¿Podremos tener en España una universidad en el top 100? | Opinión – El Mundo
España podría tener alguna universidad en el top 100 del mundo (pero necesitaría cambiar).
Ayer salió el Ranking QS de Universidades por especialidades. Aunque no es tan conocido entre los ciudadanos como el de Shanghai, el QS goza de más repercusión en el mundo académico. Quizá porque tiene en cuenta reputación académica, empleabilidad y proyección internacional, frente al de Shanghai, muy centrado en criterios de excelencia científica, alguno discutible. Todos los años, cuando se publican los rankings de universidades, siempre nos sorprendemos y nos lamentamos de no ver ninguna española en el primer nivel, entre las cien primeras del mundo. En 2025 se colocaron un buen número de carreras de universidades españolas en puestos entre el 50 y el 100, y este año nuestras universidades han subido un escalón y han colocado 14 titulaciones entre las primeras 50. Es un paso, que debiera verse reflejado en el ranking global, en el que necesitamos, como país, aparecer de una forma más representativa. ¿Por qué es importante?
Los primeros percentiles de los rankings globales siempre están copados por EEUU, Reino Unido, China… Pero países como Francia o Alemania también colocan a muchas de sus universidades, además de otros mucho más pequeños que el nuestro -tanto desde el punto de vista científico como de población-, como Países Bajos, Dinamarca, Suecia, Suiza, Israel o Bélgica. Nos sorprende, porque los españoles destacamos en muchas cosas a nivel mundial. Por ejemplo, tenemos muchas personas en los top ten del deporte, pero si se nos respeta en el mundo es porque tenemos números uno.
Hay en España científicos y universitarios de prestigio, pero, por desgracia, no como colectivo, y la imagen que tiene el mundo de nosotros nunca se vincula con el conocimiento o la ciencia. ¿Por qué? Porque el prestigio máximo en ciencia se visualiza con los Premios Nobel y en las universidades con puestos en los principales rankings globales por debajo del 100. La marca España se nutre del deporte, la gastronomía, el turismo. Sin embargo, pocas personas en el mundo nos reconocen como un país de ciencia o de universidades, y eso resiente la marca España como lugar donde ir o al que recurrir a nivel científico o tecnológico.
Las universidades de primer nivel son las que dinamizan al conjunto del sistema para crecer y mejorar. Normalmente, cuantas más y mejores universidades excelentes tiene un sistema universitario, la media de calidad del sistema es mejor. Unas cuantas universidades entre las 100 primeras cambiarían la percepción del mundo sobre nuestro sistema de ciencia y universidades. En el último QS global (2025) colocamos cinco entre las mejores de Europa, pero España tiene que aspirar a que sean cinco entre las mejores del mundo. Tenemos que competir en Europa, pero también con EEUU, China, Japón… Y aquí van algunas recetas.
Este artículo no va de universidades públicas versus privadas. Tampoco va (únicamente) sobre cómo la legislación universitaria y de ciencia que tenemos podría o no permitir la creación o generación de mejores universidades. Y para poder discutir, lo primero que habría que definir es qué es una universidad de prestigio. Pero si nos fijamos en las 100 primeras de cualquier ranking, encontramos cuatro pilares fundamentales: los mejores estudiantes, los mejores profesores, los mejores medios y los mejores gestores. Por tanto, si yo tuviera que desarrollar una legislación universitaria para mi país, desde cero, cualquier ley que se desarrollara debería contemplar medidas para que este círculo virtuoso pudiera darse.
¿Qué nos encontramos en España? En vez de un círculo virtuoso, nos hallamos con lo que podríamos llamar un círculo vicioso que se sostiene sobre cuatro pilares mucho menos edificantes. Y me referiré al sistema público, porque el privado no está constreñido, como el público, por una legislación dañina para el objetivo del que hablamos.
Las universidades públicas españolas no pueden elegir a los mejores alumnos, sino «los que les tocan» mediante un reparto vinculado a la oferta/demanda que se establece a través de un sistema de acceso (conocido como «selectividad») que es mejorable, o que al menos podría no vincularse casi de forma directa con la admisión.
Las universidades públicas españolas no tienen los mejores profesores; solo algunos -muchos- son buenos profesores, pero muchos más son profesores que podríamos definir como profesores de nivel medio. Tenemos un sistema donde todavía, de manera extendida, prima la endogamia, y un sistema endogámico, por principio, no promociona a los mejores, sino preferentemente «a los de casa», sean buenos o malos. Pero, además, si quisiéramos atraer a los mejores, en España, salvo dos comunidades autónomas (Cataluña y País Vasco, y Galicia de forma incipiente), no tenemos mecanismos ni herramientas eficientes de atracción y retención de talento. Las universidades en el sistema público español tienen muchos problemas para atraer y retener talento a causa de una legislación que encorseta categorías y salarios.
