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Elecciones Generales 2026: ¿qué elegimos cuando ya no creemos en nadie?

 Elecciones Generales 2026: ¿qué elegimos cuando ya no creemos en nadie?
Internacional

Elecciones Generales 2026: ¿qué elegimos cuando ya no creemos en nadie?

by websys 10 de abril de 2026

No hay institución que encarne mejor la idea de democracia como el Congreso: el lugar donde quienes han sido elegidos por la ciudadanía deben deliberar, debatir y convertir la voluntad popular en decisiones políticas. Esa representación recaerá ahora en un Parlamento bicameral compuesto por 60 senadores y 130 diputados. Sin embargo, en el Perú, no hay entidad que despierte más rechazo.

Según el último Latinobarómetro, nuestro país registra el nivel más bajo de confianza en el Parlamento de toda la región: apenas 7%, muy por debajo del promedio regional (24%). La cifra se repite para la confianza en el gobierno y el presidente apenas alcanza un punto más (8%). Además, según Datum 2026, un 81% de peruanos no se siente representado por ningún partido político, a menos de un mes para las elecciones presidenciales de 2026.

Parece inevitable hacernos una pregunta que quizá hemos pospuesto, acaso por inercia y practicidad: si no confiamos en nuestras instituciones ni en quienes las integran, ¿para qué votamos y qué estamos eligiendo realmente cuando lo hacemos?

El desgaste de una promesa democrática

Para el Dr. Jorge Aragón, politólogo PUCP, la crisis de la democracia en Perú encaja en una crisis mucho más amplia y generalizada de esta forma de gobierno a nivel global. “En distintas partes del mundo, cada vez más ciudadanos sienten que el sistema no responde a sus necesidades y que la promesa de progreso, esa idea de que el esfuerzo individual se traduce en una mejor calidad de vida, ha empezado a resquebrajarse”, señala. 

En Perú, esa crisis se cruza con instituciones más débiles y un sistema político más precario que intenta operar sobre una sociedad altamente diversa y profundamente informal, con demandas que muchas veces van en direcciones opuestas. 

La historia política del Perú ha estado marcada por ciclos: momentos de apertura democrática seguidos de quiebres autoritarios. Desde el 2001, el país parecía haber iniciado un nuevo periodo democrático, pero hoy ese ciclo muestra signos de agotamiento”.

Politólogo PUCP

“Mientras hay sectores que piden menos regulación para poder sobrevivir, el Estado necesita regular lo suficiente para garantizar los bienes básicos. En medio de esa tensión, lo que queda es un sistema que no logra traducir lo que la gente quiere en decisiones que la representen”, agrega Aragón.

A esa complejidad se suma un sistema político cada vez más frágil. En los últimos años, el Congreso ha concentrado poder y ha ido debilitando la figura presidencial, erosionando el equilibrio entre poderes. ¿El resultado? Un escenario de inestabilidad constante, con presidentes que entran y salen, y reglas que se estiran según la coyuntura. “En ese juego, la política deja de ser un espacio de representación y se convierte en uno de supervivencia”, afirma Aragón.

Para el politólogo, esto no es nuevo. “La historia política del Perú ha estado marcada por ciclos: momentos de apertura democrática seguidos de quiebres autoritarios. Desde el 2001, el país parecía haber iniciado un nuevo periodo democrático, pero hoy ese ciclo muestra signos de agotamiento”, señala. 

La frustración acumulada, la desconfianza y la falta de resultados han abierto la puerta a algo más preocupante: una creciente tolerancia hacia discursos autoritarios que prometen soluciones rápidas, incluso a costa de la propia democracia, advierte Aragón.

Como castigo: así usamos el voto en el Perú

Ese deterioro no solo erosiona la confianza en la democracia: también transforma la manera en que los ciudadanos usan su voto. En Perú, el rechazo al adversario termina siendo un predictor más fuerte de participación electoral que la adhesión a tu propio candidato, asegura el Dr. José Luis Incio, politólogo PUCP. De hecho, de acuerdo con la encuestadora Datum, un 61% de peruanos votará desde el rechazo en las Elecciones Generales 2026.

Esto tiene consecuencias desastrosas para la legitimidad del gobierno. “En la democracia, se supone que, en cada elección, elegimos a alguien para que cumpla un programa y luego evaluamos si lo hizo bien o mal. Pero si votaste solo para evitar que gane otro, ¿qué le estás exigiendo realmente? Sin un mandato claro, el gobierno puede moverse sin rumbo o justificar cualquier decisión con un simple ‘al menos no soy el otro’. La rendición de cuentas se diluye y lo que queda es una especie de cheque en blanco”, advierte Incio.

