El ejército ciego, fragmento
Periódico La Jornada
Miércoles 28 de enero de 2026, p. 3
El escritor David Toscana abordó un cruento hecho histórico: tras la batalla de Klyuch en 1014, Basilio II, emperador de Bizancio, ordenó cegar a 15 mil de los soldados derrotados. Con el El ejército de ciegos, declarada ayer ganadora del Premio Alfagura de novela 2026, el autor sublimó –por primera vez en la literatura– esa historia para destacar cierta dignidad del espíritu humano. Toscana reconoció que el “ciego es un aventurero” y no un derrotado, poseedor de “un heroísmo cotidiano”. La Jornada publica, con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial, el inicio de esta novela, que llegará a las librerías en marzo.
Hay quienes preguntan cuál es la diferencia entre no ver nada y verlo todo negro. Preguntan otras cosas. Que si se oye mejor cuando no se ve. Que si todas las mujeres parecen bellas. Que si se distingue entre el día y la noche. Que si seguimos soñando. Que si lloramos. A muchos les interesa indagar algún trasto sobre la muerte. Si en la resurrección de los muertos tendremos ojos. Es cierto que a algunos criminales los cortan en partes, los queman y los hacen hollín para que no vuelvan a habitar la tierra. Está escrito que no deben dejarse los cadáveres para que los coman las bestias o los piquen las aves, y ya desde siempre se discute sobre lo que ocurrirá a un hombre si se lo traga una ballena. A Jonás lo escupió luego de tres días. Pero son muchas las embarcaciones que cada año se pierden en el mar junto con todos sus hombres y no se sabe más de ellos. Hay que creer que si la resurrección le llega a alguien en el fondo del mar, se volverá a ahogar. A los navegantes que nunca regresan se les hace un sepulcro. A los cadáveres que llegan a la arena también se les da sepultura aunque nadie sepa quiénes son. Hay sepulcros con cadáveres sin nombre y otros con nombres sin cadáveres. En la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro, yo espero tener ojos. Pero no puedo saberlo, como tampoco nadie sabe si quienes murieron viejos serán viejos y los jóvenes, jóvenes, aunque se entiende que los hombres seguirán siendo hombres y las mujeres, mujeres. Yo creo que quienes resuciten habrán de ser jóvenes porque maligno premio sería volver con la carne que ya no sabe de placeres. Alguien me preguntó si echaba más de menos el verde o el azul. No lo había pensado. Le respondí que el azul, y quizás sea verdad. El azul.
Hay preguntas que más valdría no hacer. Y sin embargo la gente las hace. Lo que más me preguntan es cómo quince mil hombres se dejaron sacar los ojos. No alcanza a ser una pregunta. Es un reproche. Su modo de tacharnos de cobardes. «Yo no lo hubiese permitido», dicen. «Antes muerto que dejarme hacer eso». Se arman historias mentales en las que apenas con los puños pelean contra sus verdugos y los vencen a todos. Les escupen, los muerden, los patean. Siempre muy osados. En su mente pueden escapar de cualquier trance. En la taberna cualquiera es el más valiente. En las bravatas de taberna todos hubiesen hecho algo sobrehumano de haber estado en nuestra situación. Pero no estuvieron. ¿No crucificaron a seis mil hombres de Espartaco en el camino que va de Capua a Roma? Cuando cayó la ciudad de Pliska, ¿no tuvieron que ver sus habitantes cómo el enemigo aplastó a cientos de niños con piedras de molino? ¿Acaso no recuerdan los viejos cuando Sviatoslav mandó empalar a veinte mil de los nuestros? «Yo no lo hubiera permitido», dice el que no estuvo ahí, pero cualquiera de ustedes habría terminado en la cruz o empalado o viendo a su hijo como masa de harina; a cualquiera de ustedes le hubiesen sacado los ojos. A Dios mismo lo crucificaron, y de haber querido los romanos, le habrían sacado los ojos y cortado la lengua y la nariz y las orejas. Al Cristo lo aporrearon antes de ejecutarlo. Lo aporrearon tanto que ya iba loco cuando lo montaron en la cruz. Era Dios que se hizo hombre cuando lo azotaron, y entonces fue hombre que se volvió loco y se creyó Dios.
▲ Retrato de David Toscana.Foto © Raphael Gaillar de Gamma-
Rapho Getty Images/Cortesía de Alfaguara
“¿Y quince mil hombres se dejaron sacar los ojos?”, alguien volvió a preguntar.
Yo le dije que sí, y que por eso nos volvimos locos.
Una columna de desarrapados recorre el último tramo para llegar a la capital del imperio de Bulgaria. Llevan más de un mes caminando sin ver el camino. Si la marcha durara varios días más, ellos seguirían andando. Pero al saber que ya terminan su viaje, las piernas se ablandan. Los pies revientan de dolor por las ampollas que revientan. El hambre los desbarata. Ninguno es lo que fue apenas tres meses atrás, cuando avanzaban fuertes, armados e insolentes, siguiendo a su zar Samuel, a pelear contra el ejército de Basilio Segundo. Ahora se acercan sin orden a las murallas, sin una mínima formación que los haga parecer combatientes. Cada ciego siente necesidad de decir algo, pero en suma no dicen nada.
Una semana antes había llegado el primer rumor de que se acercaba un ejército.
Samuel mandó aprovisionar la ciudad y cerrar las puertas de las murallas.
Después, las noticias fueron buenas. Eran los prisioneros que se habían llevado a Constantinopla. El emperador Basilio los había liberado y venían de vuelta a casa.
Hubo gran alegría hasta que los informes se volvieron más precisos.
Sumaban miles de hombres. Venían ciegos. Sin ojos.
En la ciudad se sintió más miedo que cuando esperaban un ejército invasor.
Cerraron las puertas a cal y canto.
¿Eran ciegos o muertos?
Transcurrieron noches silenciosas.
Al fin los divisaron desde las torres.
Ya vienen.
La gente quería subir a las murallas. Mirar a aquellos desgraciados.
Estaba prohibido. Cada puesto lo había ocupado un arquero. Los arcos se tensaron.
Samuel subió a la torre oriental y desde ahí vio a su ejército ciego. Ordenó a los arqueros que no dispararan. Ordenó que abrieran las puertas.
Durante un asedio, los agresores lanzaban cadáveres, cerdos podridos, excrementos, vejigas llenas de sangre o de orines, perros rabiosos y ancianas enfermas.
A Samuel le estaban lanzando miles de hombres sin ojos, y él les había abierto las puertas. Los dejó entrar con la aglomeración de ratas en desembarco.
Dicen que ahí mismo Samuel se desvaneció. Que lo hicieron respirar de nuevo con agua y mirra. Entonces pidió agua fría y su médico le dio agua fría. Le falló el corazón y se lo llevaron a su palacio. Allá despertó dos días después como saliendo de un mal sueño. Y cuentan que acabó por morirse cuando supo que el sueño no era sueño.
Por la ley de la sucesión, el último aliento del zar Samuel pasó a ser el instante en que su hijo, Gavril Radomir, se convirtió en nuestro nuevo zar. Su coronación fue un velorio, y mientras sepultaban a Samuel también se estaba tallando la lápida del moribundo imperio búlgaro.
Mientras tanto, el ambiente era de júbilo allá en Tesalónica, Adrianópolis, Constantinopla y todas las ciudades del enemigo a las que fue llegando la noticia. El emperador Basilio Segundo recibió el título de Bulgaroktonos, que trasladado es Matabúlgaros.