Javier Aranda Luna: La agonía del eros
¿H
a muerto el amor o simplemente ha cambiado de forma? ¿Somos incapaces de amar o la sociedad nos han vuelto incapaces de desear lo que el amor exige? ¿El eros agoniza por una mutación histórica irreversible, o su llama, como creía Octavio Paz, es tan antigua como el fuego y renace en sus cenizas?
En La agonía del eros, Byung-Chul Han sentencia que el amor está muriendo por asfixia narcisista. No es la represión lo que lo mata, sino el exceso de positividad: la obligación de rendir, la transparencia digital, la eliminación de toda distancia. “El infierno de lo igual –escribe Han– iguala todo y consume toda asimetría. El eros necesita asimetría y exterioridad. El otro, en cuanto otro, desaparece”. Sin misterio no hay seducción; sin seducción, sólo queda el consumo pornográfico de cuerpos convertidos en mercancía. El sujeto neoliberal, atrapado en la autoexplotación y el culto al rendimiento, se ha vuelto incapaz de soportar la herida que el amor verdadero inflige al yo. Prefiere el like al riesgo; el perfil compatible, al encuentro con lo irreductiblemente extraño.
Frente a este diagnóstico sombrío, La llama doble, de Octavio Paz, ofrece una réplica involuntaria, pero profunda. Para Paz, el amor no es un lujo amenazado por el capitalismo, sino una constante antropológica que hunde sus raíces en la soledad radical del ser humano. La sexualidad es el fuego primordial; el erotismo, su desvío poético; el amor, la elección de una persona única que transforma dos soledades en comunión. El amor –afirma Paz– es una apuesta por el sentido en medio del caos y el sinsentido. “Es una invención, una poesía que se hace con el cuerpo y el alma”. Donde Han ve agonía terminal, Paz ve metamorfosis: el amor cortés murió; el romántico, también, pero la llama doble permanece porque el hombre necesita inventar sin cesar nuevas formas de amor.
La distancia entre ambos es la que separa al crítico del capitalismo del humanista. Byung-Chul Han diagnostica una patología estructural: el neoliberalismo no reprime el deseo, lo satura hasta anularlo. Paz responde que “el amor no es un fenómeno histórico, sino un sentimiento que ha existido en todas las civilizaciones y que ha adoptado formas distintas”. La pregunta que queda flotando es si Han describe el fin del amor o sólo el fin de una de sus formas; si la agonía del eros es una muerte definitiva o el preludio de un renacimiento que aún no sabemos imaginar. Quizá, como sugiere Paz, el amor es una puerta giratoria entre el instante y la eternidad. Y esa puerta, pese a todo, sigue girando.
Paz y Han coinciden, sin embargo, en el diagnóstico del peligro (mercantilización, pornografía, vaciamiento del eros), pero difieren en la raíz y en el pronóstico: Paz cree que el problema es la pérdida de imaginación, ritual y sentido, pero la imaginación es una facultad humana siempre disponible. Han cree que el problema es la desaparición del otro y de la negatividad, condiciones que el capitalismo ha eliminado y que no pueden reponerse con sólo imaginación.
Dos voces imprescindibles para pensar si el amor está muriendo o si simplemente está mudando de piel.
Como sea, tiene razón Byung-Chul Han: vivimos rodeados de espejos. Las redes sociales, los algoritmos de recomendación y el consumo cultural nos devuelven sólo lo que ya nos gusta. No hay encuentro real con lo distinto, lo extraño o lo que desafía nuestra identidad. El eros necesita esa asimetría; sin ella, el amor se convierte en narcisismo ampliado. Buscamos una pareja que encaje en nuestro perfil, no alguien que nos transforme.
La agonía del eros diagnostica que no es que ya no sepamos amar, sino que las condiciones estructurales del neoliberalismo (narcisismo, rendimiento, positividad, consumo) han hecho que el amor –que necesita riesgo, misterio y entrega al otro– sea casi imposible. La agonía del eros es la agonía del otro y, sin otro, el sujeto queda atrapado en un infierno narcisista que llamamos “libertad”.
Finalmente, creo, como el filósofo coreano asentado en Berlín, que sin el otro, sin el distinto, sin el diferente, resulta imposible pensar. Negarse al amor destruye el pensamiento: “es necesario haber sido un amigo, un amante, para poder pensar”. Tal vez la agonía de eros vislumbrada por Han sea el principio de su renacimiento. Ojalá.