“En cada una de mis obras hay una novela fallida”
▲ El recinto en la colonia Roma fue insuficiente para albergar a los cientos de seguidores de la escritora Valeria Luiselli.Foto Yazmín Ortega Cortés
Reyes Martínez Torrijos
Periódico La Jornada
Jueves 4 de junio de 2026, p. 4
La escritora Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) identifica en casi todas sus narraciones la existencia de “una novela fallida, que quise escribir y no logré”. En su más reciente libro, Principio, medio, fin, la segunda historia se trata de una hija que “quiere escribir a su madre porque teme que esté perdiendo la memoria y desea tenerla ocupada”.
En la presentación de la obra, editada por Feltrinelli, la narradora reseñó que la protagonista decidió que su mamá traduciría lo que va escribiendo, aunque se encontrara “muy ocupada haciendo otras cosas en sus grupos ecorradicales”.
La charla en la Casa Universitaria del Libro reunió a unas 150 personas y el recinto fue insuficiente para albergar a todos los interesados que arribaron al lugar para escuchar a Luiselli. Minutos antes de iniciar, se impidió que entraran más personas.
En conversación con su colega Gabriela Jáuregui, la narradora refirió que en este caso la novela fallida es “que la escritora, un poco atorada o escribiendo cosas que no le convencen del todo, gracias a que su madre traduce a gran velocidad lo que le va mandando, un poco a lo Scheherazade, la hija tiene que producir con mayor rapidez, pensando que ayuda a su mamá, pero en realidad es al revés”.
La autora comparó este texto con su novela Los ingrávidos, en la cual quería que la pérdida de la vista del poeta mexicano “se tradujera a una forma de la escritura cada vez más desdibujada, delgada. No lo logré hacer. Ésa fue la novela fallida dentro de la novela sí escrita”.
“Todos estamos en medio”
Luiselli declaró que todos estamos en medio, aunque “los inicios y finales son instantes para nosotros vertiginosos, emocionantes, duros”.
Principio, medio, fin, agregó la novelista, “quiere ser una reivindicación de estar en el medio. No sólo de la vida, en el sentido cronológico de cuánto dura, sino de estar lejos de la orilla donde empezamos una cosa y demasiado lejos, también, del otro margen”.
Reseñó que la narradora de su libro “está en sus 40, viendo a una hija entrar en la adolescencia, es decir, una joven mujer que empieza a articular preguntas difíciles, a tener ideas complejas, a formar memorias más multilaterales y, al mismo tiempo, ve a una madre perder la memoria.
“Nuestros mentores, abuelos, madres y padres, esas personas que sostuvieron el mundo, en un sentido material y con palabras, empiezan a desvanecerse o a desdibujarse. Es un proceso aterrador.”
Hizo énfasis en que el texto trata de “cómo estar parado en ese lugar, viendo a la vida en toda su potencia, empezar a imaginar e ir soltando las riendas de la historia”.
En Principio, medio, fin, los personajes van a devolver un mosaico hecho de piedritas y cada una tiene su historia. “La niña empieza a indagar el origen de éstas. Todas las piedras amarillas que componen los mosaicos de las villas romanas fueron extraídas de las montañas de Túnez y llevadas por mar hacia a Sicilia en el siglo IV. Las piedras azules venían de Egipto. Las que son de vidrio venían de los enormes talleres de la región levantina, en lo que hoy es Siria y Palestina”, explicó la también ensayista.
La pieza “retrata a mi dios favorito en el campo grecorromano, no conocido ni popular, que es Proteo. Es un dios oracular porque ve el futuro, el pasado y el presente con extrema claridad”.
La divinidad “odia dar los oráculos a los seres humanos y cuando es capturado hace metamorfosis para distraer a su captor: se convierte en lluvia, león, montaña, fuego, río, y casi todos sus captores son incapaces de entender las metamorfosis, seguirlas y llegar hasta el final”.
Luiselli reflexionó que “este intento de cazar a Proteo se parece al ejercicio de la escritura en el sentido de que si no estamos atentos a las metamorfosis internas de un texto y queremos congelarlo en una idea rígida de cómo tiene que ser, la escritura no sucede. Es más urgente e importante ser buenos observadores de la transformación y poder ir con ella”.
La novelista contó que el origen etimológico de la palabra ficción se refiere “a trabajar la arcilla, moldearla, darle una forma a algo que ya estaba ahí”. En la lógica de su práctica de la escritura, pleno de interrogantes, se cuestionó “si la actividad de la ficción se parece más a dar forma a algo que ya estaba o al proceso de acelerar partículas para distanciarlas y luego congelarlas en el tiempo para tener un momento relatado”.