Arqueólogos cuestionan la teoría que durante décadas señaló a los humanos como … – Muy Interesante
Durante décadas, la imagen de los grupos Clovis ha estado ligada a una escena casi icónica de la Prehistoria americana: cazadores armados con grandes puntas de piedra enfrentándose a mamuts de varias toneladas en las llanuras de Norteamérica. Esa interpretación ha ocupado un lugar central en la arqueología del continente y ha servido, además, para sostener una de las hipótesis más debatidas sobre el final del Pleistoceno: que la llegada de los seres humanos contribuyó decisivamente a la extinción de la megafauna.
Sin embargo, esa imagen podría estar mucho menos clara de lo que parecía. Un nuevo estudio publicado en Journal of Archaeological Science: Reports sostiene que la evidencia arqueológica disponible no permite afirmar con seguridad que los Clovis cazaran habitualmente mamuts, mastodontes o gonfoterios. Tal y como ha revelado la investigación, la posibilidad de que estos grupos aprovecharan animales ya muertos —es decir, que practicaran carroñeo además de la caza— nunca ha sido analizada con la profundidad necesaria.
El trabajo, firmado por investigadores de la Universidad Estatal de Kent, la Southern Methodist University, la Institución Smithsonian, la Universidad de Michigan y la Universidad de Utah, no niega que los Clovis fueran capaces de abatir grandes animales. Lo que cuestiona es algo mucho más concreto: que los yacimientos conocidos demuestren de manera inequívoca que esas muertes fueron consecuencia directa de la acción humana.
La diferencia puede parecer sutil, pero tiene enormes implicaciones para comprender cómo vivieron los primeros habitantes de América y hasta qué punto fueron responsables de la desaparición de algunos de los animales más espectaculares de la Edad del Hielo.
El gran problema: un mamut con una punta Clovis no demuestra cómo murió
Actualmente existen quince yacimientos del Pleistoceno final en Norteamérica donde aparecen restos de proboscídeos —mamuts, mastodontes o gonfoterios— asociados a las famosas puntas Clovis. Desde hace décadas, estos enclaves suelen describirse como lugares donde los animales fueron cazados y posteriormente despiezados.
Sin embargo, tal y como indica el estudio, esa interpretación parte de una premisa que rara vez se ha puesto a prueba. Encontrar herramientas de piedra junto a un esqueleto no demuestra necesariamente que los cazadores provocaran la muerte del animal.
Es perfectamente posible que el animal hubiera fallecido por enfermedad, edad avanzada, accidentes naturales o incluso por el ataque de otros depredadores. Si un grupo humano encontraba posteriormente un cadáver relativamente fresco, podía aprovechar toneladas de carne, grasa, piel, tendones y huesos sin necesidad de asumir el enorme riesgo que suponía enfrentarse a un mamut adulto.
Los investigadores recuerdan que el registro arqueológico conserva principalmente el resultado final: herramientas, huesos con marcas de corte o restos de descuartizamiento. Pero esas evidencias pueden producirse tanto después de una caza como tras el aprovechamiento de un cadáver.
En arqueología este problema recibe un nombre muy conocido: equifinalidad, es decir, diferentes procesos capaces de generar exactamente las mismas evidencias materiales.

La cultura Clovis se desarrolló hace aproximadamente entre 13.200 y 12.800 años y recibe su nombre de un yacimiento descubierto cerca de la localidad de Clovis, en el estado estadounidense de Nuevo México.
La carroña era un recurso mucho más habitual de lo que se pensaba
Uno de los aspectos más llamativos del trabajo es la enorme revisión que realiza sobre el comportamiento de los animales actuales y de numerosas sociedades humanas del pasado.
Los autores muestran que el carroñeo oportunista es extraordinariamente común en la naturaleza. Lejos de ser una conducta excepcional, prácticamente todos los grandes depredadores modernos aprovechan cadáveres cuando tienen la oportunidad. Incluso especies consideradas estrictamente herbívoras han sido observadas consumiendo restos animales en determinadas circunstancias.
Los seres humanos tampoco constituyen una excepción.
El estudio reúne abundante información procedente de la paleoantropología, la etnografía y los relatos históricos para demostrar que muchas sociedades aprovecharon carne procedente de animales encontrados muertos. En numerosos pueblos indígenas, además, la carne parcialmente descompuesta o incluso infestada de larvas podía considerarse un alimento perfectamente aceptable e incluso apreciado.
