Destaca restauradora la labor de resguardo y conservación de la escultura de Tlaltecuhtli
Destaca restauradora la labor de resguardo y conservación de la escultura de Tlaltecuhtli
▲ El monolito de 12 toneladas, que representa a la Diosa de la Tierra, destaca por su detallado trabajo de bajo relieve y la gran cantidad de color original en rojo, ocre, azul maya, blanco y negro.Foto Yazmín Ortega Cortés
▲ Especialistas del proyecto Diagnóstico integral del monolito de la Diosa o Señora de la Tierra trabajan en colaboración con expertos de la UNAM, en específico con Yareli Jáidar Benavides, actual coordinadora del Laboratorio de Diagnóstico de Obras de Arte del Instituto de Investigaciones Estéticas.Foto cortesía de los investigadores
▲ La escultura de Tlaltecuhtli fue descubierta el 2 de octubre de 2006.Foto Yazmín Ortega Cortés
▲ La restauradora María Barajas Rocha durante la entrevista con La Jornada.Foto Cristina Rodríguez
▲ Monolitos de Tlaltecuhtli y de Coyolxauhqui en el Museo del Templo Mayor.Foto Cristina Rodríguez
Ana Mónica Rodríguez
Periódico La Jornada
Jueves 23 de julio de 2026, p. 2
Desde su hallazgo hace dos décadas al pie del Templo Mayor, la Diosa o Señora de la Tierra, Tlaltecuhtli, permanece vigilante y capta la atención de los cientos de visitantes al museo de sitio, donde desde hace 16 años es celosamente resguardada y atendida en su conservación. Hoy “la gran escultura y los cinco colores que la decoran están estables y en excelentes condiciones”.
La pieza de 12 toneladas, hallada a 4 metros bajo el piso actual, es considerada la más grande hasta ahora conocida y la mejor preservada –por sus características técnicas y estéticas– del arte policromo mexica. Hace más de 500 años quedó a salvo de los conquistadores, quienes no se percataron de su existencia a sólo unos centímetros de profundidad por donde caminaban.
“Esta Señora es apasionante; su estudio, restauración y conservación han sido enriquecedores para todo el equipo, así como a nivel personal. Esta intervención ha tenido diversos retos y se ha realizado de forma paralela y en coordinación con el equipo del Proyecto Templo Mayor (PTM), dirigido por Leonardo López Luján”, explicó la restauradora María Barajas Rocha en entrevista con La Jornada.
El descubrimiento, agregó la especialista, ha sido de gran relevancia por varios motivos, como “sus dimensiones, su detallado trabajo bajo relieve, la gran cantidad de color original (rojo, ocre, azul maya, blanco y negro), su ubicación relacionada con el Huei Teocalli, así como su simbolismo y posible función”.
De la escultura destaca el cabello rizado en color rojo oscuro (el cual según estudios realizados por especialistas tiene cualidades magnéticas), sus ojos profundos de media luna, su nariz ancha y plana, su boca semidescarnada que sorbe sangre, su torso desnudo, la falda corta con motivos de cráneos humanos y huesos, además de sus garras en lugar de manos y pies, así como la pieza faltante (el hueco) en el centro del relieve, la cual aún no ha sido hallada.
El descubrimiento fortuito de Tlaltecuhtli el 2 de octubre de 2006 fue un hito en la historia de la arqueología nacional, al igual que el de la diosa lunar Coyolxauhqui en 1978. El hallazgo del Programa de Arqueología Urbana (PAU), coordinado entonces por el arqueólogo Álvaro Barrera, ocurrió un lunes en el predio que ocupaba el antiguo Mayorazgo de Nava Chávez, ubicado en la intersección de las calles República de Guatemala y República de Argentina, en el corazón del Centro Histórico, mientras se realizaban excavaciones para la construcción del Centro Cultural para las Artes de los Pueblos Indígenas.
Tras su localización, el monolito fue intervenido in situ y en noviembre de 2007 se trasladó al nivel de la calle de República de Argentina, donde se resguardó en una caseta de multipanel que fungió de laboratorio de conservación; en ese momento el PTM comenzó a explorar el área en la que fue descubierta Tlaltecuhtli, al pie del Huei Teocalli.