Tampoco tenemos «los mejores medios». La mayor parte de las infraestructuras de investigación buenas que tenemos son fruto del esfuerzo personal e individual de muchos investigadores/profesores que compiten al más alto nivel y que, gracias a su capacidad de atraer proyectos, mantienen laboratorios de primer nivel, a duras penas y con muchísimo trabajo. En un sistema universitario que persiguiera la excelencia, este esfuerzo tendría que ser recompensado para que esos investigadores/profesores pudieran dedicar la mayor parte de su tiempo a generar conocimiento en vez de escribir propuestas y pelearse día tras día con la burocracia que aplasta nuestro sistema universitario y de I+D. Tenemos un sistema totalmente burocrático, hasta extremos que resulta milagroso que existan estos grupos de primer nivel. Y es imposible tener los mejores medios con una financiación muy por debajo de la media de la OCDE y basada en el «café para todos».
Por último, no tenemos los mejores gestores. Hay rectores que son buenos gestores y otros que no. No es culpa suya, sino de un sistema de selección que premia al que mejor vende su campaña o hace mejores promesas. A veces los rectores electos deben tantos favores a aquellos que los eligen, que desde el primer día basan su dirección en la devolución de esos favores. Y en estos casos es imposible caminar a la senda del top 100.
Estamos atrapados en un círculo vicioso cuando deberíamos estar generando un círculo virtuoso. ¿Tiene arreglo? Difícil, sí; imposible, no. La legislación universitaria y de ciencia debería permitir e incentivar la posibilidad de que haya universidades entre las cien mejores. Esto significa que más allá de la legislación que debe regular la mayoría de las universidades (como siempre en base a la desconfianza necesaria frente a un sistema con mucha endogamia en el ADN y afectado en muchos casos por el clientelismo de los que gobiernan), se debe contemplar la posibilidad de que existan en el sistema público centros de primer nivel que tienen que funcionar con otras reglas: capacidad de elegir a sus estudiantes, capacidad de implementar medidas de atracción de talento (incluyendo sistemas de elección y promoción más allá del sistema funcionarial y la posibilidad de pagar salarios competitivos); una financiación singular que, en base a lo que ellos obtengan de forma competitiva, les premie a través de convocatorias específicas (por ejemplo similares a lo que se ha hecho con las convocatorias Severo Ochoa/María de Maeztu); y darles la oportunidad de elegir a sus rectores de otra manera, sin recurrir a sistemas de sufragio que, en ocasiones, no garantizan la elección de perfiles con una sólida capacidad de gestión.
Algunos de estos problemas se empezarían a arreglar con pequeños cambios legislativos. Por ejemplo, introduciendo métodos de elección del rector alternativos (la Ley Orgánica de Universidades, LOSU, lo intentó); dando mayor autonomía en la gestión de la carrera universitaria; reestudiando el sistema de acceso a la universidad; cambiando los sistemas de financiación del «café para todos» por sistemas que contemplen una financiación variable con objetivos de calidad definidos (así, en unos años, las universidades empezarían a contratar siempre a los mejores). Y desde luego nada de esto puede pasar con la financiación del sistema que tenemos, por debajo de la media de la OCDE, tanto en universidades como en ciencia.
Sobre todo hace falta voluntad de cambio. La cultura de la excelencia, por definición minoritaria, siempre preocupa «al resto», que son muchos más y que se van a resistir a los cambios. A lo largo de toda mi vida académica he asistido a numerosos debates donde se proponían soluciones parecidas a estas, con un cierto consenso, y a muchos intentos de viraje en estas direcciones. Siempre fracasaron cuando llegó el momento de ponerlas en una ley, y mucho más aprobarla. Sabemos la receta, pero ¿quién toma la decisión de prescribir la medicina? El ranking QS por especialidades publicado ayer nos da la esperanza de ver media docena de Universidades en el ranking global que pronto se publicará. Las islas de excelencia que muchas universidades tienen puede que empiecen a arrastrar al colectivo. Ojalá comencemos el cambio.
José Manuel Torralba es catedrático emérito de la Universidad Carlos III de Madrid y miembro de la Real Academia de Ingeniería