Según los investigadores, resultaría extraño pensar que precisamente los grupos Clovis fueran la única población humana conocida que rechazara sistemáticamente un recurso tan abundante y energéticamente rentable.
La lógica económica también resulta evidente. Derribar un mamut suponía un enorme gasto energético, un riesgo considerable y la posibilidad de sufrir graves heridas. En cambio, encontrar un ejemplar muerto proporcionaba prácticamente los mismos beneficios con un coste mucho menor.
Solo hay quince yacimientos realmente relevantes
El estudio también llama la atención sobre un dato poco conocido fuera del ámbito académico.
Después de casi dos siglos de investigaciones arqueológicas en Norteamérica, únicamente existen quince yacimientos bien documentados donde aparecen restos de proboscídeos asociados a tecnología Clovis.
Además, prácticamente todos esos casos corresponden a mamuts, mastodontes o gonfoterios. Para la inmensa mayoría de las especies de megafauna desaparecidas al final del Pleistoceno ni siquiera existen pruebas arqueológicas directas que demuestren una interacción con seres humanos.
Este aspecto resulta especialmente importante porque la llamada hipótesis del «overkill» o sobrecaza ha defendido durante décadas que la llegada de los primeros americanos provocó un colapso generalizado de la megafauna.
Tal y como señala el trabajo, si ni siquiera puede demostrarse con absoluta seguridad que esos quince yacimientos representen verdaderos lugares de caza, resulta mucho más complicado utilizar ese registro como prueba de una explotación intensiva capaz de provocar extinciones continentales.
Las puntas Clovis no son una prueba definitiva
Las características puntas acanaladas Clovis constituyen uno de los iconos más reconocibles de la arqueología americana.
Durante mucho tiempo se han interpretado como la prueba definitiva de la caza de grandes mamíferos. Sin embargo, los autores recuerdan que estas piezas pudieron desempeñar varias funciones.
Además de servir como puntas de lanza, diferentes investigaciones experimentales han demostrado que también eran herramientas extraordinariamente eficaces para cortar carne, despiezar animales o procesar tejidos.
Eso significa que una punta encontrada entre los huesos de un mamut no indica necesariamente que fuera el arma responsable de su muerte. También pudo utilizarse únicamente durante el aprovechamiento posterior del cadáver.
La propia investigación revisa numerosos yacimientos clásicos y concluye que ninguno permite distinguir de manera definitiva entre ambas posibilidades.

Los proboscídeos son un grupo de grandes mamíferos al que pertenecen los elefantes actuales, así como especies extinguidas como los mamuts, los mastodontes y los gonfoterios.
¿Qué significa esto para la extinción de los mamuts?
Quizá la consecuencia más importante del estudio sea la que afecta a uno de los grandes debates de la arqueología mundial.
Desde mediados del siglo XX, numerosos investigadores han defendido que la presión cinegética ejercida por los primeros habitantes de América desempeñó un papel decisivo en la desaparición de mamuts y otros grandes mamíferos.
El nuevo trabajo no afirma que esa hipótesis sea falsa. Lo que sostiene es que las pruebas disponibles son insuficientes para demostrarla.
Tal y como ha revelado la investigación, mientras no exista una forma arqueológica de distinguir con claridad una caza de un episodio de carroñeo, no puede afirmarse que los grupos Clovis abatieran de forma sistemática estos enormes animales ni que existan suficientes «lugares de matanza» para atribuirles un papel determinante en las extinciones.
Los autores incluso plantean que algunos datos isotópicos obtenidos recientemente en restos humanos Clovis podrían interpretarse de maneras distintas a las habituales, abriendo nuevas líneas de investigación sobre su alimentación.
Lejos de cerrar el debate, este trabajo devuelve la discusión a un punto fundamental: la necesidad de separar aquello que realmente muestran las evidencias arqueológicas de las interpretaciones construidas durante décadas.
Quizá los Clovis fueron excelentes cazadores de mamuts. Quizá alternaban la caza con el aprovechamiento oportunista de animales encontrados muertos. O quizá el carroñeo tuvo un peso mucho mayor del que se había imaginado hasta ahora. Por el momento, la arqueología no dispone de herramientas suficientes para responder con certeza.
Lo que sí parece claro es que una de las imágenes más arraigadas sobre los primeros americanos acaba de quedar seriamente cuestionada.