Numerosos especialistas han participado en el cuidado de la deidad terrestre, como un equipo de restauradores que primero estuvo encabezado por Virginia Pimentel, quien coordinó los trabajos cuando estuvo in situ; luego Barajas Rocha la sucedió en junio de 2008, tras incorporarse a la segunda etapa de conservación en la caseta-laboratorio.
Barajas continúa supervisando y monitoreando los trabajos que se realizan dos veces al año para mantener en óptimo estado el relieve de la deidad en el Museo del Templo Mayor, donde fue colocada en 2010 tras un arduo proceso especializado de traslado que, entre otras técnicas, incluyó el uso de un tráiler, una grúa y patinetas para su montaje.
“Siempre se supo que el relieve era un caso excepcional porque nunca habíamos tenido un ejemplo de escultura monumental con tanta cantidad de policromía conservada, pero el aglutinante casi ha desaparecido. Realizar su limpieza fue una labor complicada porque tuvimos que hacerla de manera manual, poco a poco, con ayuda de herramientas finas para el sedimento seco sobre la policromía que estaba suelta y se desprendía fácilmente”, recordó la experta.
Los trabajos “se realizaron durante 10 meses y se hizo una minuciosa investigación para definir de qué manera o con qué compuestos compatibles podríamos regresar la estabilidad a la capa de color. El objetivo fue lograr su estabilización y restauración, y una vez resuelta esa parte decidimos aplicar un compuesto con base en sílice, químicamente compatible con la piedra, ya que es una escultura porosa tallada en andesita de lamprobolita”.
En el museo de sitio “se instaló un registrador de datos digital que permitió monitorear las condiciones de humedad relativa y de temperatura durante 10 meses, de junio de 2010 a abril del siguiente año”. Por esta razón, retomó Barajas, “cuando se decidió exhibirla se consideró que el espacio fuera estable, que no tuviera variaciones de humedad, además de recurrir a un tipo de iluminación que no provoca ningún daño a la escultura”.
Cuidado permanente
De manera inevitable, explicó, se forma “una capa de polvo y de grasa que se impregna en la porosidad de la pieza, la cual es eliminada con ayuda de brochas y brochuelos de pelo suave, perillas y aspiradoras. Es una limpieza general que realizamos sobre la superficie dos veces por año con la finalidad de no someter con tanta frecuencia la capa pictórica a la acción mecánica y se armó un andamio tubular que permite tener acceso a todos los puntos de la escultura”.
Además, cada lunes, “día en que el recinto cierra al público, se revisa el estado de conservación y algunas veces se realizan inspecciones por la parte inferior de las bases de madera hasta llegar al área de su faltante central. También se limpia la base museográfica que se ubica alrededor, la cual está conformada por un sistema de placas de triplay pintadas con pintura vinílica y dispuestas conforme al entorno de la pieza para enmarcarla en una superficie de tono oscuro”.
La restauradora trabaja desde 2023, junto con especialistas del Museo del Templo Mayor y con el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM –en específico con Yareli Jáidar Benavides, coordinadora del Laboratorio de Diagnóstico de Obras de Arte–, en un proyecto de análisis por colorimetría, el cual determinará cómo se encuentra la estabilidad de la capa pictórica y sus cinco colores: el ocre y rojo –compuestos por óxidos de hierro–, el azul maya, el blanco –de carbonato de calcio– y se especula que el negro humo es de carbón. “Con esta conservación preventiva se busca entender cómo se encuentra la pieza y su capa decorativa. Este monitoreo nos serviría –por si se da el caso– para tomar decisiones y evitar una intervención directa al relieve”.
El minucioso y especializado trabajo de conservación en torno a la enigmática deidad mexica se encuentra detallado en la publicación De la excavación al museo: La restauración del monolito de la diosa Tlaltecuhtli (2019), con autoría de Barajas Rocha, título que pertenece a la serie Reportes del Proyecto Templo Mayor, en una iniciativa conjunta entre el Ancient Cultures Institute y el Instituto Nacional de Antropología e Historia.