Muestra en Génova ofrece una relectura política y cultural de la obra de Van Dyck
Muestra en Génova ofrece una relectura política y cultural de la obra de Van Dyck
▲ Retrato de una dama genovesa, 1623-1624, óleo sobre papel adherido a tabla, 33 por 27 centímetros; colección privada europea.
▲ Las tres edades del hombre, de Van Dyck, inv. A-288, 1625-1627, óleo sobre lienzo, 115.5 por 167.7 centímetros; Museo Cívico de Vicenza
▲ Retrato de una familia –posiblemente Cornelis de Vos, su esposa Susanna Cock y sus hijos mayores, Magdalena y Jan-Baptist–, n. de inv. FGM.VANA.01, c. 1619-1620, óleo sobre lienzo, 117.2 por 116 centímetros; Lisboa, Fundación Gaudium Magnum.
Alejandra Ortiz Castañares
Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Martes 7 de julio de 2026, p. 8
Génova. Hasta el 19 de julio de este año, el Palacio Ducal de Génova acoge la exposición Van Dyck el europeo, comisariada por Anna Orlando y Katlijne Van der Stighelen, dos de las mayores expertas mundiales en el maestro flamenco. La muestra ofrece una relectura política y cultural de su trayectoria, al presentarlo como uno de los primeros artistas auténticamente europeos en saber navegar la “crisis del siglo XVII”, concepto acuñado por Eric Hobsbawm para describir las profundas transformaciones de una época marcada por la Guerra de los 30 Años, las crisis financieras y el lento tránsito hacia la modernidad capitalista.
Lejos de la imagen de un pintor superficial fascinado por las sedas y el lujo, la exposición revela a un artista cuya extraordinaria capacidad de adaptación fue su mayor arma de supervivencia. Su lenguaje pictórico se forjó en las grandes metrópolis europeas –Amberes, Génova y Londres–, donde diseñó la identidad visual de las élites de su tiempo sin renunciar nunca a su propia personalidad.
Amberes
La biografía de Van Dyck no es una secuencia de triunfos en las cortes europeas, sino un prisma para observar su tiempo. Como señala Hans Cools en el catálogo, historiadores como Geoffrey Parker atribuyen parte de las convulsiones del siglo XVII a la “pequeña era glaciar”, cuyas alteraciones climáticas provocaron malas cosechas, hambrunas y epidemias que exacerbaron los conflictos europeos. Van Dyck se movió en esta “catastrófica coyuntura global”: desde la peste que lo atrapó en Palermo en 1624 hasta la bancarrota española que desestabilizó Génova en 1627. Su nomadismo constante no fue fruto de la inquietud, sino una sofisticada estrategia frente a un entorno hostil.
Nacido en 1599, Van Dyck creció en una Amberes tan espléndida artísticamente como frágil económicamente. La crisis golpeó incluso a su familia: su padre, un próspero mercader de sedas, terminó arruinado y vio subastados sus bienes. En ese mundo de incertidumbre, el arte se convirtió para el joven pintor en su principal salida.
Formado en el taller de Rubens, Van Dyck fue el discípulo más brillante del maestro flamenco. Los dos autorretratos juveniles presentes en la muestra revelan una precocidad excepcional: aunque asimiló plenamente el lenguaje de Rubens, desarrolló desde muy temprano una sensibilidad más íntima y sicológica. A los 18 años trabajaba ya como maestro independiente.
Génova y Sicilia
Van Dyck llegó a Génova atraído por las oportunidades que ofrecía una de las grandes capitales financieras de Europa. Génova y Amberes formaban el eje financiero de la monarquía española, transformando las letras de cambio genovesas en los recursos necesarios para sostener los ejércitos de los Habsburgo en el norte de Europa.
Sus personajes, envueltos en telas finísimas, eran auténticas escenificaciones del poder social. El magnífico Retrato de Maria Chiavari –cuya identidad ha sido recuperada recientemente por Anna Orlando– ilustra cómo Van Dyck extendió el prestigioso retrato de cuerpo entero, hasta entonces reservado a la realeza, a la élite financiera genovesa, convirtiéndolo en un eficaz instrumento de legitimación social.
Pero fue en Palermo donde su arte alcanzó una particular intensidad mística, revelando una producción religiosa poco conocida y rara vez expuesta, uno de los grandes aportes de esta muestra. Van Dyck creó durante su estancia la iconografía de Santa Rosalía, canonizada entonces tras el hallazgo de sus reliquias y convertida hasta hoy en la santa más venerada de la ciudad. Al fusionar éxtasis y teatralidad barroca, el artista ofreció consuelo a una sociedad que había sido gravemente afectada por la peste, creando un modelo iconográfico ampliamente reproducido que contribuyó decisivamente a la difusión de su culto.
Londres
En Londres, Van Dyck alcanzó la cima de su carrera bajo el patronazgo de Carlos I, contribuyendo a construir una imagen sacralizada de una monarquía cada vez más enfrentada al Parlamento. El magnífico Retrato de Carlos I y Enriqueta María proyecta una serenidad y autoridad que contrastan dramáticamente con la realidad de una Inglaterra desgarrada por crecientes tensiones políticas y religiosas entre anglicanos, puritanos y católicos. No deja de resultar inquietante que muchos de los personajes retratados por el artista –entre ellos el propio rey, el conde de Strafford y el arzobispo Laud– acabarían decapitados durante la guerra civil. Católico en un país oficialmente protestante y crecientemente hostil a toda influencia “papista”, Van Dyck encontró protección en la corte de Carlos I y de la reina católica Enriqueta María, preservando discretamente su fe, como testimonia el rosario que porta su esposa Mary Ruthven en su retrato.
En Londres, Van Dyck revolucionó el taller artístico mediante un sistema de producción casi industrial que le permitió realizar cerca de 400 retratos en siete años y medio; más de uno por semana. Mientras el maestro se reservaba los rostros y las manos, asistentes especializados completaban el resto, dificultando hoy la distinción entre originales y réplicas. Apoyado además en una amplia red de marchantes, Van Dyck logró una inédita independencia económica y anticipó formas modernas de gestión artística.
Con su célebre Iconographie, Concebida y pagada por el propio Van Dyck, reunió inicialmente 80 retratos –ampliados a 100 tras su muerte– de artistas, príncipes, militares, hombres de Estado y eruditos. Gracias a estas estampas, mucho más accesibles que sus pinturas, Van Dyck difundió su fama por toda Europa y consolidó un modelo retratístico que influiría durante siglos.
Debilitado por la enfermedad y sin haber logrado abrirse camino en la corte francesa de Luis XIII, su estrecho vínculo con la cultura borbónica de María de Médici acabó jugando en su contra ante el cardenal Richelieu, impidiéndole obtener el patrocinio que buscaba. Van Dyck murió en Londres en 1641, a los 42 años, apenas ocho días después del nacimiento de su hija Justina, dejando huérfanas a ella y a María Teresa, su hija natural de 10 años; a la memoria de ambas está dedicada la exposición.