luna, incluida su cara oculta, en un viaje de 10 días que marcará el regreso de astronautas a ese entorno 54 años después del Apolo 17.
“Dependiendo del día y de la iluminación, es posible que veamos partes de la Luna que jamás han sido vistas por ojos humanos”, ha señalado.
A sus 46 años, Koch llega a ese momento con una carrera marcada por récords y desafíos extremos. Es la mujer que más tiempo ha pasado en el espacio: 328 días consecutivos a bordo de la Estación Espacial Internacional durante 2019 y comienzos de 2020. Participó además en las primeras caminatas espaciales exclusivamente femeninas y acumula más de 42 horas fuera de la estación.
“Al principio rehuía la idea de hablar de récords”, explicó en una entrevista con El País de Madrid. “Pero entendí que los hitos importan, que ayudan a inspirar y a educar”.
Nacida en Grand Rapids, Michigan, y criada en Jacksonville, Carolina del Norte, Koch es matemática, ingeniera eléctrica y física. Pasó los veranos de su infancia trabajando en la granja familiar, una experiencia que, según recuerda, le inculcó la disciplina y el gusto por los desafíos. “Nunca vi a una mujer ingeniera en mi pequeña ciudad”, ha contado, “pero sí vi personas que creían en algo y eran lo suficientemente valientes como para luchar por ello”.
Antes de convertirse en astronauta en 2013, su carrera se desarrolló lejos de cualquier glamour. Trabajó en el desarrollo de instrumentos científicos para misiones espaciales en el centro Goddard de la NASA y en el Laboratorio de Física Aplicada de la Universidad Johns Hopkins. También pasó largos períodos en algunos de los lugares más remotos del planeta: vivió un año completo en la base Amundsen-Scott, en el Polo Sur, como parte del programa antártico de Estados Unidos; hizo trabajo de campo en Groenlandia y fue ingeniera en estaciones científicas de Alaska y Samoa Americana. En la Antártida, además, integró equipos de rescate y combate de incendios.
Ese recorrido técnico y extremo explica su rol en Artemis II. A bordo de la cápsula Orión —bautizada Integrity por la tripulación— Koch será especialista de misión: la encargada de que todo funcione dentro de la nave. Junto al comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover y el astronauta canadiense Jeremy Hansen, observará la superficie lunar durante unas tres horas, una tarea clave para futuras misiones de alunizaje. “Los ojos humanos siguen siendo uno de los mejores instrumentos científicos que tenemos”, ha subrayado.
La presencia de Koch y de Glover, quien será el primer hombre negro en viajar hasta la Luna, convierte a Artemis II en la misión lunar más diversa de la historia de la NASA y simboliza un quiebre con la era Apolo, cuando todos los viajeros lunares fueron hombres blancos, en su mayoría pilotos militares. Koch, de hecho, es la única integrante de la tripulación sin formación militar.
Para ella, el vuelo tiene además un valor simbólico profundo. Como Apolo 8 en 1968, Artemis II no pisará la Luna, pero promete cambiar la forma en que miramos el espacio y a nosotros mismos.
“Espero que esta misión le permita a una nueva generación tener la experiencia que yo tuve de niña”, dijo en una entrevista con la NASA, “y que nos ayude a ser un poco más optimistas sobre el futuro”.
Ese peso simbólico se hace visible incluso lejos del espacio. En mayo de 2023, mientras la tripulación de Artemis II recorría el Capitolio en Washington tras una ronda de reuniones con congresistas, un grupo de turistas se topó con los astronautas y pidió fotos. “¡Había una mujer!”, exclamó una de las visitantes, emocionada. Son escenas como esa las que recuerdan a Koch que su presencia marca un antes y un después, y que su figura funciona como espejo para quienes vienen detrás.
En un programa espacial que vuelve a mirar a la Luna no solo como destino, sino como ensayo para ir más lejos —Marte y más allá—, Koch encarna una nueva figura del astronauta: científica antes que piloto, exploradora antes que heroína. Su trayectoria, forjada entre laboratorios, hielo antártico y órbitas imposibles, condensa el giro de la NASA hacia misiones más diversas y colaborativas. Artemis II no será un alunizaje, pero sí una misión fundacional: probar tecnologías, entrenar miradas y ensayar decisiones humanas a casi medio millón de kilómetros de la Tierra. A casi seis décadas de aquella fotografía que la inspiró, Christina Koch está a punto de devolver la mirada, desde la órbita lunar, con el planeta elevándose otra vez en el horizonte.