José Cueli: Lenguaje futbolero
J
acques Derrida, el filósofo francés, piensa que el lenguaje convencional es una fundación peligrosa. Con el predominio de la razón, productora de ideas y homogeneizadora de lo real, el lenguaje pasa a designar las cosas de manera uniformemente válida, convencional y obligatoria.
El lenguaje, dotado de poder de unificación social, es la faceta gregaria de la intimidad del individuo y la configuración de una realidad rígida y petrificada. Nuestras vivencias auténticas no podrían comunicarse si quisieran. Es que les falta la palabra.
Las cosas para expresar, para las cuales tenemos palabras, las hemos dejado ya también muy atrás. En todo hablar hay una pieza de desaprecio. El lenguaje parecería sólo inventado para decir lo ordinario, mediano, comunicable. Con el lenguaje se vulgariza el habla.
Indudablemente, la escritura de la que trata la gramatología, la escritura que trabajaba en el juego, en el movimiento de la differance, no es una escritura ordinaria, corriente: es archiescritura que conecta con el concepto tradicional y restringido de escritura por medio de la huella.
La escritura, archiescritura, es el término que emplea Derrida para determinar el ámbito general de los signos. Ahora bien, la noción derridianda de signo no se limita al campo estrictamente lingüístico. De ahí que la archiescritura derridiana abarque todos los signos en general: los que son lingüísticos y los que no.
La archiescritura es la condición de posibilidad del lenguaje como sistema articulado. Indica el principio de la articulación –de naturaleza no fonética, sino formal–, en el que se basa todo el lenguaje, y recalca la exterioridad o distancia esencial respecto de sí mismo que todo lenguaje conlleva y en la que se fundan todos los sistemas posteriores de escritura, en el seno de un origen constantemente diferido, que funda el habla y la escritura. Habla y escritura suponen una archiescritura como condición de toda forma de lenguaje.
(Freud, Su legado un siglo después, de Palacios A., primera edición, 1998. Sansores & Aljure Editores.)