Las dos almas de Irán: entre el islam y la memoria sasaní – The Conversation
El estallido de la guerra entre Irán y EE. UU. e Israel ha dado pie a todo tipo de comentarios en redes sociales y tertulias. Fruto de las prisas por la coyuntura y el desconocimiento sobre esta parte del mundo, se ha incluido a Irán en la nómina de los países árabes, mientras voces airadas reclaman que se le llame Persia, porque ese era el nombre del país antes de su islamización.
Decía Pierre Vilar que la Historia “debe enseñarnos, en primer lugar, a leer un periódico”. En este caso, merece la pena aprovechar el trágico contexto internacional para cuestionar las mitificaciones sobre este país islámico cuya existencia se remonta muchos siglos atrás.
Alianza Editorial
En Samarcanda (1988), el escritor libanés Amin Maalouf se vale del manuscrito perdido de las Rubāˁiyyāt (‘Cuartetas’) de ˁUmar Jayyām (m. 1123) para hilar dos períodos de la historia de Irán. La primera parte narra la vida de este intelectual persomusulmán al servicio del visir Niẓām al-Muluk y los sultanes Alp Arslan y Malik Shāh. La segunda se centra en los intentos democratizadores del país asiático entre 1909 y 1911 a la sombra del Reino Unido y Rusia, las potencias que se habían dividido el país y no querían perder su influencia en él.
Mito y memoria de la Persia preislámica
Como otros antes que él, a finales del siglo XI Niẓām al-Muluk miró hacia el período sasaní (224-651) buscando crear una identidad propia en la que se mezclasen elementos islámicos y preislámicos. A ese movimiento de “iranización” del islam le debemos casi todo lo que sabemos sobre el imperio de los iranios. Llamado el Ērānshahr, hace referencia al territorio que ocupaban los actuales Irak e Irán antes de que los árabes musulmanes lo conquistaran entre los años 634 y 651.
No conservamos ningún texto literario original de época sasaní. Pero cuando los habitantes de Persia rechazaron lo árabe porque, comparado con la propia tradición, era visto como atrasado y sin valor alguno, los califas ˁabbasíes, la segunda dinastía del islam (750-1258), no dudaron en iranizarse. Así, decidieron imitar las formas cortesanas de los shāhānshāh, los “reyes de reyes”, quienes ocupaban el centro de la organización política gracias a una especie de gracia divina que se transmitía de padres a hijos y que solo poseían los gobernantes del imperio.
Comenzó entonces un proceso de traducción de textos de la antigua tradición al árabe que llevaron a cabo los persas islamizados, y que vertieron escritos creados en una lengua indoeuropea, el farsi, a una semítica: el árabe.
El valor que sigue teniendo para los iraníes el pasado preislámico lo indica que su poema nacional sea el Shānāmè (“Libro de los reyes”), compuesto en torno a 1010 en persa por Ferdosi. En sus versos repasa la historia del Ērānshahr, en los que se mezclan mito y realidad.
Los mitos originarios
Tras la llamada Guerra de los Doce Días (del 12 al 24 de junio de 2025), los ayatolás recurrieron a los bajorrelieves de Naqsh-e Rustam o al mítico Arash el Arquero como parte de su propaganda contra israelíes y estadounidenses.
Ambos elementos tienen una fuerte carga simbólica. En Naqsh-e Rustam está representado el momento en el que el emperador romano Valeriano reconoce la victoria del soberano sasaní Sapor I en el año 260.

