Blanca Ruiz*: La marcha de las hormigas
E
stoy más frío que una cerveza.
Ahora ya no tengo sed, disfruté hasta la última chelita. Me gustaba salir, caminar por la ciudad, ir a la cafetería de siempre, conversar, leer. La madrugada me encontraba solo con las corcholatas, “conchas nácar brillantes en el piso”.
Fui libre.
Ah, como repliqué esa frase derivada de mi tesis “Libertad, hermosa palabra; practicarla, de eso se trata”.
Sartre me inspiró. Como también, en momentos efervescentes, Marx, Feuerbach, San Juan de la Cruz, Vallejo; por supuesto más cercanos Pellicer, Monterroso y también Borges, a quien conocí.
Durante muchos años cargué con el tema del 68, el peso de la represión me dejó mudo. No podía hablar. Poco a poco volvieron las palabras y así salió uno de mis libros, Para hacer plática: allí escribí sobre la lluvia, el campo, el rock, la pintura, el río, la niebla y también sobre alguna dama: “puse música y contemplé que alguien confiaba en mí y que la solidaridad y la pureza son algo más que palabras”. Si me preguntan por los asuntos del amor, diré que sí, tuve mi Piece of my heart, como cantó Janis Joplin. Nuestras dos mitades no se juntaron. Cuestión de tiempo, distancia.
Algo que me ilusionaba mucho era el domingo, alguna vez escribí:
El domingo es un día de música
De primavera, de luz en la rosa
Del amanecer
De la manzana.
El domingo se presenta
Como un día nuevo,
La música es en el quiosco
Y la plaza es del pueblo.
Y miren lo que son las cosas: estoy aquí desde un domingo de marzo, a mis setenta y ocho años. Me dedicaron notas del periódico, no solo donde trabajé, sino de toda la competencia, y homenajes de mis amigos. Nada de la Sala Ponce ni actos oficiales. Saben que nunca perseguí el oropel y, en consecuencia, no estuve en grupos ni fui consentido de nadie. Mi despedida fue austera, digamos minimalista: dado que me conservé esbelto cual diente de león, mi ataúd no pesaba, incluso parecía de cartón; lo dejaron en su base y me trasladaron a pie desde la funeraria a una iglesia donde me hicieron una misa (yo no la pedí, aclaro). En el camino pasamos por una discreta plazuela, sentí el encuentro con las últimas piedras rodantes, el canto de los pájaros y, especialmente, la compañía afable de unas veinte personas guiadas por una guitarrita y un acordeón. Una chica llevaba rosas blancas.
▲ El poeta Javier Molina a mediados de los 80.Foto Fabrizio León
Todos tristes, como demandaba la ocasión.
Mi vecino de la izquierda fue sepultado con marimba y múltiples coronas florales. Según me enteré fue un comerciante de abarrotes muy estimado, dio trabajo, alimentó a mucha gente. Y luego supe que la mujer a mi derecha dejó tres hijos pequeños que la lloraron intensamente. En la foto de su lápida se veía joven y bonita. En mi corto velorio no me pusieron retrato, supongo que en el relajo que había en mi casa no encontraron. Mi identidad queda en el claroscuro de queridos fotógrafos que alguna vez me retrataron. Hasta en el cine aparecí, así natural como fui.
Bajé a la tierra con dignidad y sosiego. Yo no di trabajo, ni alimenté a nadie, tampoco tuve descendencia. Ni siquiera cuidé de un perro y menos de un gato. El patio, después de que murió mi madre, era un desastre. Pero fui poeta y tallerista. Acerqué a los jóvenes a la poesía en mi natal San Cristóbal de las Casas. Puse voz a las emociones de todos los días. Y desde aquí, ya no necesito apagar la luz y el radio. La noche es un sustantivo pasajero. Es turno de los insectos hablar por mí, esparcir mis palabras. Las hormigas pueden cargar una a una mis letras.
Al viento le toca dispersar mi nombre: Javier Molina.
* Este texto es parte del volumen de cuentos La debutante, de Blanca Ruiz Pérez, editado por Mastodonte, con imagen de portada de Sofía Irízar Ruiz e ilustraciones de la artista gráfica Amira Aranda. El libro será presentado el sábado a las 12 horas en la librería U-tópicas, ubicada en Felipe Carrillo Puerto 60, Centro de Coyoacán.