El asteroide que mató a los dinosaurios hizo que los hongos heredaran la Tierra – ABC
Hace 66 millones de años, un asteroide del tamaño del monte Everest, de casi 10 kilómetros de diámetro, cruzó la atmósfera terrestre a más de 20 kilómetros por segundo y se estrelló en lo que hoy es la península de Yucatán, en México, excavando en … apenas un instante un cráter, el de Chicxulub, de 200 km de diámetro.
El impacto fue de una violencia difícil de concebir. Liberó una energía equivalente a miles de millones de bombas atómicas como la de Hiroshima, borró del mapa a los grandes dinosaurios, aniquiló al 75 % de todas las especies del planeta y sumió a la Tierra en un infierno que duró varias décadas y del que nuestro mundo tardó millones de años en recuperarse.
Pero ahora, los científicos acaban de descubrir otra consecuencia inesperada de aquel cataclismo. Una que no tiene que ver con olas de roca fundida, terremotos de magnitud 11 ni tsunamis de kilómetros de altura, sino con algo mucho más silencioso y sombrío. A medida que la vida se apagaba, el mundo se fue cubriendo de hongos, conquistado por inmensas redes de descomposición que se alimentaban de los innumerables cadáveres. Un macabro festín biológico a escala planetaria. El nuevo estudio, llevado a cabo por investigadores de la Universidad Johns Hopkins, acaba de ser publicado en ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’.
El escenario, desde luego, no podía ser más propicio. Tras la devastadora colisión, de hecho, el planeta entero se asfixió bajo el humo de los incendios globales. Una densa capa de polvo, aerosoles y hollín envolvió la estratosfera, tapando por completo la luz del Sol durante años. Es lo que los investigadores denominan un ‘invierno de impacto’. Sin luz, la cadena de la vida colapsó. La fotosíntesis se paralizó en seco. Los grandes bosques se marchitaron. Los herbívoros cayeron muertos por el frío y la inanición y, tras ellos, los imponentes carnívoros corrieron la misma suerte.
La conquista silenciosa de los hongos no comenzó tras el impacto, sino decenas de miles de años antes de que cayera el asteroide
Hablamos de billones de toneladas de materia orgánica pudriéndose en la penumbra. Y allí donde toda esa materia se acumulaba, otra forma de vida muy distinta encontró su particular paraíso. Porque a diferencia de las plantas, los hongos no necesitan la luz del Sol para sobrevivir; se dedican a devorar lo que ya está muerto.
Rosanna P. Baker y Arturo Casadevall, autores de la investigación, llevaron a cabo un minucioso análisis de sedimentos fósiles en la cuenca de Denver (Colorado) y en la cuenca de Williston (Dakota del Norte). Y los resultados no solo corroboran que el impacto del asteroide detonó una salvaje explosión fúngica, sino que aportan un dato verdaderamente rompedor: la conquista silenciosa de los ‘descomponedores’ de materia orgánica ya había empezado muchísimo antes de la caída del asteroide.
Una Tierra que ya estaba enferma
El estudio, en efecto, revela algo que trastoca la visión clásica del fin del Cretácico: los hongos ya habían empezado a expandirse masivamente entre 30.000 y 10.000 años antes de la caída de la gran roca espacial. ¿Cómo es eso posible?
Baker y Casadevall apuntan hacia otra catástrofe que ya asolaba el planeta: las gigantescas erupciones volcánicas de las Trampas del Decán, en la actual India. Durante milenios, aquellas inmensas fisuras escupieron océanos de lava y gases tóxicos, inyectando grandes cantidades de dióxido de azufre a los cielos (especialmente durante su violenta fase conocida como ‘Poladpur’).
La Tierra, por tanto, ya estaba enferma cuando llegó el meteorito. Y el vulcanismo ya había alterado los ecosistemas terrestres, con lluvias ácidas y un violento enfriamiento global, mucho antes de que la roca siquiera asomara en el cielo. El mundo, en otras palabras, ya se estaba marchitando.
Sin luz solar, la fotosíntesis se paralizó y la Tierra entera quedó a merced de inmensas redes de descomposición
Los investigadores señalan que estos enormes crecimientos fúngicos actúan como un verdadero ‘termómetro biológico’ que avisa de la ruina planetaria. «La asociación temporal entre el episodio proliferativo de hongos del Cretácico Superior y el vulcanismo de Deccan -reza el artículo- sugiere una agitación ecológica que se produjo decenas de miles de años antes del impacto del bólido». Un desgaste lento y letal que el meteorito remató de golpe.
Destapando lo invisible
Pero había un problema. Las únicas pruebas sólidas de un estallido fúngico en el límite Cretácico-Paleógeno (K/Pg) se habían hallado a miles de kilómetros, en un solitario yacimiento en Nueva Zelanda, tal y como ya documentó la paleontóloga Vivi Vajda en 2004. Y sabíamos, gracias a estudios previos, que los hongos también se adueñaron del mundo tras «La Gran Mortandad», la colosal extinción del Pérmico-Triásico hace 252 millones de años en la que pereció el 90 % de la vida. Pero en Estados Unidos, la zona de impacto, la huella biológica de la proliferación de los hongos nunca había aparecido. Hasta ahora.
El secreto del éxito de Baker y Casadevall radica en su metodología. Tradicionalmente, los especialistas en polen fósil recuperaban las esporas triturando las rocas y lavándolas con ácidos extremadamente agresivos. Un ‘baño químico’ que terminaba por derretir y eliminar a las esporas fúngicas más delicadas. Pero gracias a una técnica mucho más ‘amable’ y sin ácidos cáusticos, el equipo consiguió rescatar este ‘mundo invisible’ fosilizado.
Al utilizar una técnica de extracción mucho más suave, el equipo logró rescatar al fin este frágil ‘mundo invisible’ fosilizado
Los sedimentos, en efecto, destaparon hasta tres inmensos picos de proliferación, reescribiendo la historia tal y como la conocíamos.«El descubrimiento de un florecimiento de hongos posterior al impacto en América del Norte -escriben los investigadores- corrobora el hallazgo de Nueva Zelanda y apoya la interpretación de que se trató de un fenómeno verdaderamente mundial».
Los ‘barrenderos’ del apocalipsis
Ante un escenario mundial de muerte y súbita devastación, es fácil dibujar una Tierra tétrica e irremediablemente perdida. Pero lo cierto es que sin el silencioso trabajo de estos hongos, el gran renacer de la vida terrestre jamás habría sido posible. Por lo menos no de la forma en que finalmente lo hizo.
Salvando las distancias, fue como tener que retirar a mano los ‘escombros orgánicos’ de toda una civilización caída. Y los hongos fueron los ‘barrenderos biológicos’ que hicieron ese trabajo. Durante la fría, oscura y larguísima noche del invierno de impacto, los hongos procesaron el infinito mar de troncos calcinados y la ingente cantidad de cadáveres que asfixiaban a los continentes. Y así, sus invisibles redes de micelio devolvieron poco a poco a la Tierra los nutrientes vitales bloqueados en los huesos de los dinosaurios.
Muchos años después, cuando el cielo logró por fin despejarse y el Sol volvió a calentar el mundo, aquel suelo previamente masticado, enriquecido y abonado ofreció un escenario ideal para el resurgir de la vida. Ya libres de la tiranía de los grandes reptiles, criaturas pequeñas como los primeros mamíferos y las incipientes aves encontraron su oportunidad para dominar el planeta.
Hace 66 millones de años, pues, la Tierra fue heredada por los hongos. Y fue su ingente y largo trabajo de descomposición tras el desastre lo que sembró la semilla del futuro.