José Incio

Si votaste para evitar que gane otro, ¿qué le estás exigiendo a tu candidato realmente? Sin un mandato claro, el gobierno puede moverse sin rumbo o justificar cualquier decisión con un simple ‘al menos no soy el otro’”.

Politólogo PUCP

El resultado es un círculo difícil de romper: gobiernos débiles, sin respaldo claro, que terminan gestionando mal y alimentando aún más la frustración ciudadana. Esa frustración, a su vez, refuerza el rechazo en la siguiente elección. Y, así, el voto deja de ser una herramienta para construir futuro y se convierte en un mecanismo que reproduce, una y otra vez, la misma crisis.

¿Cómo terminamos votando así?

Para Incio, esto ocurre por dos razones. En primer lugar, es cada vez más difícil identificar a los partidos por sus posturas frente a políticas públicas o a los grandes problemas del país. “En cada elección, aparecen nuevos vehículos que luego desaparecen y que funcionan como estructuras personalistas. Más que responder a una línea o representación colectiva, terminan reflejando lo que ‘su dueño’ quiere en cada momento”, explica.

Además de la crisis representativa de partidos, este antivoto también se explica por la polarización afectiva que existe en el país. “Los peruanos no debatimos cuál es la mejor opción para el Perú. Cada elección se convierte, más bien, en una polarización basada en rechazos identitarios”, explica. “Lima contra provincias, caviares contra fachos, etc.”.

Cada elección se convierte en una polarización basada en rechazos identitarios, no en adhesión a propuestas. El momento electoral deja de ser un espacio de esperanza para convertirse en uno de castigo”.

Politólogo PUCP

El resultado es un electorado movilizado por el rechazo, no por una apuesta propositiva. Se vota para evitar a alguien, para oponerse a algo o porque el escenario político ha terminado construyendo identidades que se atacan entre sí. “El momento electoral deja de ser un espacio de esperanza y se convierte en todo lo contrario”, señala el politólogo.

Si a esto se le suma la desconfianza que hay en el propio sistema, votar también se convierte en una forma en que la ciudadanía ‘castiga’, expresando su rechazo y descontento, como si de una rendición de cuentas vertical se tratase, agrega. 

“Cuando la elección se plantea en términos de ‘si gana el otro, el país se acaba’, el voto deja de ser una decisión entre alternativas y se convierte en una reacción frente al miedo”, expresa Aragón. “En ese escenario, ya no importa tanto quién propone qué, sino quién logra convencer de que el adversario representa un riesgo mayor”, añade.

Cuando la elección se plantea en términos de ‘si gana el otro, el país se acaba’, el voto deja de ser una decisión entre alternativas y se convierte en una reacción frente al miedo”.

Politólogo PUCP

Reconstruir desde lo básico

Frente a este panorama, la tentación es buscar grandes reformas, señala Aragón. Pero, para él, la experiencia reciente muestra que cambiar reglas no ha sido suficiente. “Antes de pensar en nuevas grandes soluciones, quizá el primer paso sea entender por qué las anteriores no funcionaron. Más que grandes cambios, la apuesta podría estar en recuperar lo básico: fortalecer instituciones clave, reconstruir mínimos de confianza y avanzar con reformas más acotadas pero efectivas”, expresa.

Más que grandes cambios, deberíamos apostar por recuperar lo básico: fortalecer instituciones, reconstruir mínimos de confianza y avanzar con reformas más acotadas pero efectivas”.

Politólogo PUCP

Por su parte, Incio remarca que el trabajo debe venir, sobre todo, desde los propios actores políticos. “Desde hace años no existe una relación clara entre la ciudadanía y la idea de que las políticas públicas están enfocadas en resolver problemas concretos. Al contrario, suele predominar una lógica de desregulación y de aprovechamiento del Estado”, explica.

El politólogo advierte que reconstruir ese vínculo será muy difícil con los partidos actuales, porque ya existe un sentimiento de desconfianza muy fuerte: todo lo que hagan será leído bajo esos lentes. Sin embargo, sostiene que cada elección puede representar una nueva oportunidad para rehacer las cosas.

“Como electorado, necesitamos volver a mirar la política como un espacio que hay que recuperar. Y eso implica entender que quienes más se benefician de que veamos la política como un ámbito inevitablemente corrupto o perverso son justamente aquellos que desalientan la participación de buenos candidatos y de personas valiosas”, finaliza.

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