El colectivo RojoNegro establece un diálogo entre el cuerpo y la historia
▲ Piezas incluidas en Actos invisibles para sostener el universo, instalación montada en el Pabellón de México en la edición 61 de la Bienal de Venecia.Foto cortesía Estudio RojoNegro
Merry MacMasters
Periódico La Jornada
Miércoles 27 de mayo de 2026, p. 4
El colectivo RojoNegro, integrado por los artistas María Sosa (Morelia, 1985) y Noé Martínez (Morelia, 1986), representa a México en la edición 61 de la Bienal de Venecia con la versión “más madura y completa” de un proyecto en el que trabajan desde hace una década.
El corazón de Actos invisibles para sostener el universo, título del conjunto montado en el Pabellón de México, es un videoperformance que parte de la primera colaboración del dúo que, con el tiempo, se convirtió en un “laboratorio” de experimentación. Este primer esfuerzo se presentó en su momento en el festival independiente Venice Internacional Performance Art Week. El audiovisual partió en ese entonces de la posición corporal de figuras arqueológicas procedentes del occidente de México (Michoacán, Jalisco, Colima y Nayarit).
Este primer trabajo “nos detonó muchas preguntas y ganas de buscar sentido y significado a partir de la experiencia de nuestro cuerpo al colocarnos en esta posición. Nos dimos cuenta de que mucho del arte prehispánico representaba, más que la mímesis del cuerpo, la tensión y la experiencia de estar en estas posiciones. Esto coincidía con mucho de lo que a nuestras culturas originarias siguen dándole de connotación al cuerpo: la fuerza en las piernas, lo que significan la cadera, los hombros, los brazos y el vientre como centros anímicos importantes”, señala Martínez a La Jornada.
Reconexión con los ancestros
Trabajaron con una coreógrafa para ésta y otras versiones anteriores. De acuerdo con Sosa y Martínez, el cuerpo es “un archivo que tiene cajones y hay que saber abrirlos. La primera visión que hicimos partió de un momento intuitivo, en el sentido de que nuestro cuerpo quería decir algo o interrogar a la arqueología o lo que hasta ese momento sabíamos de los objetos. Después, recibimos clases a fin de pensar un lenguaje y herramientas que el mismo cuerpo podía decir.
“Es una experiencia muy profunda para nosotros que nos ha reconectado con mucho de nuestros ancestros, aunque también nos ha hecho entender mucho de las conversaciones que tenemos con otros colegas artistas, con las fiestas originarias, con especialistas en rituales, antropólogos y arqueólogos. Es un canal de apertura para entender de una forma sencilla e intelectual todos los conocimientos originarios”, precisa Martínez.
Participar en la Bienal de Venecia conllevó “preguntarnos qué queríamos decir a México y al mundo desde este país”, continúa Sosa. Aparte del videoperformance, Actos invisibles para sostener el universo comprende una instalación de sal y barro pensada como “una ofrenda y curación hacia nuestros muertos. Los múltiples y millones de muertos que tenemos en nuestro país”, expresa Sosa. La sal y el barro se refieren también al cuerpo “no sólo para nuestras culturas, sino que son materiales arquetípicos en las culturas del mundo que remiten al cuerpo”.
La forma de la instalación a piso es tomada de un sello teotihuacano consistente en “dos vírgulas floreadas; posiblemente, de canto y poesía. Lo interpretamos como una conversación; entonces, buscamos generar un diálogo entre nuestros cuerpos, nuestra historia, pero también nuestro presente en diferentes planos: de lo vivo y lo muerto, el plano de las entidades invisibles a las que les agracedemos la vida. Todo el pabellón gira en torno a eso: tocar lo más esencial que es la vida y el corazón humano”, puntualiza Sosa.
Una composición sonora comisionada a Alberto Rubí recrea la atmósfera del conjunto. Consiste en una serie de grabaciones etnográficas realizadas por él como trabajo de campo y una colaboración con un amigo que hace rap en totonaco.
“Nos importa también una poética de fragmento. Al observar la instalación con sal y barro, hay grietas en este último. Para nosotros, importa mostrar un barro vivo, no uno arqueológico que está solamente en una vitrina, sino uno que reacciona a la temperatura y la humedad del ambiente”, señala Sosa. “Estas grietas son sus palabras. Está conversando, retomando la figura. Las grietas, los pedazos de audio, de interpretación performática que hacemos, remiten al fragmento. Partimos de lo mínimo, del contacto de una persona con otra. Lo pequeño puede develar un todo que es importante respecto a nuestro patrimonio cultural o arqueológico.
“Los fragmentos a veces no protagonizan, a pesar de develar toda una forma de crear y pensar. Siempre son piezas que vuelven a pegarse, aunque no vuelven a ser como lo original. Para nosotros es necesario que pisen algo en el presente, dicen algo a los problemas actuales. De alguna forma esta instalación rinde homenaje a estos fragmentos, es decir, estos testimonios materiales de toda una forma de pensar que no está muerta, que hay una continuidad o que queremos que también esto se avecine”, sostiene Martínez.
Sosa y Martínez se conocen desde hace 20 años. Cada quien tiene su práctica independiente; sin embargo, están en un intercambio constante. El nombre RojoNegro se refiere a los cuatro puntos cardinales que tienen los colores en Mesoamérica. El rojo se refiere al oriente, mientras el negro al occidente. “Queríamos honrar el origen de nuestras familias. La de Noé viene de la Huasteca potosina, entonces corresponde a lo rojo. A la mía, como es del occidente de México, de Michoacán y Guanajuato, le corresponde lo negro.
“Nuestro colectivo maneja la idea de centrarse en el cuerpo. Como el cuerpo es un archivo, un contenedor de conocimiento, una resistencia en sí, quisimos un nombre que señale el territorio de este cuerpo al que pertenece geográficamente”, afirma Sosa.