Los últimos hallazgos que refuerzan el interés científico por rastros de vida en Marte
El entusiasmo científico por Marte gana fuerza con cada nuevo avance en su exploración. Las misiones robóticas y los estudios geológicos recientes aportan indicios que refuerzan la hipótesis de que el planeta albergó ambientes aptos para la vida en el pasado remoto.
Los últimos hallazgos incluyen depósitos de arcilla formados por agua líquida, rastros de carbono orgánico, señales térmicas asociadas a reservorios de agua cálida y datos inéditos sobre cuerpos celestes que orbitan alrededor de Marte. El interés por estos descubrimientos radica en que permiten reconstruir las condiciones que favorecieron la presencia de agua y compuestos esenciales para la vida, así como comprender la evolución del planeta.
La posibilidad de encontrar huellas biológicas en rocas marcianas gana sustento con cada avance, mientras que la tecnología de exploración afina su capacidad para detectar y analizar estos rastros en la superficie y el subsuelo marciano.

El rover Rosalind Franklin, parte de la misión europea ExoMars, se dirigirá en el 2028 hacia Oxia Planum, una región que concentra extensos depósitos de arcilla. Según los equipos científicos responsables de la misión, estos minerales solo se forman en presencia de agua líquida, lo que convierte la zona en un punto clave para buscar señales de vida antigua.
La continuidad de las arcillas desde Oxia Planum hasta Mawrth Vallis, en una franja de 600 kilómetros, sugiere la existencia de un antiguo océano profundo en Marte. El análisis de los minerales indica que las arcillas se formaron hace unos 4.000 millones de años, un dato que incrementa el valor de la región para reconstruir la evolución climática y geológica del planeta.
Investigaciones recientes revelaron la existencia de una paleosuperficie, es decir, una antigua superficie enterrada entre capas de arcilla, lo que evidencia pausas y cambios en la química del agua que circuló por el lugar.
El rover empleará cámaras, espectrómetros, radar y un taladro capaz de extraer muestras a dos metros de profundidad, con el objetivo de buscar huellas biológicas y moléculas orgánicas. El interés principal reside en comprobar si en algún momento las condiciones ambientales permitieron la formación de microhábitats favorables a la vida.

El Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA desarrolló el prototipo ERNEST (Exploration Rover for Navigating Extreme Sloped Terrain) para validar tecnologías de movilidad y autonomía que puedan aplicarse a misiones en Marte y la Luna. Según Issa Nesnas, tecnólogo principal del laboratorio, las pruebas realizadas en el desierto de Colorado mostraron que ERNEST recorrió 26 kilómetros con mínima intervención humana, y supera obstáculos que detendrían a vehículos como Curiosity o Perseverance.
A diferencia de rovers anteriores, puede levantar cada una de sus ruedas por separado y elegir entre dos tipos de suspensión. La suspensión activa permite que el robot adapte la posición de sus ruedas en tiempo real para superar obstáculos difíciles, mientras que la suspensión pasiva mantiene las ruedas en una posición fija y gasta menos energía, aunque es menos efectiva en terrenos irregulares. Esta combinación facilita el movimiento del rover por superficies complejas en Marte.
El equipo de ingeniería diseñó algoritmos de autonomía mediante aprendizaje por refuerzo, un método de inteligencia artificial que permite al robot tomar decisiones basadas en simulaciones y pruebas reales.
La validación de este sistema abre la posibilidad de realizar travesías científicas a gran escala en Marte, alcanzando regiones hasta ahora inaccesibles. Hari Nayar, líder del equipo, destacó que el objetivo es superar los sistemas de movilidad tradicionales y dotar a los futuros rovers de una capacidad de navegación mucho más eficiente.

La luna Fobos de Marte representa un desafío para la ciencia planetaria. Un reciente estudio publicado en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society explora la hipótesis de que este satélite se formó como resultado de un gran impacto o por captura de un asteroide, dos escenarios que implican historias evolutivas diferentes.
El análisis del cráter Stickney, de 9 kilómetros de diámetro en Fobos, permite estimar su antigüedad según el origen de la luna. Si Fobos se formó a partir de un impacto en Marte, el cráter tendría unos 4.200 millones de años. Si se trata de un asteroide capturado, sería mucho más reciente, de unos 2.600 millones de años. La edad del cráter daría pistas sobre cómo surgió Fobos.
El equipo examinó el campo gravitatorio de la luna marciana para buscar evidencias de una masa densificada bajo el cráter, un indicio que podría resolver la incógnita sobre el proceso de formación. La misión MMX, con lanzamiento programado para fines de 2026, intentará recolectar muestras superficiales de Fobos y enviarlas a la Tierra a mediados de 2031, lo que permitirá un análisis más detallado sobre su composición y estructura interna.
Según los autores, el gran misterio sobre Fobos es entender cómo se relacionan su peso, su forma, su tamaño y la manera en que gira alrededor de Marte. Resolver este enigma ayudará a determinar si Fobos se formó a partir del planeta rojo o si es un objeto del espacio que Marte atrapó con su gravedad.
El rover Curiosity de la NASA, tras analizar 20 perforaciones en distintos estratos de un cráter marciano, detectó señales térmicas asociadas a la persistencia de agua cálida en profundidad. Las rocas enterradas conservaron condiciones habitables durante periodos prolongados, incluso cuando la superficie del planeta se volvía fría.
El estudio publicado en Science muestra que el tamaño de pequeñas partículas de hematita, un mineral compuesto por óxido de hierro, varía según la profundidad de las capas de roca marciana. En las zonas más altas, estas partículas son muy pequeñas, mientras que en las capas más profundas alcanzan un tamaño mucho mayor. Esta diferencia indica que, bajo la superficie, el agua cálida estuvo presente durante más tiempo, lo que pudo crear condiciones favorables para la vida en el pasado de Marte.
Tom Bristow, a cargo de uno de los instrumentos de Curiosity, subrayó que el análisis directo de los minerales en la roca marciana permite reconstruir la historia del agua y entender mejor la capacidad de Marte para albergar vida en el pasado.
Un estudio publicado en Science Advances confirmó que el rover Perseverance detectó carbono orgánico en la formación Bright Angel del cráter Jezero, que albergó un gran lago en la antiguedad. El equipo identificó redes de carbono macromolecular, que en la Tierra pueden encontrarse tanto en rocas como en meteoritos y pueden formarse por procesos relacionados con la vida o por otros mecanismos naturales.
El hallazgo es importante, ya que este carbono apareció en sedimentos muy finos y junto a minerales que se forman cuando hay agua. Esto sugiere que la materia orgánica pudo llegar a Marte en diferentes épocas y por distintos procesos. Además, se encontró a una profundidad muy cercana a la superficie, lo que sorprende porque la radiación y los químicos presentes en Marte suelen destruir este tipo de compuestos.
Ashley Murphy, una de las autoras del estudio, explicó que encontrar moléculas tan complejas cerca de la superficie indica que, hace miles de millones de años, Marte pudo tener ambientes ricos en materia orgánica, como lagos y ríos. Todavía falta analizar muestras en laboratorios de la Tierra para saber si estos compuestos se formaron por actividad biológica o por procesos geológicos. Esto podría ayudar a responder una de las preguntas más importantes sobre el planeta rojo: si alguna vez albergó vida.