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Javier Aranda Luna: Elena se escribe sin H

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Javier Aranda Luna: Elena se escribe sin H

by websys 29 de julio de 2026

E

scribir sobre Elena es, en el fondo, escribir sobre el tiempo, sobre la vida que se va mientras hablamos de ella y sobre esta Ciudad de México que cambia de rostro cada mañana sin perder jamás sus cicatrices. Hay en su figura algo de ese siglo XX que ya no existe sino en los archivos de prensa, en las grabaciones de casete y en la memoria obstinada de quienes se niegan al olvido.

Llegó a este país siendo una niña que no hablaba español, desterrada de una Europa que se caía a pedazos bajo el estruendo de las bombas donde dejó a su padre en el frente, en los Pirineos, y a su madre conduciendo una ambulancia de la Cruz Roja en los campos de batalla.

Él era príncipe y ella una aristócrata que fue modelo, a quien no le temblaba el pulso con el olor a pólvora.

Llegó a una capital de tranvías y camellones arbolados, una ciudad aún pequeña de apenas unos 2 millones de habitantes, donde los intelectuales conversaban en los cafés del Centro Histórico y las “criadas” –hoy empleadas domésticas– lavaban la ropa en las azoteas cantando canciones de Agustín Lara.

Hija de un noble de la Casa Poniatowski y de una aristócrata mexicana, Elena bien pudo haber sido una figura decorativa de las páginas de sociales. Pudo quedarse en el salón de té haciendo gala del uso de cubiertos para los pasteles y que pocos saben manipular, aunque aparezcan en Forbes, en el baile de debutantes, en el francés pulcro de la élite. Pero prefirió la calle. Prefirió la máquina de escribir Olivetti, la tinta barata del periódico que manchaba las manos y el polvo impredecible de los barrios populares.

Ahí radica su primer gran milagro: desaprender el privilegio para aprender el idioma de la gente, el que le enseñó su nana Magdalena Castillo; eliminar la hache de Hélene y dejar desnuda la sonoridad de su nombre. Elena caminó la ciudad cuando muy pocas mujeres se atrevían a ser reporteras de tiempo completo. Salió a los mercados, a las vecindades y a las cárceles no a enseñar, sino a escuchar.

Con una libreta minúscula y una sonrisa de niña que desarmaba a los más soberbios, empezó a hacer preguntas que parecían ingenuas y resultaban devastadoras. Preguntó a Diego Rivera por sus amores con la misma naturalidad con la que décadas más tarde escucharía los desgarros de las madres que buscaban a sus hijos en la sombra de los años 70.

El periodismo de Elena nunca fue una catedral de certezas, sino un coro. Ella entendió antes que nadie que la historia con mayúscula no la escriben los discursos presidenciales –de entonces ni de ahora– ni las estatuas de bronce, sino la gente común cuando sufre, cuando celebra, cuando resiste como han resistido las madres buscadoras la descalificación y el ninguneo.

En La noche de Tlatelolco, su libro más emblemático, no inventó nada; hizo algo mucho más difícil y valioso: cedió la palabra. Dejó que el dolor de 1968 hablara con sus propios acentos, con sus gritos, con sus silencios ahogados. Convertida en una inmensa caja de resonancia, reunió las voces de los estudiantes, las madres y los transeúntes hasta edificar un monumento moral al que todos volvemos cuando necesitamos recordar de dónde venimos. Un libro que particularmente debería leer toda la clase política de izquierdas y derechas para que no olviden dónde estaban en esos días de pesadilla. El 68 fue un parteaguas para la democracia en México, pero nos habríamos tardado más en reconocerlo sin el libro de Elena.

Años después, cuando el terremoto de 1985 derribó la falsa modernidad del país, Elena volvió a las ruinas. No a buscar la primicia del desastre, sino el rostro humano entre el escombro. Escuchó a las costureras, a los rescatistas improvisados, a los supervivientes que se abrazaban en medio del polvo. Su prosa se volvió de nuevo testimonio, abrigo y memoria colectiva.

Decía Walter Benjamin que articular históricamente el pasado no significa reconocerlo tal como verdaderamente fue, sino adueñarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un momento de peligro. La obra de Elena Poniatowska es precisamente eso: una ráfaga de luz en mitad del estrépito. A través de sus crónicas, la modista, el mecánico, el muralista, el escritor, el científico y el líder estudiantil habitan el mismo libro sin jerarquías, unidos por la sola dignidad de estar vivos.

Hoy, cuando la rapidez de las redes parece devorar todo y el periodismo a menudo olvida mirar a los ojos, la lección de Elena permanece intacta. Lo digo porque hay directores de medios y periodistas mexicanos que reportean sobre México desde otro país a control remoto. El legado de Elena no es sólo una montaña de libros inolvidables; es una forma entrañable, generosa y profundamente ética de estar en el mundo. La certeza de que, mientras alguien esté dispuesto a escuchar al otro con verdadera humildad, la memoria de este país jamás quedará a oscuras.

Elena no inventó en sus textos periodísticos ni en sus libros a la gente de México; simplemente tuvo la inteligencia y la piedad de no dejarnos olvidar quiénes somos.

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Tags: Cultura
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