ninara/Wikimedia Commons, CC BY-SA
Por su parte, el personaje de Arash el Arquero pertenece a la mitología persa. Cuenta la leyenda que Arash, el mejor arquero del ejército iraní, fue elegido para responder al reto planteado por el victorioso rey de Turan (eternos enemigos de Irán): lanzar una flecha para marcar la frontera allí donde se clavara. Desde la montaña sagrada Irivokht, Arash tensó el arco como jamás lo hiciera y el proyectil voló durante semanas, impulsado por el viento, incrustándose en el tronco del nogal más grande del mundo, a orillas del río Amu Darya. Cuando fueron a buscar a Arash, este había desaparecido; no quedaba ni rastro. El arquero se había sacrificado por su pueblo y su cuerpo era el territorio que les ofrecía a sus compatriotas.
Estos símbolos, como toda arma, tienen un doble filo, en este caso en forma de propaganda interna. Son iconos que, por un lado, rechaza el régimen teocrático, ya que representan unos valores propios de un tiempo que la tradición islámica considera “de la ignorancia”. Por otra parte, se trata de historias y personajes que forman parte de la cultura popular. Los ayatolás, cuestionados internamente, se valen de ellos para acercarse a una población que cada vez está más lejos del régimen.
Los manifestantes que se echaron a las calles entre diciembre de 2025 y enero de 2026 coreando vivas al sah son la prueba de su calado popular. En el imaginario colectivo se establece una línea de continuidad entre los tiempos míticos de Arash el Arquero y la monarquía, pasando por la época sasaní y el apogeo persomusulmán de la shuˁūbiyya (movimiento cultural de reivindicación de lo iranio frente a lo árabe). Reclamando la vuelta del rey y el fin de la república islámica se pretende regresar a una Arcadia feliz.
La nostalgia sigue en el mismo bando
Ahora, igual que en los siglos IX-XI, la nostalgia de una pretendida edad de oro pertenece a una clase que ocupa una posición subalterna. El período preislámico se convierte en un tiempo al que se quiere volver porque se asocia con el esplendor cultural, económico y político, cuando la influencia de lo iranio iba del Índico al Atlántico.
Entonces, el zoroastrismo era la religión oficial sasaní. A sus seguidores, junto a cristianos y judíos, se les permitió conservar sus creencias a cambio del pago de la yizia, la capitación. De hecho, el judaísmo, el cristianismo y el islam heredaron su carácter dualista (los principios del Bien y el Mal).

Diego Delso, delso.photo, CC BY-SA
Los descendientes de la aristocracia sasaní vieron ese pago especial como una humillación. Por ello, las élites optaron por convertirse al islam para preservar su estatus. En su mayoría se inclinaron por el chiismo, la rama que defiende el legado de ˁAlī y sus hijos, al-Ḥasan y al-Ḥusayn, el yerno y los nietos del profeta Mahoma.
Sin embargo, de alguna forma los conquistadores árabes acabaron siendo conquistados por los derrotados iranios: el modo de vida persa resultaba mucho más atractivo por el boato de la corte sasaní. No fueron pocos los rigoristas que criticaron lo que consideraron un excesivo gusto por esta dolce vita.
Los sabios de la ley islámica también pasaron por alto que la construcción del califa como autoridad política y religiosa había sido un calco de la posición del shāhānshāh, el “rey de reyes”. Esto hizo que el islam se convirtiera en una copia del zoroastrismo con carácter de religión estatal de un imperio. Se establecería un sistema confesional, persiguiendo las ideas consideradas contrarias a la línea oficial. La noción de pureza e impureza en el islam surge de la influencia de los conversos zoroastras, aquellos sacerdotes que conservaron su peso en la sociedad aun cuando hubieran abandonado su antigua fe dos siglos después de la conquista.
El pasado preislámico se integra en la identidad de los iraníes actuales como una de sus dos almas. Dos almas que, a veces, se hallan en contraposición, pero que no se entienden aisladas. El islam no es un bloque homogéneo y en cada territorio adopta unas formas propias. Fiestas como el Noruz perviven porque fueron asumidas por el islam, en este caso iranio, que les da carta de naturaleza.
En resumen, la llama del Ērānshahr no se ha apagado.

¿Quiere recibir más artículos como este? Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Cultura Claudia Lorenzo.