Calor infernal y una posible desintegración de Orión: los riesgos que enfrenta Artemis II al volver a la Tierra – El Debate
La nave Orión se encuentra a menos de 24 horas de volver a casa. Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen encaran su último y décimo día de misión, en el que tendrá lugar una de las partes más críticas de toda la misión Artemis II.
«Siempre elegiremos la Tierra, siempre nos elegiremos los unos a los otros», dijo la astronauta Christina Koch –autodenominada «fontanera espacial»– en sus primeras declaraciones tras el corte de señal que experimentó la nave Orión al recorrer la cara oculta de la Luna. Una consigna que siempre ha estado en la mente de los cuatro tripulantes, los cuáles se han preparado en las últimas horas para regresar a la Tierra.
Está previsto que la tripulación viva uno de los momentos más tensos del viaje, con velocidades y temperaturas realmente extremas. Aunque lo más probable es que el regreso de Artemis II se produzca sin ningún tipo de complicación, hay una serie de riesgos importantes a tener en cuenta de cara a este descenso, el cuál finalizará sobre las 02:07 de la madrugada (hora española) –momento en el que la cápsula Orión se posará en el océano Pacífico–, según la NASA.
El comandante Reid Wiseman observa la Tierra mientras continúan adentrándose en el espacio hacia la Luna
14 minutos de infarto
Alrededor de las 19:30 de la tarde en el este de EE.UU. (01:30 de la madrugada en España), se prevé que la cápsula de la tripulación se separe del resto de la nave y, unos 20 minutos después, entre en la atmósfera. Orión alcanzará velocidades superiores a los 40.000 kilómetros por hora –superando el récord establecido por el Apolo 10 para una misión que transporta seres humanos–, donde el escudo térmico deberá soportar temperaturas de unos 2.700 grados Celsius. En total, será un intenso viaje de unos 14 minutos antes de tocar el agua.
Nave Orión de Artemis II
Fuerzas G inusuales
Durante la reentrada, los astronautas experimentarán fuerzas G significativas, que pueden llegar hasta 6 G o más. Para hacernos una idea, los pilotos de Fórmula 1 experimentan fuerzas similares en las frenadas del circuito. Estas fuerzas producen una presión enorme sobre el cuerpo humano, llegando a provocar mareos, fatiga, dificultad para respirar y, en los casos más extremos, lesiones internas. Por ello, la preparación física y el entrenamiento de la tripulación son fundamentales para tolerar estas condiciones.
La tripulación de Artemis II
A esto hay que añadir que desde la NASA han destacado la posibilidad de que los astronautas experimenten intolerancia ortostática después de un tiempo prolongado en microgravedad, una condición que puede dificultar mantenerse de pie sin mareos o desmayos.
El funcionamiento del paracaídas
El sistema de paracaídas de Orión será crucial para frenar la cápsula antes de que americe en el océano. Una vez que la tripulación haya superado con éxito el calor de la reentrada, la cubierta que protege el compartimento delantero de la nave espacial se desprenderá para dar paso al despliegue de una serie de paracaídas. En concreto, la nave dispone de dos paracaídas de frenado que reducirán la velocidad de la cápsula a unos 493 kilómetros por hora, seguidos de tres paracaídas piloto que desplegarán los tres paracaídas principales finales.
La cápsula Orion de la NASA ameriza en el océano Pacífico tras el despliegue de sus paracaídas, poniendo fin a la misión Artemis I
Cualquier fallo en el despliegue o rotura de alguno de los paracaídas podría provocar un amerizaje brusco o descontrolado, aumentando el riesgo de daño a la cápsula y para los astronautas.
El recuerdo de Artemis I en 2022
En las semanas previas al lanzamiento, varios expertos señalaron su preocupación con respecto al escudo térmico de la nave, una pieza diseñada para resistir las altas temperaturas que se alcanzan con el reingreso.
Gracias al aislamiento y al sistema de control ambiental, los astronautas experimentan una temperatura de entre 18 °C y 27 °C, similar a la de una oficina o una casa.
Sin embargo, las principales demandas de los expertos se centraron en que este escudo era prácticamente similar al utilizado durante la misión Artemis I en 2022, el cuál regresó a la Tierra con daños inusuales en la superficie protectora.
A pesar de que la NASA dio por solucionado el problema, habrá que esperar a la reentrada para confirmar su correcto funcionamiento.
Escudo térmico de la nave Orion tras la misión Artemis I
Exposición a la radiación
El regreso desde la Luna viene acompañado de otro factor a tener en cuenta: la radiación. La tripulación atraviesa regiones de intensa radiación, incluyendo el cinturón de Van Allen y el espacio profundo, donde las partículas cósmicas pueden ser letales. Aunque Artemis II es relativamente corta, esta exposición representa un riesgo añadido que podría afectar la salud a corto y largo plazo. Por ello, la cápsula cuenta con blindaje y monitoreo de radiación para mantener las dosis dentro de límites seguros.
Impacto en el océano Pacífico
Incluso si los paracaídas funcionan correctamente, el contacto con el agua implica sus propios riesgos. Por ejemplo, la cápsula puede experimentar un impacto fuerte o balanceos que podrían dañar la estructura o la tripulación. Por ello, se espera que personal de la NASA y del Departamento de Guerra de EE.UU. acudan rápidamente para ayudar a la tripulación a salir de la cápsula Orión, siendo trasladada a un barco de recuperación.
La cápsula Orión es recogida tras su amerizaje, poniendo fin a la misión Artemis I en diciembre de 2022
El peor de los escenarios
Aunque la NASA tiene controlado cada aspecto de la reentrada atmosférica, siempre existe un mínimo riesgo. En el caso de que el escudo térmico experimentara los problemas de Artemis I o la cápsula entrara a la atmósfera con un ángulo excesivamente empinado, el calor podría destruir la estructura interna de la nave.
Además, una trayectoria incorrecta generaría fuerzas y estrés aerodinámico que fragmentaría la nave, provocando la muerte de los cuatro integrantes. Afortunadamente, estos escenarios son altamente improbables gracias a los diseños de seguridad desplegados por la NASA en los últimos años.