Javier Aranda Luna: Slavoj Zizek y el siglo de las verdades amargas
S
i miramos los periódicos de este año, una vaga sensación de déjà vu nos recorre el cuerpo. Nada de lo que ocurre es enteramente nuevo, pero todo se presenta con la nitidez de una pesadilla largamente ensayada.
En su libro Una izquierda que se atreva a decir su nombre, Slavoj Zizek se asoma a este teatro de sombras con la urgencia del cronista que ve cómo el barco se encamina hacia el arrecife. Leerlo es asistir a un ejercicio de desmitificación que recuerda aquella implacable sentencia de Karl Marx en El dieciocho brumario: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.
Para Zizek, el pensador de Tréveris no pertenece al pasado ni a las estatuas de bronce derribadas tras la caída del Muro de Berlín aquel 9 de noviembre de 1989. Marx opera hoy como un muerto viviente, un vampiro que se niega a descansar en paz porque el propio capitalismo, en sus mutaciones, sigue alimentándose de las mismas contradicciones que él diagnosticó.
El filósofo sin filtros no nos ofrece el bálsamo del optimismo; al contrario, reclama con lucidez “el derecho a contarle malas noticias a la opinión pública”.
En una época habituada a la papilla digerible de las redes sociales, la verdad se ha convertido en un objeto de lujo o en un delito de Estado, como bien lo sabe Assange. También lo saben los “proletarios nómadas”, esa masa de desposeídos e inmigrantes que deambulan por las fronteras de una Europa que se fragmenta en regionalismos estériles, o en América Latina, agrego yo, que ya no es puente de paso al sueño americano, sino puerto de arribo para huir de sus pesadillas originarias. Mientras tanto, el capital global, indiferente a banderas y fronteras, sigue su curso.
El ensayo de Zizek es como un espejo incómodo. Nos muestra que el populismo de derechas y la vulgaridad de Donald Trump no son accidentes históricos, sino los síntomas orgánicos de una democracia liberal que se vació de sustancia.
Frente a eso, la izquierda suele responder con el reproche moral o el refugio en la corrección política, olvidando que el verdadero racismo, por ejemplo, ya no necesita teorías biológicas: le basta con el pretexto cultural, con el miedo neurótico a que “el otro”, el migrante nos robe nuestro preciado y casi siempre precario modo de vida. Por eso nos vinculamos únicamente con quienes comparten nuestra microidentidad, fomentada por el síndrome del gueto y los algoritmos digitales.
Hubo un tiempo en que la izquierda se medía por su capacidad de sitiar fábricas, tomar el cielo por asalto y prometer el futuro. Hoy, apunta Zizek, parece atrapada en un laberinto de nostalgias y comités de oficina, más preocupada por el lenguaje correcto que por el salario digno. Mientras las mayorías experimentan el día a día como una sutil forma de autoexplotación y aislamiento digital. La gran pregunta, señala el filósofo, ya no es cómo cambiar el sistema, sino si nos queda imaginación colectiva para siquiera intentarlo.
En un mundo fragmentado, donde la urgencia climática colisiona con el bolsillo del trabajador y las identidades atomizan la vieja solidaridad, la izquierda se enfrenta a su espejo más incómodo: o recupera la audacia de ofrecer certezas materiales frente a la incertidumbre o corre el riesgo de volverse un artículo de lujo para clases medias ilustradas.
Sorprende, en la lectura de estas páginas, la vigencia de su análisis sobre el capitalismo de China o el colapso trágico de Venezuela, ejemplos que demuestran que el libre mercado no tiene límite.
Como en los mejores pasajes de Walter Benjamin o Theodor W. Adorno, Zizek nos recuerda que la indignación sin consecuencias es otra forma de la complicidad. Si la cúpula tiene filtraciones –como demostró Julian Assange, hoy un símbolo de la fragilidad de nuestras libertades–, el verdadero poder no teme que sepamos su secreto.
Al cerrar el libro, nos queda la certeza de que, pese a todo, el porvenir no está escrito y que, si la izquierda quiere tener un nombre en el siglo que avanza, deberá aprender primero la dura lección de mirar de frente a sus propios fantasmas.