Hermann Bellinghausen: Elogio del periodismo cultural
S
ale a buscar la nota para no vivir de hacerle al cuento. Surfea la calle con parsimonia, la flanea pues, a sabiendas de que debe entregar la nota como en los duelos de vaqueros: a la hora señalada. Al otro extremo de Main Street espera su jefe con el arma lista para ejecutarlo si falla; hasta caliente la tiene de tanto manosearla.
Ubaldo va tranquilo sin motivo, pues dentro de no mucho le llegará su hora crítica. Antes lo aguarda un desayuno prometedor con conocida coreógrafa en su departamento. Ella fue una gran ballerina, con un pie siempre en la entonces llamada danza contemporánea. Ubaldo no es viejo, pero tiene edad para haberla visto en escena antes de que abandonara el baile, aunque no la danza; ahora se concentra en sus piezas y en su compañía.
La orden de trabajo de la redacción indica que la dama emérita cumple 50 años entregada a la más corporal de las artes. Por muchas veces que haya realizado esta clase de reportajes con artistas relevantes, todavía le emociona conversar con gente interesante. No faltan lamentables excepciones. Declarantes zafios, mamones o, lo peor, aburridos. Los que le caen mal por cualquier motivo. Los que no le interesan y cumple la asignación por disciplina. Pero las más de las veces vale la pena.
La chamba le exige estudiar. Documentarse. Leer. Ver. Escuchar. Odia ser de los que no han leído a tal novelista y se guían por el boletín de la editorial promoviendo la “novedad”. O ser de los que guglean al entrevistado en ciernes y se dan apenas una pincelada de conocimiento. O de los que les da lo mismo a quién tienen enfrente, llegan tarde y bostezando, ponen grabadora o celular, y ya. Sabido es que muchas personalidades, sobre todo los escritores y/o los ególatras, se entrevistan solos.
Ubaldo se la toma en serio. Considera muy útil su trabajo. Entre el azar y la inclinación, desde el principio se decantó hacia la fuente cultural. Comparte los mantras de sus colegas: “el mejor oficio del mundo” (Gabo); “no es un oficio para cínicos” (Kapuscinski), “tenemos suerte, nos pagan por hacer lo que nos gusta”.
Más que en la escuela de periodismo, Ubaldo se formó leyendo a reporteros, cronistas, articulistas y reseñistas de medios nacionales, pero también españoles, latinoamericanos, gringos y demás. Con el New Journalism y Poniatowska entendió la importancia de “estar ahí”, algo que cada día parece menos relevante en un mundo en permanente transmisión en vivo, de reproducción inmediata y a la vez eterna. No sabe si algún día se dedicará a otra cosa, pero no lo cree. De tanto conocer verdaderos músicos, poetas o pintores, es consciente de que nunca será como ellos y ellas. No porque le falten ganas. Se asume, y no por conformismo ni falsa modestia, público agradecido, y crítico llegado el caso.
Confía en que gracias a sus notas habrá quien busque tal libro, acuda al teatro-cine-museo-sala de conciertos donde las obras se ofrecen al público. Siente que regala belleza a desconocidos. Les señala tal o cual creador, experto, intérprete. Él mismo aprende sin cesar. Desde la preparatoria disfrutó la importancia de El Periquillo Sarniento y las copiosas crónicas de los liberales juaristas y las andanzas modernistas de Manuel Gutiérrez Nájera. Guarda como reliquia especial Plato del día, el tomo más grueso de su no tan modesta biblioteca, que contiene buena prosa y entretenido periodismo de Gutiérrez Nájera, quien, dado a los seudónimos, firma como Recamier. El volumen, editado por la Universidad Nacional en 2018 (a cargo de Belem Clark de Lara), contiene columnas y crónicas del Duque Job escritas durante menos de dos años (1893-1895). Su lomo mide 10 centímetros de ancho, y tiene mil 161 páginas (más 300 de índices).
Pensar que Gutiérrez Nájera murió joven y, además de poesía, sólo publicó un libro en prosa, el ligero Cuentos frágiles. Ubaldo compró de viejo las “vidas cotidianas” sexenales de Salvador Novo, reunidas por José Emilio Pacheco antes de emprender él mismo su Inventario. A Ubaldo no le tocó leerlo en vivo, pero esperó con ansias los tomos de Era con una selección de esa cátedra periodística semanal de historia y literatura. Sabe que Carlos Monsiváis hizo muchas notas parecidas, pero no las recogen sus libros y a él no le constan. Este periodismo debió representar a sus autores la rebaba de su obra seria. A Ubaldo le bastan sus propias “rebabas” para sentirse gente seria.
Considera que en su oficio hace más que muchas escuelas en favor de las artes y la cultura, por eso trata de hacerlo bien y no aburrir a ningún lector. La difusión de la cultura debe tener resultados. Ahora más, cuando los medios de comunicación se interesan poco en esos temas, o los cubren con sesgos políticos que marean al lector en vez de informarlo, y mucho menos formarlo.
Cohibido de pronto, interiormente sonrojado, llega al condominio donde vive la bailarina emérita, toca el timbre y espera con regocijo.